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"Lo último que queda del viajero tradicional, convertido ahora en un mamarracho con auriculares de cancelación de sonido, chándal y sandalias con calcetines, es la ensaimada en caja de cartón"

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10.03.2026

He estado con la radio en Palma de Mallorca, donde vas a comprar un cargador y todos son versos de Robert Graves. Graves llegó a Mallorca por consejo de Gertrude Stein, que le vino a decir que era un paraíso tan maravilloso que le resultaría difícil de soportar. Después escribió un poema bellísimo a su hijo Juan que se titulaba Para Juan desde el solsticio de invierno. Amanece en Palma como en todos los sitios de mi Españita, pero un poco antes. El sol perfila los acantilados lejanos, ese mar nuestro que es tan antiguo, y los pájaros blancos de alas puntiagudas que vuelan en pausados giros, como si hubieran salido de un párrafo de Juan Salvador Gaviota. De Mallorca me he traído, reglamentariamente, una ensaimada, porque hay tradiciones que no se deben perder. Somos, como especie y como pueblo, gente que trae ensaimadas cuando vuelve de Mallorca. Y si no te gusta la ensaimada, te la traigo igual, porque lo importante es la tradición de traerla. 

Hay que comprar esa ensaimada con su caja de cartón y su cuerda de plástico, cogida con los dedos mientras uno lleva con la otra mano la gabardina, la chaqueta y la maleta en no sé qué malabarismos, en una impedimenta que tiene orgullosamente algo de Paco Martínez Soria llegando a Madrid. Lo último que queda del viajero tradicional, convertido ahora en un mamarracho con auriculares de cancelación de sonido, chándal y sandalias con calcetines, es la ensaimada en caja de cartón. Alrededor de ese objeto se configura prácticamente todo el resto de nuestra memoria de lo que fuimos y del tiempo en que traíamos y llevábamos, en los viajes, algo de comer. Yo de todos los viajes traigo alimentos y cosas ricas a los niños, para que crezcan en la idea conceptual de que este es un país cojonudo y de que más allá del horizonte hay sitios que valen la pena. El día que dejemos de traer ensaimadas a casa o de comprar productos locales, habremos dejado definitivamente de viajar y quedaremos atrapados en el mismo maldito lugar. El fin de la gastronomía viajera -del morcón de Salamanca en la maleta y de las chistorras al vacío para los amigos de Cádiz- será también el fin de la geografía. Entonces siempre estaremos en todos los sitios y, por tanto, en ninguna parte.


© Diario de Navarra