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La estrategia del agua

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16.02.2026

Los desfiles de carnaval que se acaban de celebrar en distintas poblaciones de las Pitiusas constituyen un excelente barómetro para determinar cuáles son las cuestiones que preocupan a los isleños. Este año carrozas y comparsas han criticado las fake news, han lamentado la crisis de la vivienda que azota Ibiza y han reivindicado la agricultura y el producto de kilómetro cero. También se han solidarizado con los nativos de Groenlandia frente al acoso chulesco del presidente estadounidense Donald Trump, que pretende expropiarles su territorio, y han criticado duramente la contaminación que emisarios y vertidos provocan en la costa, depreciando aceleradamente las playas, que constituyen nuestro principal valor turístico y, por tanto, económico.

No ha habido, sin embargo, carrozas ni disfraces relacionados con la sequía y el despilfarro de agua en Ibiza. Claro que, con la cadena de borrascas que venimos afrontando este invierno y la ingente cantidad caída sobre la isla, no es de extrañar. Incluso han vuelto a brotar sa Fontassa de Santa Gertrudis y los ullals de sa Talaia de Sant Josep, que es algo que hoy en día, al contrario de lo que ocurría en el siglo pasado, sucede muy ocasionalmente. Pero, aunque ahora tengamos las cisternas a rebosar, la capa freática más saludable y algunas perforadas hayan vuelto a manar con alegría, es sólo cuestión de tiempo que la sequía vuelva a azotar las Pitiusas y se mantenga durante largos periodos, que pueden culminar con la imposición de restricciones al consumo. Y cuando eso ocurra, seguiremos sin haber previsto soluciones efectivas que pongan freno al terrible despilfarro.

El verano que viene, las lluvias que se han ido acumulando en el subsuelo volverán a alimentar miles de piscinas y hectáreas y más hectáreas de césped y jardines tropicales. Las desaladoras tampoco darán abasto con las necesidades hídricas de los hoteles, las villas turísticas y, por supuesto, los hogares de la población residencial. Toda estrategia destinada a solucionar el problema consiste exclusivamente en buscar fórmulas para incrementar la producción de agua mediante las desaladoras, provocando la desertización de los fondos marinos en sus entornos por la salmuera, en lugar de buscar fórmulas y leyes que fomenten el recorte del consumo de las toneladas que se dilapidan a diario, como si viviésemos en un país nórdico donde el agua es infinita y nunca se va a terminar.

Son precisamente los momentos de normalidad, cuando no estamos impelidos por el agobio y la urgencia, los adecuados para determinar estrategias que racionalicen el consumo de agua y permitan evitar crisis como las vividas estos últimos años, cuando tantos y tantos pozos se han secado y salinizado. Mientras el sector agrícola de la isla –al que además tenemos que agradecer la conservación de innumerables paisajes que, de otra manera, se habrían echado a perder–, ha tenido que renunciar a sus cultivos precisamente por la escasez hídrica, se ha seguido dilapidando agua en una vasta colección de villas distribuidas por todo el territorio insular, que demandan múltiples camiones diarios para su mantenimiento porque deciden adornar sus parcelas con especies no autóctonas.

En este contexto, conviene recordar el famoso episodio del hundimiento del acantilado de sa Penya Roja, en la bahía de Porroig, que provocó que seis casetas varadero quedaran sepultadas. Ocurrió en plena sequía, hace ahora dos años, cuando la tierra de la isla se encontraba tan compactada como una piedra. Allí, sin embargo, se regaban a diario amplias extensiones de césped y jardines situados junto a la corona del acantilado, pertenecientes a los chalets colindantes, lo que muy probablemente provocó el derrumbe. Es decir, que el derroche de los casoplones de arriba acabó derivando en la ruina de los varaderos de abajo, donde algunos residentes guardaban sus pequeñas embarcaciones, que acabaron perdiendo.

Desde el punto de vista de la sostenibilidad y la igualdad social, la gestión del agua sigue siendo el mayor reto que afronta la isla y, por mucho que ahora llueva, seguirá estando ahí en el futuro más inmediato, cuando desaparezcan las borrascas y la isla vuelva a multiplicar su población con la llegada de los turistas.

Realmente resulta inaudito que, a pesar de todo lo ocurrido, no se hayan tomado medidas serias contra el malgasto de las reservas hídricas. A ello hay que sumar las constantes fugas en las redes públicas de agua, tan obsoletas en algunos tramos que provocan que se pierda un porcentaje desmesurado de reservas. En un territorio tan necesitado de agua potable, no existe un solo argumento válido para permitir que ésta se siga desperdiciando. Asistir a esta este proceso continuado de inacción por parte de las autoridades con competencias produce sonrojo y desafección institucional. Señoras y señores con responsabilidad política, hagan el favor de poner el agua en lo alto de la lista, junto a la problemática de la vivienda, y legislen en consecuencia.

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