Nueva Línea
Ya nuestros ascendentes se quejaban de la armonía contenida en las creaciones de los músicos de los años 60, cuando se produjo el gran crecimiento del rock y el pop, con aquellos prodigiosos artistas, los Beatles, los Rolling Stones, Elvis Presley, Aretha Franklin y hasta Bob Dylan. La peña venía de disfrutar los aromas de las Dos Gardenias y El Manisero, de Antonio Machín, y, de repente, se enfrentaron a la lengua de Mick Jagger y a la greña y a la psicodelia beat. La colisión cultural fue brutal.
En la realidad, y salvando los clásicos atemporales que nunca perdieron influencia, la música popular siempre rompió o estableció épocas y fronteras. Seguramente, los bisabuelos de nuestros tatarabuelos también venían hasta los mismísimos del cante jondo, la zarzuela, y, con sus interludios, de Los amores de la Inés, de Manuel de Falla.
Y no nos engañemos, como escribió el aristócrata británico Benjamin Disraeli, “la juventud es un disparate; la madurez, una lucha; y la vejez, un remordimiento”; cita que quiero enlazar, rápidamente para evitar equívocos, con la del novelista francés Pierre Benoit, quien sentenció que “de mis disparates de juventud, lo que más pena me da no es el haberlos cometido, sino el no poder volver a cometerlos”. Hagan memoria, eviten embustes, y, siquiera íntimamente, reconozcan que Benoit fue un tipo absolutamente valiente y verdadero.
Yo defiendo La Movida como una explosión cultural y musical, después de varias décadas de censura y represión cultural; una reapropiación de la libertad creativa; un canto a la modernidad con un lenguaje culto pero accesible; y la aparición, en fin, de un nuevo lenguaje musical y visual. No fue sólo “La Movida Madrileña”, con temazos como La chica de ayer (Nacha Pop) y otros tantos, sino La Movida Canaria, con mis buenos amigos de Palmera, Tomás Pacheco, Oscar Santana, Carlos Real y Dany Pacheco, y sus temas guapísimos, eternos, enrollados, imperecederos e infinitos, como Las llaves de la moto, Lucy, ¡Qué pena! y otros tantos, que bailábamos, felizmente perjudicados, en las boîtes más reputadas de la Isla. O Los Coquillos, a quienes seguimos Borrachos hasta el amanecer.
Después de los 80 y durante muchos años, algunos románticos nos hemos sentido huérfanos de música, mientras, atónitos, contemplamos cómo las nuevas generaciones se han puesto a mover el esqueleto de la manera más absolutamente inconexa y deslavazada con ritmos tan atolondrados e inarmónicos como el trap, el dembow, el toasting, el dance urbano, la tecno-rumba, el neoperreo (no me jodas), y sobre todos, el espantoso reguetón.
Aún a riesgo de echarme arriba a las nuevas generaciones, incluso a mis descendientes, debo escribir que el reguetón me se antoja un género ñoño, quejumbroso, repetitivo y triste; o sea, un tranque que debe figurar más en el casillero de la estridencia y la detonación que en el sagrado altar de la música. Sólo Maluma, con “Felices los cuatro”, acertó a construir una relativa melodía, a la que el clero, por el asunto de la presunta muchedumbre, puso algunos peros. No escribiré nada de nuestro paisano Pedro Quevedo, del cantante y no del diputado, porque temo que alguno de sus fans me tirotee en un semáforo. También hay una polarización musical y la cosa no está para bromas.
“Quédateeeeeee / que las noches sin ti dueleeeeen / tengo en la mente las poses / y todo lo que hicimos / Que ya no quiero nada / que no sea contigoooooo”. A ustedes, estas machangadas, ¿les parecen poéticas? A Homero le habría dado un yeyo.
Debo decir, sin embargo, y con viva euforia, que últimamente irrumpió en la escena un grupo, Nueva Línea, que, merced a sus ritmos latinos y coreografías, se ha viralizado en las redes sociales. Ellas nos han devuelto la música y también la poesía.
Hoy escucho… “Yo quiero que me dés / un besito nada más…” Y pego a bailar como un loco en el recibidor de mi casa. Y casi siento que el Tenerife ya ascendió.
