El jardín cristalino
Perder un cacho diente tras someterse a una cura de aguas termales no es casual. El cuerpo, que es sabio, suelta todo lo que le estorba: aquella muela renqueante empastada en tiempos de Maricastaña se parte en dos. Menos mal que la odontología arreglará la rotura. La taza dorada del New York Café, el más bonito del Mundo, merece un aliento con elixires de clorofila, menta y rosas.
Ir al dentista ya no supone sentarse en un potro de castigo. Los dulces acordes de la blancura evitan el sufrimiento. Avances tecnológicos, alta cualificación y la dosis pertinente de anestesia convierten el otrora mal rato en un imperceptible pinchazo en la encía, seguido de ligero sopor y traqueteo indoloro en la cavidad bucal, algo mucho más soportable que, por ejemplo, agujerearse los pezones o tatuarse una boa constrictor en torno al cuello.
El paso por las termas también implica sudar la gota gorda en la sauna y en........
