Una bota de jerez
11 de abril 2026 - 03:04
Los poetas laureados de Inglaterra tienen como pago un módico estipendio real y el derecho a disfrutar de una bota de vinos de Jerez. Por lo general, los poetas desdeñaban la bota y se quedaban con el estipendio, hasta que el gran Ted Hughes, en 1984, reclamó la bota y obtuvo 720 botellas de palo cortado, lo que revela muy buen gusto. Hughes incluso viajó a Jerez y diseñó su propia marca. Andrew Motion, su sucesor, optó por un oloroso dulce, y Carol Ann Duffy, su sucesora –lesbiana y republicana–, prefirió media bota de fino y media de manzanilla. Y el actual poeta laureado, Simon Armitage, eligió una bota de fino, que etiquetó con un cuclillo cantando desde una rama. “No se preocupen, señores, que voy a dar buena cuenta de este regalo”, anunció el poeta en Jerez. Y estamos seguros de que está cumpliendo su promesa.
¿Por qué cuento esto? Porque hay formas muy hermosas de honrar la literatura sin caer en las inelegancias (llamémoslas así) de una suma cuantiosa pagada con dinero público (estoy hablando del premio AENA, que es una empresa pública que actúa en régimen de monopolio). Y sí, todos nos alegramos de que una escritora tan buena como Samantha Schweblin haya ganado un millón de euros por su libro de relatos, pero uno se pregunta si ese premio no es más bien una especie de beso de la muerte para el ganador. Primero, porque un millón de euros es una cantidad astronómica, incluso superior al Premio Nobel, que dinamita todos los registros conocidos. Y segundo, porque la ganadora difícilmente podrá seguir criticando la sociedad actual después de que esta misma sociedad –a través de una empresa pública– la haya envuelto en el cálido manto de armiño de un millón de euros. Las críticas, o las denuncias, sonarán a partir de ahora un tanto impostadas, ¿o no?
Para que este premio AENA fuera realmente útil, lo más razonable sería premiar al mejor lector, en sus múltiples categorías de lector infantil, juvenil, de poesía, de narrativa o de ensayo. Un buen lector (o lectora, porque las lectoras nos superan con diferencia en cantidad y en calidad) es mucho más necesario que un buen narrador. O sea, que ya saben: si AENA quiere difundir la literatura, que premie a los buenos lectores –que no abundan–, y entregue a los narradores una bota de jerez y un razonable estipendio.
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