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El sabio de las plantas que amaba el ‘jazz’

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14.03.2026

Cuando el nombre de Wolfredo Wildpret salía a colación se solía decir que era el último sabio vivo de Canarias. Había ejercido como catedrático un largo magisterio en la botánica de esta tierra y tenía asegurada la continuidad de su labor en generaciones de discípulos, pero no cultivó la arrogancia, siempre conservó la humildad. Por eso, en efecto, este paisano que nos dejó ayer con 92 años era un sabio.

Había noches que Gilberto Alemán, mi hermano Martín y yo no nos íbamos a dormir, tras nuestros maratones periodísticos, sin compartir la tertulia con Wolf en la esquina de Sabino Berthelot -célebre botánico, a su vez-, junto a la Plaza Weyler, donde los dos amigos eran vecinos. Siempre aprendías hablando con él en todos los órdenes de la vida. Cuando viajó a Hannover en 2003 para ser investido doctor honoris causa de la Universidad Leibniz -mucho antes de recibir el Premio Canarias de Investigación- comprendí que aquel científico de relieve internacional era injustamente desconocido en su tierra, donde se le consideraba un político local, por su etapa de consejero en el Cabildo, que daba clases en la Universidad de La Laguna.

Solía repetir un latiguillo de forma militante: “Tenemos la mejor biodiversidad de Europa y el deber de protegerla”. Por eso se enfadaba cuando veía una palmera Washingtonia quitándole el sitio a la Phoenix canariensis. Y era un divulgador muy solicitado en las rutas de ese patrimonio natural. Una de ellas, en las Pirámides de Güímar, lleva su nombre.

El Wolfredo activista ambiental encabezó con Gilberto Alemán la manifestación contra las torretas de Vilaflor, y en eso compartía el ímpetu de César Manrique al frente de ATAN. Como ecologista era irreductible, casi boxísticamente, haciendo honor a un deporte por el que sentía debilidad. La defensa del Parque Nacional del Teide constituía una de sus banderas. Con las cosas de la naturaleza no se juega, parecía instruirnos ante casos de indolencia y dejadez en el trato o maltrato de algún ecosistema. Ni que decir tiene que se opuso al Puerto de Granadilla en defensa de las praderas submarinas de las plantas fanerógamas, los populares sebadales.

Llevaba en el ADN un gen que puede explicar su longevidad. “He llegado hasta aquí con la curiosidad de seguir estudiando”, le contó a Jorge Berástegui en este periódico. Fue una entrevista en plena pandemia, donde tuvo un rapto de optimismo: “Esto va a pasar”. Pero, a su vez, le dijo al periodista que daría paso a los que tenían toda la vida por delante: “Yo sé que lo que tengo es una inmensa suerte y que ningún joven tendría que morir”. A punto de lograr ser nonagenario, sufrió un grave accidente doméstico y casi no lo cuenta. Pero me llamó para contármelo como una anécdota más.

Pasó una temporada “escudriñando” el siglo XVIII y había dado con un conato de venta de las Islas Canarias. Concienzudo lector de prensa, dedicaba dos horas diarias a leer los periódicos locales y nacionales y un diario alemán, el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

WW era una marca de sabiduría canaria contenida en su doctrina pedagógica de científico, docente y naturalista. Varias especies endémicas llevan su nombre y soñaba con tener un jardín botánico con plantas autóctonas”. El Tajinaste rojo se llama Echium wildpretii en honor de su bisabuelo Hermann Wildpret, jardinero mayor del histórico Jardín de Aclimatación de La Orotava.

Los Premios Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS lo distinguieron por los méritos contraídos a lo largo de una vida de botánico y profesor que impulsó la Facultad de Biológicas de la ULL y creó la asignatura Flora y vegetación canaria, como resultado de un flechazo adolescente en aquel hábitat paradisíaco de su bisabuelo suizo junto al profesor sueco Eric Ragnor Sventenius. “Plantar especies autóctonas es defender lo nuestro”, predicaba. Los hijos de Hermann arrendaron el Hotel Taoro -ahora reabierto- y le pusieron el nombre de Gran Hotel Humboldt.

En su época universitaria, Wolf boxeó y jugó al rugby. Compartíamos cierta veneración por el mítico Sombrita y el recuerdo de sus inolvidables veladas en la Plaza de Toros. Era puntual a la cita del Día Mundial del Medio Ambiente en las páginas de DIARIO DE AVISOS, con un artículo anual sobre el estado de conservación del planeta. Y tenía predilección por otra faceta, el jazz, que le susurraba al oído en la época dorada de Radio Club en los años 80 y 90, donde hizo incursiones como disc-jockey. Se ha ido quien tantas cosas y tan importantes fue.


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