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Leyes sumamente peligrosas

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02.04.2026

Creado: 02.04.2026 | 06:00

Actualizado: 02.04.2026 | 06:00

Llevó trabajando como médico y psicoanalista desde hace tantos años que los cabellos ya se me han encanecido. También conozco a fondo el sufrimiento humano, tanto profesionalmente como a título personal, y no dejo de pensar en lo que ahora se promueve como «progreso» a propósito de la eutanasia. Y, mucho más, cuando he podido escuchar la noticia de que fruto de la ley una joven mujer ha muerto, siguiendo el letal dictamen de una norma basada en el consentimiento para «morir dignamente».

Que el Estado no puede brindar la posibilidad de «vivir dignamente» a los ciudadanos que debería de proteger y de cuidar, es un hecho que no merece en este momento ser analizado lo más mínimo, porque es de sobra conocido por todos a la luz de los diferentes acontecimientos acaecidos. Pero lo que sí despierta una gran preocupación es que promueva y ampare ahora de forma decidida una Ley, que se basa en la creencia dogmática en la libertad humana, incluso en aquellos casos, en los que el sufrimiento se ve contaminado por el propio conflicto en la esfera psíquica. Y todavía es mucho más calamitoso el asunto cuando todo esto se dilucida finalmente a través de un comité de expertos, que deberá dictaminar acerca de si una vida merece la pena ser vivida o no. Como si un simple cuestionario a rellenar a través de una serie de entrevistas pudiera alcanzar el verdadero meollo de cualquier existencia humana. Pues parece ser que ahora sí. Un simple procedimiento administrativo, que me recuerda mucho a Kafka, puede resolver lo que todo individuo, como sujeto, debería de responder con autenticidad tras un camino de verdadero «análisis asistido», que dudo mucho que la pobre joven haya podido emprender en su corta y dramática existencia. Porque lo verdaderamente complejo y difícil es ayudar a «vivir dignamente», ofertando instrumentos a todas aquellas personas que, en un momento, sienten que la vida no merece ya la pena ser vivida, queriendo abrazar ese destino humano mortal que nos espera finalmente a todos. Lo otro, facilitar la muerte, es quitarse el asunto de encima y culminar la tarea social de desprenderse de todas esa vidas desperdiciadas y problemáticas, dejando al sujeto preso de una voluntad comandada por una libertad ficticia. Como si el individuo pudiera estar dictaminando su destino de forma completamente consciente y libre, de cualquier «otra» injerencia subjetiva. Lo cual es un flagrante desatino político, fruto de la precipitación y el desconocimiento acerca de todo aquello que enreda a la condición humana a partir de sus múltiples determinaciones. Sin embargo, hay un tema que todavía agrava y resulta mucho más preocupante a la luz de una ley que ha sido aprobada y puesta al servicio de los ciudadanos, para finalmente ser ejecutada públicamente. Y es que ahora podrán ser más las personas que verán la posibilidad de continuar con esa misma senda, una vez que la sociedad se muestra impotente para ayudar a «vivir dignamente» con todos los instrumentos (físicos, psíquicos y espirituales) a su alcance. Pero sí, para brindar la ocasión de morir tempranamente, o lo que es lo mismo, de culminar el proceso de la desdicha social o el drama personal, de la peor manera posible. Además, no olvidemos que siempre será más fácil llevar a cabo el destino mortal a partir de un Otro impersonal, institucional que, de forma completamente solitaria, porque son muchas las barreras que hay que atravesar para alcanzar tal fin. Por todo ello, lo acaecido recientemente no es más que la proclama de un manifiesto político que anuncia sin contemplaciones la forma de resolver el fracaso que invade nuestro mundo, obligándonos a reflexionar si las fiestas de Semana Santa no lo impiden, acerca de, en qué consiste la política y qué actos verdaderamente sensatos la deberían guiar.


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