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El juego tramposo de invertir en Cuba: nuevo nivel desbloqueado

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17.03.2026

LA HABANA.- Pudieron hacerlo durante el deshielo de Barack Obama, incluso inmediatamente después de la pandemia de Covid-19, cuando la economía, ya en caída libre desde mucho antes, lo necesitaba con urgencia. O cuando veían arder las bardas del buen vecino Nicolás Maduro y ya era evidente que lo sacarían del juego por la fuerza. Sin embargo, retardaron tanto la decisión que ahora es demasiado evidente que, lejos de ser genuina la voluntad de “cambiar”, se trata apenas de un guiño al interlocutor, en esas negociaciones con Washington que pocos saben hacia dónde se encaminan, pero que, una vez obtenido lo que buscan los camajanes de aquí (y eso solo es tiempo y dinero, nada más que eso), si los dejan pasará lo que ya ha pasado demasiadas veces como para volver a pecar de ingenuos.

Ya los cubanos residentes permanentemente en el exterior pueden invertir y tener negocios privados en Cuba. Quieren pasar la noticia como una señal de cambio, incluso como una decisión espontánea, cuando está claro que es consecuencia del único lenguaje que entienden los comunistas cubanos: la máxima presión; aunque ya sabemos que el idioma de sus respuestas es bastante enredado, confuso, como para siempre esconder esa trampa en la que terminan cayendo los demasiado confiados, al estilo de esos dueños de mipymes que no sobrevivieron a la oleada de ofensivas porque, entre multas, decomisos y delitos fabricados (recordemos el llamado “Cotsco cubano”), los obligaron al cierre.

La moraleja de esas arremetidas contra un “sector privado” no es otra que la resistencia permanente del Partido Comunista y los militares a que, habiendo acumulado suficiente capital, aquel cuaje como tal, convirtiéndose en la fuerza política en la que inevitablemente terminaría transformándose el gremio, una vez que se constituya en la principal fuerza económica.

En tal sentido, funcionan las constantes purgas que tienen por objetivo eliminar toda competencia verdaderamente individual, dejando solo aquellos negocios que se articulan deliberadamente con el régimen, aunque bajo la fachada de “privados” (con los beneficios que esto representa, en especial en lo relacionado con las ayudas externas).

Una fachada que, por lo visto, aún les funciona. De ahí que, por ejemplo, se haya pensado en otorgar licencias para la importación de combustible para un “sector privado” (ignorando o pasando por alto la obligatoria articulación con las empresas del régimen, y en especial de GAESA, para hacerlas efectivas), o que, por otra parte, se persista en prorrogar permisos a muchas de las agencias de envíos a Cuba, establecidas en los Estados Unidos, que han sido identificadas como parte del viejo esquema de off-shore y testaferros empleado por la dictadura con el pretexto de evadir el embargo, pero que, en realidad, son los pulmones del aparato represivo de la dictadura.

Si no se articularan con ese esquema, si no pactaran de antemano o posteriormente con él, si pretenden funcionar de modo totalmente independiente, estarán condenados a que su propia ingenuidad les depare un destino muy similar o peor a lo sucedido con las mipymes que han sido extinguidas por la fuerza o que, peor aún, terminen encausados —por corrupción o por lo que se les ocurra en ese momento— en la próxima oleada de destituciones. La cual probablemente llegará cuando un acuerdo con Washington les asegure otra década más en el poder, o cuando un desacuerdo los vuelva más prepotentes y vengativos que lo demostrado hasta ahora.

Si los empresarios cubanos en el exterior ignoran la trampa desplegada, así como las empresas norteamericanas si obtuvieran licencias de su Gobierno, es posible que sí, que los presos políticos dejen de ser moneda de cambio, pero su lugar como mercancía sería ocupado inmediatamente por esas presas fáciles que logren atrapar y que realmente se crean el cuento de que podrán actuar como “privados”, como “independientes” en un territorio donde ambas son palabras muy peligrosas. Al punto de que a algunos les ha costado la vida o las han pagado durante décadas con el exilio, con las expropiaciones, siempre forzosas.

La “ilustrísima” Marxlenin Pérez Valdés, bien empapada del pensamiento tramposo de los Castro y de sus verdaderas malas intenciones por ser miembro muy “activo” de esa mafia, lo dejaba bien claro recientemente, durante una conferencia en España donde intentaba calmar los miedos de los comunistas de allá, tan realizados “espiritualmente” —aunque siempre de lejitos— con el castro-comunismo de aquí: el objetivo de permitir las empresas privadas en Cuba es cerrarlas en el futuro.

Ese “futuro”, por supuesto, no se refiere al mismo tiempo retórico que han establecido como meta para la “construcción del socialismo”, que ya sabemos es una estafa, sino al mismo futuro inmediato en que pensaron cuando, apenas a un par de años de creadas las primeras mipymes, ya las estaban purgando (para dejar las que les convenían y las “políticamente correctas”), así como condenando a los empresarios extranjeros a corralitos financieros que a muchos han llevado a la quiebra. Entre ellos una mayoría de españoles que se pensaron amigos de los Castro y que en su momento creyeron que las “aperturas” al capitalismo de los años 90, y luego en 2016, igual realizadas bajo presión externa, iban en serio.

“Han sido perdonados y levantado el castigo” es uno de los mensajes subliminales más ofensivos de la reciente decisión. Pero, más allá de que prefieran sentirse ofendidos o no, que decidan incluso ignorar el detalle de que la noticia la ha dado un Castro (Oscar Pérez-Oliva Fraga) y la advertencia de “cierre a futuro” la ha prometido otro miembro de la familia, mientras otro Castro negocia con Washington, el anuncio y el contexto de debacle por sí solos son como para espantarse. Tengamos presente que ha sido la ingenuidad —y no las negociaciones— la que ha asegurado la supervivencia de la dictadura en su más de medio siglo de existencia.


© Cubanet