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El lagunero

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07.04.2026

El lagunero es persona muy particular. En las fiestas señaladas de la Semana Santa, hoy ya pasadas, hasta el más gamberro y juerguista cambia su jovialidad cotidiana en beneficio de una seriedad que asusta. Sus maneras se vuelven beatíficas, conventuales. Se deshace en esos días de su rebequita de entretiempo, dando paso a un traje negro solemne, al tiempo que el rostro se vuelve gregoriano, como de facistol. Yo conozco laguneros que en Semana Santa se convierten en atril de cuatro caras y adoptan unas curiosas maneras fúnebres, porque el Señor está muerto y ellos también tienen que estarlo. Hasta las familias más cachondas de la ciudad se ennegrecen, esconden su alegría tradicional, su chispa, y se convierten en personajes bíblicos, tristes y hasta dan la apariencia de famélicos, porque el cristianismo debe ser un cristianismo de hambre y de pobre y de involución permanente, con sus honrosas excepciones. A mí me da tristeza visitar La Laguna en estas fiestas porque la ciudad pierde esa alegría húmeda del verode tejadero y hasta puede ocurrir que te caiga la teja en el tolmo y acabe con tus tristes días. Bebedores irredentos moderan, incluso, el consumo de sabrosos caldos para honrar a la divinidad, bajan la vista al paso de los conocidos, en una expresión de monje de clausura. A los alegadores de esquinas tradicionales no se les reconocen, porque ahora tienen ademanes de capuchinos descalzos y solo pronuncian las siete palabras del sermón (todavía escucho los bocinazos del padre Salvador Sierra en su prédica de cada año). El lagunero, generalmente ocurrente, oscurece su mente, durante la Semana Santa, y hace realidad la frase de Unamuno: “Una ciudad con una calle larga y, al fondo, un cura con sotana”. Tengo amigos que no encienden el televisor y la radio la ponen bajita, como cuando escuchábamos Radio Pirenaica.


© Diario de Avisos