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20 golpes

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27.03.2026

Aunque deberíamos tener hecho callo ante el despliegue de salvajismo que derrocha la actualidad, dentro de los muchos temas que tenemos sobre la mesa se colaron esta semana dos noticias que no puedo dejar que se pierdan.

La primera la escuché en La hora de la 1, de boca de Miguel Lorente, mientras informaban de las últimas mujeres asesinadas por violencia machista en este joven 2026, considerado por diversos organismos uno de los peores comienzos de año en décadas. Una víctima cada cinco días en lo que llevamos de año, más del doble que el año pasado.

Lorente es ex delegado del Gobierno para la Violencia de Género en España, médico forense y profesor titular de medicina legal en la Universidad de Granada. Además, forma parte del grupo de expertos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), que analiza sentencias de homicidios y asesinatos consumados en el ámbito de la pareja o ex pareja. Esto es: un irrefutable conocedor de la materia, apoyado en hechos probados.

Fotografía del proyecto sobre violencia de género de la Escola d'Arts. / DI

Relataba Lorente que no solo aumentan los casos de violencia, sino el grado de violencia que se inflige. La expresión de ira y rabia ha aumentado como dato objetivo, medible. Cuantificable. La media de puñaladas en los últimos diez años ha pasado de 16 a 24 y, cuando la muerte se produce por traumatismo craneoencefálico, el número de golpes ha pasado de 13 a 20.

Para Lorente, “el clima social está alimentando la ira y la rabia entre los violentos, pero también alentando a otros a ejercerla”.

Sin tiempo de recuperarme del agujero producido por la noticia, aterricé en la ponencia ‘Pasado, presente y futuro de la Ley Integral de protección de las mujeres: dos décadas de avance contra la violencia de género’, pronunciada por María Eugenia Prendes, fiscal de Sala coordinadora contra la Violencia sobre la Mujer de la Fiscalía General del Estado, dentro del Foro que la Cadena SER en Cantabria organizaba el pasado 23 de marzo. Prendes, otra voz irrebatible, afirmaba: “El 100% de las mujeres que han denunciado una violación no la volvería a denunciar”.

La fiscal lamentaba: “Cuando una mujer denuncia intenta cerrar una puerta a un pasado de maltrato y empieza otro camino que no es fácil, en un territorio hostil, un calvario procesal que la mayoría de las veces supone una revictimización. La respuesta que dan a menudo es ‘solo quiero que me deje en paz’. Es algo que debemos repensar”.

Y sí, repensar es urgente. Lo constata este arranque de año: la violencia machista no son casos aislados, sino el último escalón de un terrorismo contra las mujeres. De nuevo, cuantificable: catorce mujeres asesinadas en lo que llevamos de 2026; tres niños víctimas de su propio padre y tres hombres que se quitaron la vida tras asesinar a su expareja o a su hija. Pero cada muerte deja tras de sí un vacío imposible de llenar: llevamos catorce huérfanos, diez de ellos menores.

Pilar, Victoria, María Belén, Ana María y Tatiana murieron acuchilladas. Czarina murió degollada, también María José junto a su hija de 12 años. Petronila, Mercedes y María del Carmen fueron estranguladas hasta morir. María del Carmen murió a palizas. También María Paloma, que posteriormente fue lanzada por un barranco intentando ocultar el asesinato bajo un suicidio. Dolores murió en el incendio provocado en su vivienda, con ella murieron su madre y una vecina. Silvia murió en su peluquería tras recibir cinco disparos.

20 golpes. Cinco disparos.

Además, un niño de 10 años murió a machetazos —la madre quedó muy herida— y una niña de 3 años fue ahorcada.

Todavía continúa ingresada la mujer de 30 años a la que dos sicarios, por encargo de su marido, rociaron con un líquido inflamable y prendieron fuego mientras estaba en casa con su bebé de seis meses, el 2 de febrero en Madrid. Y en Ibiza, la mujer de 31 años que fue brutalmente agredida —traumatismo craneoencefálico grave, hemorragia subdural severa y distintas fracturas— tras ser atacada con un objeto punzante y otro contundente en Sant Antoni, el pasado 15 de febrero. También resultaron heridas su madre y su hermana.

De nada sirvieron la orden de alejamiento de 100 metros ni la pulsera de protección impuestas a su expareja, que se activó cuando los agentes de la Guardia Civil ya llevaban varios minutos en la vivienda tras la llamada al 112.

20 golpes. 100 metros.

¿Saben cuánto son 100 metros? Una distancia que se recorre en un minuto a paso normal. Una medida que pretende ser disuasoria, pero aplicada a alguien que ha demostrado sobradamente no ser una persona razonable se convierte en más que un fallo técnico: un sistema fallido. María Eugenia Prendes lo subrayó: “Fiscalía lleva años pidiendo un mínimo de 500 metros”.

¡Qué menos! Mientras repensamos qué ofrecemos como sistema de protección, de reacción y, especialmente de prevención. Hasta que acabemos con el clima social que está alimentando la ira y la rabia entre los violentos. Hasta que todo lo que contemos sea ni una más, ni una menos.

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