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La guerra contra Irán: una derrota estratégica de Estados Unidos y un acuerdo que pretende maquillar la rendición

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La anatomía de una guerra perdida

Hay guerras que se pierden en el campo de batalla y hay guerras que se pierden antes de que el primer misil alcance su objetivo. La guerra de agresión que Trump decidió librar junto a Netanyahu contra la República Islámica de Irán pertenece a una categoría más compleja y más instructiva: la de las guerras que se pierden en todos los planos al mismo tiempo, y cuya derrota es de tal dimensión que obliga a los responsables a construir un relato alternativo para intentar diluir sus consecuencias.

Para comprender cabalmente lo que ha ocurrido, es preciso partir de los objetivos que Washington y Tel Aviv se fijaron al iniciar la agresión, porque la medida de una derrota no puede establecerse en abstracto, sino únicamente en relación con las metas que se perseguían. Y esas metas eran simples pero extraordinariamente ambiciosas. Se trataba de un proyecto de transformación regional de envergadura histórica: destruir el programa nuclear iraní de manera definitiva e irreversible, provocar una crisis interna que desembocara en el colapso del estado iraní, estimular un levantamiento popular que facilitara un cambio de régimen, neutralizar las capacidades militares del país y, en última instancia, consolidar la hegemonía y dominio israelí y el control estadounidense sobre una de las regiones geopolíticamente más determinantes del planeta.

Ninguno de esos objetivos se ha alcanzado. Ninguno.

Esta afirmación, es la constatación de un hecho verificable a partir de los propios resultados del conflicto. Y la magnitud del abismo entre lo que se prometió y lo que se obtuvo es tan grande que resulta difícil encontrar precedentes recientes de una operación militar que haya producido un balance tan catastróficamente negativo para quienes la concibieron y la ejecutaron.

La pedagogía política exige que nos detengamos en cada uno de estos fracasos por separado, antes de comprender la dimensión sistémica de lo que ha ocurrido.

El gobierno iraní sobrevive y el pueblo iraní está cohesionado

El primer y más fundamental objetivo de la agresión era el derrocamiento de la República Islámica. Washington y Tel Aviv operaban sobre la base de un supuesto que han repetido durante décadas con la confianza de quien toma por certeza lo que no es más que un deseo: que el gobierno iraní era un edificio frágil, sostenido artificialmente, profundamente impopular, y que bastaba con aplicar suficiente presión exterior para que la estructura se derrumbase desde dentro.

La realidad ha demostrado lo contrario con una contundencia que no admite matices. El gobierno iraní no solo ha sobrevivido al conflicto, sino que ha salido de él con una cohesión interna reforzada. Este fenómeno es la respuesta previsible de cualquier sociedad que percibe su existencia nacional amenazada desde el exterior. Cuando un pueblo -con todas sus divisiones internas, sus debates, sus desacuerdos, sus tensiones sociales- comprende que lo que está en juego no es el carácter de su gobierno sino la soberanía de su nación, las diferencias internas pasan a un segundo plano y la defensa de la comunidad se convierte en la prioridad compartida.

Esto es exactamente lo que ha ocurrido en Irán. Los planificadores occidentales construyeron sus escenarios de fractura sobre la base de un razonamiento que confundía la existencia de descontento social con la disposición a someterse a una potencia extranjera. Ese error de cálculo es el error del colonialismo, la incapacidad estructural de quienes ejercen dominación para comprender que las poblaciones sometidas o amenazadas distinguen perfectamente entre tener diferencias con sus propios gobiernos y aceptar ser “liberadas” por sus agresores.

La resistencia iraní no ha sido solo militar, gubernamental o institucional. Ha sido popular en el sentido más profundo del término. La sociedad iraní ha demostrado una capacidad de aguante moral y material que contradice décadas de propaganda occidental empeñada en presentar al país como una nación al borde del estallido. La cohesión que ha exhibido Irán frente a la agresión es el resultado de un proceso histórico que las terminales occidentales se han negado sistemáticamente a entender: el de una revolución que, con todas sus contradicciones, dotó a un pueblo de una conciencia nacional profunda y de una capacidad de sacrificio que no puede comprarse ni destruirse desde el aire.

III. Lo que el memorando revela: la anatomía de una rendición

Para entender la verdadera naturaleza del acuerdo alcanzado entre Washington y Teherán, es indispensable leer con detenimiento el contenido del memorando de entendimiento tal como ha sido filtrado por distintas agencias informativas. Sus catorce cláusulas son el registro fiel de la correlación real de fuerzas al término del conflicto, y esa correlación es inequívoca.

El punto de partida del memorando es el cese permanente e inmediato de la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano. Que la primera cláusula del acuerdo establezca el alto el fuego como condición fundacional, y que ese alto el fuego se extienda explícitamente al territorio libanés es una declaración política de primer orden sobre la que volveremos más adelante. La segunda cláusula compromete formalmente a Estados Unidos a no interferir en los asuntos internos de Irán y a respetar su soberanía. Que la potencia agresora tenga que comprometerse por escrito a respetar la soberanía de la nación que ha intentado destruir es, en sí mismo, una medida exacta de quién ha ganado esta guerra.

La tercera y la quinta cláusula establecen el levantamiento del bloqueo naval en un plazo de treinta días y la reapertura del Estrecho de Ormuz bajo arreglos iraníes. La formulación es significativa: no bajo supervisión internacional, no bajo garantías multilaterales, sino bajo arreglos iraníes. Irán recupera el control efectivo sobre una de las arterias económicas más importantes del planeta, por la que circula aproximadamente el veinte por ciento del comercio mundial de petróleo. La cuarta cláusula añade el compromiso de retirar las fuerzas estadounidenses de los territorios circundantes a Irán, lo que equivale a reconocer que la presencia militar que Washington había utilizado como instrumento de presión y como plataforma de agresión no puede sostenerse en las nuevas condiciones.

La sexta cláusula establece la suspensión de las sanciones sobre la venta de petróleo, productos petroquímicos y derivados, y el acceso completo de Irán a sus recursos financieros. Y la séptima va considerablemente más lejos: obliga........

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