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Más aire

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21.03.2026

Hay momentos en los que la sensación dominante siguiendo la actualidad es la de un ambiente cargado, casi irrespirable. No será porque las noticias no corran unas tras otras, ni vivamos con la respiración contenida ante cada nuevo giro, sino porque muchas de ellas nos meten en una conversación pública que se mueve en un clima cada vez más áspero y cada vez menos atento a lo esencial.

Si se observa la política global, los movimientos de las grandes potencias vuelven a recordar hasta qué punto las relaciones internacionales son una disputa de recursos y posiciones de poder. Energía, materias primas, rutas estratégicas sobre las que se negocia, se presiona o se confronta. Mientras las vidas que quedan atrapadas en los conflictos corren el riesgo de convertirse en números que acompañan al análisis, pero rara vez lo determinan.

Y desde aquí, desde nuestra atalaya europea, ante las guerras o las crisis internacionales, el foco se desplaza con rapidez hacia los efectos económicos. Cuánto subirán los precios, qué impacto tendrá en el crecimiento o en los mercados. Nuestra vida también va a cambiar y pagaremos con restricciones las decisiones de los líderes autoelegidos del mundo. Pero a veces da la impresión de que la preocupación por los costes económicos ocupa más espacio que la discusión sobre las muertes que no dejan de acumularse.

Mientras tanto, hay tragedias que se repiten dentro de nuestras propias sociedades. La violencia machista sigue dejando mujeres asesinadas con una frecuencia que impide hablar de episodios aislados. Cada caso provoca conmoción y condena pública, pero el goteo constante plantea la misma pregunta incómoda, cuánto importan realmente la vida de las víctimas por encima de las declaraciones sobre la gravedad de los acontecimientos y la poca capacidad de ser frenada.

A todo esto se suma un deterioro visible en la conversación pública, cada vez más atravesada por el insulto, la descalificación y la amenaza. No es solo una percepción, el espacio que ocupan quienes más gritan crece a medida que se premia la confrontación rápida y las posiciones extremas.

El resultado es una esfera pública saturada de ruido. Los matices se pierden, las explicaciones complejas quedan relegadas y el desacuerdo se convierte con demasiada facilidad en enfrentamiento. Por eso quizá la palabra que mejor describe lo que falta sea algo tan simple como aire. Aire para discutir sin convertir cada discrepancia en un combate, para recordar que detrás de las cifras hay vidas. Respirar para que la conversación democrática vuelva a parecerse más a un intento de entenderse que a una competición por ver quién logra imponerse.

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