Limonada cruda
Creado: 05.04.2026 | 09:54
Actualizado: 05.04.2026 | 09:54
La banca de la guerra de Irán, con el crudo asomado al friso de los dos euros el litro de gasolina, la asaltó León esta Semana Santa con el precio de las limonadas arramadas por encima de los tres euros. Ríete tú de los efectos del bloqueo de los petroleros en el estrecho de Ormuz, cuando para alternar atraviesas el embudo de la calle Ancha, que deja a la izquierda los refinamientos señoritos del Romántico y a la derecha el Húmedo pervertido por los modernos, o entras en el Burgo por el cuello de botella que anuncia la plaza de la Píjara. El reclamo de lleno, por favor, en los surtidores cotiza estos días por debajo de la cuenta de media docena de rondas animadas por el buen tiempo en esas terrazas como tundras que, superada la pandemia, se espurriaron para el negocio con esa tendencia expansionista, propia de los rusos y los de Valladolid, por la cual toman para siempre lo que se les cede. El tique de los bares descolla como síntoma de una ciudad donde las clases pasivas y los funcionarios sustentan el consumo, con apenas un cotizante por pensionista y sueldos medios más afines al mileurismo que al desahogo. En ese escenario, adulterado por el espejismo del turismo al alza, se desbarra el IPC de la nota de unas cañas, con el corto proscrito en unos sitios y elevado a categoría en otros que lo usan como cebo para distraer la oferta de tapas al por mayor, rebosante de ultracongelados y fritangueos. Frente al todo vale, azuzado por la proliferación de grupos empresariales que vienen en su mayoría de aquella etapa de la noche que alimentó ingresos ingentes, y que quieren ganarle a un mosto lo que antes le sacaban a un cubata, que echaron a los vecinos del casco histórico y ahora se han hecho incluso con los edificios para convertirlos en pisos turísticos, resiste una hostelería tradicional cada vez más arrinconada por el lobby del estraperlo. Aún aguantan, identificados por la calidad de su oferta tradicional, por su apuestan por el producto de León, sin inventos pijomodernistas para el postureo del Instagram, con camareros reconocibles para la clientela habitual, no con ese carrusel de cambios en la nómina detrás de la barra que se asemeja al banquillo de la Cultu y esos contratos de media jornada que entienden por 12 horas. Ponme otra, Carlines.
