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El cerdo de la Historia

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10.04.2026

10 de abril 2026 - 05:30

EL otro día, en estas páginas volanderas, escribía el teniente Garmendia sobre un breve ensayo de Julian Barnes publicado por Anagrama en esa colección de cuadernitos que, por su color, parecen banderitas de verbena. Mis cambios de opinión, se llama la criatura. Pese a que ya había tenido alguna decepción con dicha colección, preferí seguir una máxima que suele ser el camino más corto hacia el desastre: fíate de los amigos y que sea lo que Dios quiera. Esta vez no hubo hecatombe. Mis cambios de opinión es un libro excelente, lleno de humor e inteligencia, que se bebe como un chupito de Macallan.

No estoy de acuerdo en muchos de los principios que proclama Barnes en su libro –en algunos aspectos estamos separados por un foso habitado por caimanes herbívoros–, pero comulgo con su atmósfera, con la necesidad de que todos seamos una república benévola de nosotros mismos y con la idoneidad de tener fuertes convicciones y defenderlas débilmente (aunque él termina defendiendo lo contrario, que en el fondo es lo mismo). Y, sobre todo, estoy de acuerdo con su maravillosa forma de escribir y con una imagen que se me sigue apareciendo en sueños. Les cuento. Barnes, para describir el pasado (puede leerse la historia), dice que es similar a una de esas fiestas universitarias en las que se soltaba un cerdo embadurnado de grasa. Los asistentes –ya sabemos la afición de los anglosajones por la abundosa ingesta de destilados– se afanaban en placarlo, misión imposible que acababa con todo el mundo por lo suelos, haciendo el ridículo y revolcándose de risa. En mis años de universitario, en los que fui obligado a frecuentar el árido estudio de la filosofía de la Historia, no encontré jamás una mejor definición sobre el pasado humano. Pero hay que tener en cuenta que el símil solo sirve para la Gran Bretaña, porque en España ya sabemos que en la fiesta de la Historia solo acaban revolcados y desvelando su condición de patanes los que decida la Comisión de la Verdad de Garzón –brazo desarmado de la Memoria Histórica–. Los otros –o sea, los suyos– quedan impasibles, limpios, bonitos y pintaditos como un San Luis de escayola, posando para una posteridad que los recordará como un dechado de virtudes. Para ellos, los de Garzón, el cerdo de la Historia no existió. Solo el pavo real del mito.

PD: Ahora que lo pienso no sé si esta historia la leí en Mis cambios de opinión o en El loro de Flaubert, donde Barnes también ataca el tema del pasado y sus trampas. La memoria, ese bosque de cenizas.

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