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Reinaldo García Ramos, 'Una amiga en París' y un homenaje en Miami

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20.03.2026

Cuba tiene dos Reinaldos: uno hecho de arenas; otro de ramos. A los dos los expulsó, como hijos no deseados, el puerto de Mariel.  Ya en el exilio participaron activamente en la fundación de una revista generacional, nombrada como ese lugar de mar que los vio partir nada idílicamente. Uno era extrovertido, gustaba de hacerse notar; el otro se ocupaba más bien de pasar desapercibido, mantener lo que él mismo admitía, un bajo perfil. En Miami vivió García Ramos por muchos años, cerca de otro mar, donde gestó la revista digital Decir del agua y donde participó de una vida literaria y cultural muy activa.

En la introducción a Una amiga en París, que Ediciones Furtivas logró publicar en Miami unos meses antes de su muerte, el propio escritor García Ramos reconoce: "El relato de la historia sirve de muy poco si solo acepta el discurso de los que toman decisiones desde arriba y no busca sobre todo el aporte de los seres que estaban abajo, sometidos a los caprichos del poder". Si bien estas cartas a su amiga Ana María Simo son espejo de ese acontecer histórico perverso en el que quedó atrapado durante una gran parte de su juventud, hay más dentro de ellas, mucho más.

Reinaldo se alegró mucho cuando en un intercambio escrito, le hice notar cuánto me gustó la carta de septiembre 7 de 1968, donde se detiene a reflexionar sobre la condición del escritor y el exilio, a propósito de Severo Sarduy y la publicación de su novela De dónde son los cantantes, y con quien su amiga Ana María había podido encontrarse en ese París que también anhelaba de Reinaldo.  Esa manera inquisitiva de anticiparse a lo que puede suponer el desenraizamiento, lo llevó a enunciar: "Los exiliados sólo difícilmente pueden renunciar (sobre todo si vienen del subdesarrollo) a la vibración sentimentaloide que significa para ellos el seguir apegados al material del recuerdo". Le preocupa la "esterilidad quejumbrosa", el destino de aquellos que "se han callado, hundidos en su insignificancia, y en su incapacidad o su tardanza para asimilarse a una cultura otra, cosmopolita o segunda patria". En una entrevista con Abel Sierra Madero publicada en Hypermedia Magazine, la escritora y dramaturga que todavía vive en New York, cuenta: "Salí de Cuba a fines de diciembre de 1967. Yo era miembro de la UNEAC. Le envié una carta a Nicolás Guillén diciéndole que no iba a seguir guardando silencio. Que si no me dejaban salir iba a denunciar mi encarcelamiento y los electroshocks durante el Congreso Cultural de La Habana (del 4 al 11 de enero de 1968), que iba a reunir a más de 500 intelectuales y artistas, entre ellos celebridades como Susan Sontag, Aimée Césaire, Italo Calvino, Hans Magnus Enzensberger y Mario Vargas Llosa. Poco después me llegó el telegrama de salida".

Un año más tarde, en 1968, Ana María Simo comienza a recibir las epístolas que su amigo desde la Isla le mandaba con todos los pormenores posibles de su vida y de la vida del país. Parte de ese registro de hechos es la propia descripción de lo difícil, azaroso y hasta peligroso que llegó a ser cartearse con "elementos del extranjero". El solo hecho de esta correspondencia podía ser usado en su contra, pero durante unos años no se detuvo el flujo, pese a todo. Ana María era el puente, no aquel proyecto en el que vertieron sus ilusiones de jóvenes intelectuales, sino el puente que conectaba este pasado afectuosamente compartido con un futuro incierto pero necesario, donde él también podía caber si lograba marcharse de ese vendaval histórico nada fortuito.

Pero marcharse no era fácil, mucho más para un muchacho en edad militar, graduado nada más y nada menos que de Lengua y Literatura Francesa en la Universidad de La Habana. Esos son temas recurrentes en estas cartas escritas completamente a máquina por un poeta que se sabe vulnerable por ser homosexual, y lo peor, un ser pensante. El ajedrez de la salida, que va variando en su avance, en las estrategias frente a las jugadas (o más bien jugarretas) del "enemigo". Y en medio de ello la desventaja ineludible de estar todavía en edad de servicio, lo cual no impedía que valorara las posibilidades de salir vía Francia, España, México, si era propicio o no incluir a su madre en el plan, si era mejor quitar o no a su padre de la libreta de abastecimiento. En fin, que unas puertas se cerraban y otras se cerraban también. Sobre estos cambios en los requerimientos para obtener la anhelada salida, sobre los impedimentos externos a los planes, la incertidumbre y las postergaciones, concluyó el joven Reinaldo de sí mismo: "perder varios años de mi vida rumiando tristemente las perspectivas de una escapatoria". Me imagino cuán absorta la joven Simo leía esos legajos tan minuciosamente hilados, aun cuando sus heridas eran tan recientes y el dolor de Cuba nunca se revirtiera. No solo le daba detalles de la creciente depauperación económica, el cierre de pequeños negocios, las filas para comprar, las carestías, sino que lo narraba como un espectador que asiste a constantes puestas teatrales.

