Cuando construir es sinónimode destruir
Construir no soluciona el problema de la vivienda, lo perpetúa, de la misma manera que ejecutar más carreteras no resuelve el problema del tráfico, sino que alimenta una rueda que querrá más y más. La física y las matemáticas lo llaman la demanda inducida o la paradoja de Braess; es decir, esta conclusión con la que abro el artículo es conocida y está bien definida por la ciencia, pero, a pesar de ello, nadie quiere detener la máquina de fabricar dinero. Ni aunque todos sepan que la máquina está llevando a la isla al desastre.
A todos estos cerebros de papel moneda que apuestan por la construcción para alojar trabajadores de temporada se les olvida una variable que, al parecer, solo importa en las fotos promocionales. Y son nuestros ecosistemas, de los que depende la vida entera y que desaparecen bajo el hormigón y mueren sofocados por una presión humana brutal. Seguir construyendo es un atentado medioambiental.
Y es que, además, no solo la construcción no soluciona el problema, sino que la situación que vivimos no deriva de la escasez de vivienda, sino que es consecuencia del auge del alquiler turístico y de que se hayan abierto más negocios de los que la isla puede soportar. Y me refiero, por supuesto, a que hay miles de negocios que a la isla ya no le hacían ninguna falta (más bien todo lo contrario, de hecho). Cada año —sí, cada año y a pesar del cuento de la contención— se abren nuevos bares, centros de yoga, discotecas o beach clubs, se dan nuevas concesiones para negocios playeros que destruyen la costa, para empresas de karts y jeeps que llenan los caminos y lo arrasan todo y se amplían hoteles (con dinero público, además) y se abren más apartamentos. Y hay más empresas de jardineros para villas y de conseguidores de todo pelaje y condición. Liberalismo, lo llaman, con esa manera tan propia de pervertir los conceptos que tienen quienes solo piensan en términos monetarios.
No hay casas para los residentes porque se ha permitido una depredación extrema que ha destruido por completo la convivencia en la isla, ha puesto al límite nuestros espacios naturales y nos ha convertido en la oficina de empleo de España. Y no faltan trabajadores; sobran cientos de negocios que no aportan nada. La isla se ha llenado de depredadores de temporada y luego, encima, resulta que tenemos que poner casa a todos sus empleados. Con nuestro dinero y a costa de nuestros recursos. Porque, claro, algunos defienden el capitalismo mientras les sirva para depredar, pero cuando las circunstancias les frenan, resulta que recurren al comunismo para que todos los demás paguemos la vivienda a sus trabajadores. Si esto no es tener jeta, ya me diréis.
Pues no, señores, ni el liberalismo ni el capitalismo a los que aludís siempre como a dioses funcionan así. Que, como decía Rodrigo Rato, por citar a un liberal de pro, «es el mercado, amigos». Y sí, que no tengáis trabajadores porque habéis depredado por encima de las posibilidades de una isla que se rompe por las costuras también es el mercado, señores empresarios, señores políticos que trabajan para los primeros y señores arquitectos. Lo que no puede ser es que cuando vuestro capitalismo en vena hace aguas y provoca unos problemas tan graves como los que estamos sufriendo en Ibiza, la única solución sea usar el dinero de todos para seguir destruyendo, para seguir arrojando cemento, residentes y turistas sobre una isla que ya no puede más, que ha pasado de ser un paraíso a ser un infierno. ¿Cómo es posible que no se entienda aún algo tan básico como es el hecho de que dependemos de unos ecosistemas sanos que estamos aniquilando? La posidonia va retrocediendo año tras año, el mar está sobreexplotado y contaminado hasta unos niveles que nadie quiere asumir, los campos y bosques sufren cada vez mayor presión, cambiamos campos de amapolas y ravanisses y pinares esplendorosos por cemento a diario —a diario, insisto— y las playas están retrocediendo. ¿Qué pasará con vuestro dios Turismo si la isla pierde los atractivos que ofrece la naturaleza que estáis olvidando en vuestra ecuación? Los turistas no querrán saber nada de esta isla destruida por avaricia, y eso, amigos, también es el mercado.
Por otra parte, y ya que son los arquitectos, los constructores y los empresarios los que nos dicen que hay que construir más y más porque es lo que a sus bolsillos les conviene, quizás, por la misma regla de tres, habrá que preguntar a los traficantes de droga qué leyes deben aplicarse en su negocio. ¿Os imagináis los titulares del diario?: ‘Ibiza necesita más libertad’. ‘Los traficantes de droga se enfrentan al Gobierno por las leyes restrictivas’. ‘El mayor proveedor de cocaína de las discotecas de Ibiza anuncia que aumentará el precio de su mercancía por el bloqueo del estrecho de Ormuz’.
Sí, ya sé que alguien me dirá que una cosa es legal y la otra no, pero, aparte de que con el símil solo intento burlarme de sus lamentos de liberales consentidos, me interesa más la perspectiva moral del asunto y, en cuanto a esta, tanto llenar la isla de cemento como llenarla de drogas van a la par en inmoralidad. Y los dos negocios, además, son factores importantes para entender por qué los ibicencos hemos perdido nuestra calidad de vida.
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