La condena de la historia
No demandan comida. Luz. Gasolina. Esa escasez, brutal e injusta, no es el núcleo de la quema del partido comunista en Morón o de la toma de calles en diversas ciudades, La Habana incluida.
No es, por tanto, el fin del bloqueo la demanda social hecha grito.
Es el hartazgo. ¿A qué? A la precariedad, obvio. Pero también a la opresión. Al bozal. A las cadenas que imponen los CDR en cada cuadra.
Detonó la valentía sobre el miedo la declaración de Díaz Canel al confesar que había negociaciones con Estados Unidos.
Eso no significa sino la claudicación. México facilitó el diálogo con el nieto de Raúl Castro.
Las pláticas imponen un simbolismo: Díaz Canel es un títere.
Un hombre sin mando que reconoce su debilidad extrema al decir en su anuncio del viernes que “bajo la dirección del general del ejército” es decir, Raúl Castro, “y la mía” en un plano de empleado, se han comenzado conversaciones con EU.
Su lenguaje corporal lo dice todo: cenizo, bamboleante, derrotado.
Pero también, las conversaciones son un anticipo:
Estados Unidos prepara la salida conducida del comunismo. Quedará, quizá, el nieto de los Castro, apodado el Cangrejo, de 41 años que acaso tenga ascendencia sobre las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