No sabemos si reír o llorar con esos personajes que a ritmo de conga "a nivel de Kabuki" representan de modo ejemplarizante a un barbero esquilando a un "pelúo", o la irrupción de una "comisión de embullo" con pancartas incitando a desfilar por el Primero de Mayo, en medio de una cafetería. O la descripción de unas vidrieras con "escenas expresionistas" de maniquíes disfrazados y muñecas ensangrentadas para educar al pueblo y olvidar que ya no tienen mucho que vender.     Lo absurdo de los cuestionarios y citaciones para el servicio militar obligatorio, la firma de confesiones comprometedoras, algunas inventadas para saciar la sed de control de un Estado que se adiestraba en practicar lo que Reinaldo llama en estas cartas "terrorismo sexual", y que podía arruinar la vida de tantas personas a su merced.

En varios recuentos la trata de poner al día sobre el ambiente intelectual y cultural: desde los antecedentes que desembocaron en lo que se conoció como "el caso Padilla", la prohibición del libro Lenguaje de mudos de Delfín Prats, los desmanes de revistas como El Caimán Barbudo, la creación del campamento Verdún, la demonización de la música que llamaban "del enemigo", el cierre de los clubs y centros nocturnos donde solía escucharse la música del filin, la represión a los nacionales que querían ser parte del público del Festival de la Canción de Varadero, la quema de los ejemplares de una revista Unión donde también estaba incluido un cuento de Marguerite Yourcenar traducido por él. Tanta persecución, tanto absurdo, tanto castigo, le hacían temer a veces perder la razón y hasta preguntarse si la existencia no sería igualmente insoportable en cualquier parte.

Solo el humor refinado y su espíritu soñador y culto parecían salvarlo, y por suerte en su caso se complementaban. En una misma carta escrita desde Trinidad le narraba con lujo de detalles y gran comicidad la invasión de ladillas que sufría: "hacer esfuerzos tantálicos para no abrirse la ropa en un alarido de sufrimiento y llevarse las uñas a la piel súbitamente ajena, con un objeto hiriente, y morderse los pelos y ensalivarse las manos de furia y arrancarse el sexo y las piernas (porque, cuando se ven acosadas, huyen ladinamente piernas abajo), y tirarse al sol o al fuego a que le saquen a uno de encima aquellos bicharracos diminutos que lo devoran…" Y más adelante y en otro tono la ponía al día de su ensimismamiento con la ciudad donde estaba en ese momento  pasando el servicio social después de graduarse. "Pero como soy este infeliz ser que lucha por pasar el tiempo lo mejor posible, por olvidar su infortunio entre nubes de algodón azul, me conformo con las leyendas de las grandes familias y los detalles de la arquitectura colonial, las fechas de inauguración y los paseos nocturnos hasta las iglesias cerradas. Trinidad tiene su encanto y pienso disfrutarlo".

Cuando la profesora e investigadora María Isabel Alfonso entrevistó a Ana María Simo convinieron en que parte de esa confrontación insidiosa entre Jesús Díaz, director de El Caimán Barbudo, y el grupo literario al que perteneciera José Mario, Reinaldo, y otros, evidenciaba una fuerte tendencia a la misoginia y a la homofobia propia de "los apparachitkis machistas" que dominaban la elite de poder de la llamada Revolución. Esa cúpula castrense, esos intelectuales que más que para la cultura, trabajaban para perpetuar el culto a ese poder de control sobre el individuo y ayudar a su aniquilación o a su sometimiento, fueron los que volaron ese puente y tantos otros, hasta dejar un país desmembrado y sus hijos huyendo en todas direcciones.

Hasta el momento de la huida final de Reinaldo García Ramos por el puerto de Mariel tuvo que encarar esa ubicuidad y prepotencia del poder militar, según cuenta en su novela-testimonio Cuerpos al borde de una isla, publicada en 2010 por la editorial Silueta. Pelotones con armas largas y perros pastores alemanes custodiaban a los que se iban voluntariamente y a los prisioneros de cabezas rapadas que metieron en las embarcaciones. La presencia militar acompañó la sombra escurridiza del poeta hasta el último minuto. Por suerte, no perdió la cabeza después de todo y pudo rehacerse, reinventarse, volver a publicar, encontrarse con viejos amigos, crear nuevos proyectos. De su amistad con Ana María Simo nos quedan estas cartas, alguna foto donde se les ve juntos, jóvenes y sonrientes; ella entreabriendo los dedos de su mano posada suavemente sobre la mano de él.

Pasaron 13 años entre la última carta y el momento en que se reencuentran en Nueva York. Salir al mundo valía la pena; el exilio fue menos terrible de lo que habían dejado atrás. Después de todo salvaron la lucidez y comprobaron que había vida más allá de esa experiencia de iniciación dolorosa llamada Cuba.

Reinaldo García Ramos, Una amiga en París (Ediciones Furtiva, Miami, 2025)


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