Alucina, vecina
Hay días en los que una abre la boca y no sabe muy bien qué va a salir. Estás en una conversación, todo va bien, y de pronto alguien suelta un “random”, un “literal”, un “me renta” o un “bro”… y tú asientes, sonríes… y sigues. Ni tan mal. Incluso te sale un “ok” con naturalidad, por si acaso. Aunque por dentro estés pensando: “Vale… creo que lo he entendido”. Y haces ese pequeño esfuerzo por no interrumpir, por no romper el ritmo, por no quedarte fuera de la conversación.
Pero luego, sin darte cuenta, te sale un “ni hablar del peluquín”. Así, sin avisar. Y ahí ya cambia todo. Se hace un pequeño silencio, o aparece esa cara de “¿perdón?” que te confirma que algo no ha encajado del todo. No pasa nada, tampoco es para montar un pollo, pero en ese momento te das cuenta de que hay expresiones que ya no circulan como antes.
Recuerdo que la hija de unos amigos, cuando era pequeña -y estamos hablando de alguien del 2000-, les dijo un día: “en la antigüedad, cuando tú eras joven…”. Como si en lugar de estar en el salón, estuvieran en una vitrina. Como si esas palabras hubieran dejado de pertenecer a la conversación y se hubieran quedado guardadas, como los discos o las fotos en papel. De qué vas, Bitter Kas.
Una se para a pensar… porque nosotros también tuvimos lo nuestro. Bien servido, además. Empezábamos con un “hola, caracola”, nos despedíamos con un “me las piro, vampiro” o un “hasta luego, cocodrilo”, arreglábamos cualquier situación con un “ni tan mal”, y si algo no colaba, era un “nasti de plasti”. Había días “guay del paraguay”, otros de “menudo cuadro”, y momentos de “alucina, vecina” o directamente de “flipa en colores”. Y cuando algo salía redondo… niquelado. Efectiviwonder. O, directamente, dabuten. Y si algo estaba especialmente bueno… de rechupete. Todo muy serio, como puedes ver.
Había que tener arte para soltar un “a mí plin, duermo en Pikolin” sin despeinarse. O un “vete a freír espárragos” con toda la educación del mundo. Y, sin embargo, funcionaba. Nos entendíamos. No hacía falta explicar nada. No había que traducir. Era un idioma compartido, con sus códigos, sus bromas y su forma de decir sin decir demasiado. La basca lo tenía claro.
A veces pensamos que nos hemos quedado atrás, que lo nuestro suena antiguo. Tranqui, tronco, tampoco hace falta ponerse dramáticos. Ellos hacen lo mismo: juegan con el lenguaje, lo acortan, lo mezclan, lo reinventan. Solo que más rápido.
El idioma se mueve. Cambia de ritmo, de forma, de acento… pero sigue siendo el mismo sitio al que volvemos para entendernos, aunque a veces haya que hacer un pequeño esfuerzo o poner cara de póker y confiar.
Quizá no se trata de elegir entre hablar como antes o hablar como ahora. Se trata de no dejar de decir lo que nos sale, de vez en cuando, sin avisar, sin pedir permiso.
Porque cuando en una conversación se cuela un “cringe” y justo después aparece un “ni hablar del peluquín”, algo encaja.
Al final, entre unas palabras y otras, todo sigue funcionando. Seguimos hablando, seguimos entendiéndonos, seguimos riéndonos. Y eso… ni tan mal.
Así que nada… me las piro, vampiro.
