Fidel, el Rayo que no Cesa
Fidel Castro: “Y no hay duda de que este pueblo estará a la altura de esa historia, de esa tarea que le ha correspondido hacer, que le ha tocado realizar”. Foto: Sitio Fidel Soldado de las Ideas
Cien años después de su nacimiento en Birán, el 13 de agosto de 1926, su nombre sigue restallando con la misma fuerza con la que cayó, como un rayo, sobre la Sierra Maestra, sobre el Moncada, sobre las tribunas de Naciones Unidas, sobre los hospitales de campaña de Angola, sobre cada esquina del mundo donde un pueblo pobre necesitó un médico, un maestro o una palabra de aliento.
Este centenario se celebra con la urgencia de quien reconoce, en la vida de un hombre, la prueba de que la historia todavía puede escribirse a favor de los de abajo.
Escribir sobre Fidel exige renunciar a la distancia. No es posible narrar su vida desde el pupitre frío del cronista neutral, porque su propia existencia fue una negación permanente de la neutralidad: escogió un bando, el de los pobres de la tierra, y lo sostuvo sin fisuras durante casi ochenta años de vida pública.
Este texto, pretende, sencilla y humildemente, poner en palabras la dimensión de un hombre que hizo de la coherencia una forma de vivir y de la solidaridad un modo de estar en el mundo.
Todo gigante tiene una infancia, y la de Fidel fue la de un niño criado entre el olor de la tierra roja de Oriente y el rumor del trabajo campesino. Su padre, Ángel Castro, un gallego que había cruzado el océano con las manos vacías, levantó con sudor y tesón una hacienda próspera sin perder jamás la sencillez ni la cercanía con quienes trabajaban a su lado, a quienes trataba más como compañeros que como jornaleros.
Su madre, Lina Ruz, campesina pinareña de carácter indomable, se educó a sí misma leyendo cuanto caía en sus manos y transmitió a sus hijos un amor profundo por la historia, por el trabajo bien hecho y por la solidaridad entre los seres humanos.
En aquella casa de Birán, entre gallinas, caballos y libros leídos a la luz de un quinqué, Fidel escuchó por primera vez el nombre de José Martí, la estrella que guiaría cada paso de su vida futura.
De ese hogar heredó una disciplina casi espartana y una certeza que jamás lo abandonó: la de que la dignidad se construye con las manos y se defiende con el cuerpo entero. Su hermano Raúl, compañero desde la cuna, se convertiría en el brazo derecho de una vida entera de lucha, la prueba de que la lealtad, cuando es verdadera, resiste el paso de las décadas y el peso de la historia.
En la Universidad de La Habana esa semilla germinó en conciencia política. El joven Fidel se lanzó a los comités estudiantiles que denunciaban la discriminación racial y defendían la independencia de Puerto Rico, devoró la historia de Cuba y del mundo, discutió filosofía y derecho con la voracidad de quien sabe que el conocimiento es un arma.
Fue el comienzo de una formación autodidacta e insaciable que ya nunca se detendría: Fidel estudiaría toda su vida, hasta el último de sus días, convencido de que un pueblo culto es, ante todo, un pueblo libre.
Moncada: cuando la dignidad se hizo programa
El 10 de marzo de 1952, el golpe de Estado de Fulgencio Batista cerró de un portazo cualquier ilusión de cambio por la vía legal.
Frente a esa clausura, Fidel no vaciló: si la ley había sido secuestrada por la dictadura, la respuesta debía nacer del pueblo mismo, con las armas en la mano si era necesario. El 26 de julio de 1953, un puñado de jóvenes decididos asaltó el cuartel Moncada, el segundo bastión militar más importante del país.
La acción fue derrotada en cuestión de horas. Pero de esa derrota, regada con la sangre de decenas de compañeros asesinados tras la rendición, nació algo mucho más duradero que cualquier victoria táctica: el Movimiento 26 de Julio, la semilla organizativa de la Revolución que triunfaría seis años después.
En el juicio que siguió al asalto, encerrado, aislado, juzgado por un tribunal que esperaba doblegarlo, Fidel pronunció el alegato que la historia recuerda como La historia me absolverá.
Ahí, desde el banquillo de los acusados, convertido en tribuna, expuso ante Cuba entera su programa de justicia social, y cerró con una frase que atravesaría generaciones: "Condenadme, no importa, la historia me absolverá". Aquellas palabras eran la certeza de un hombre que sabía que la cárcel jamás podría encerrar sus ideas.
Encarcelado en el Presidio Modelo de Isla de Pinos, convirtió cada celda en aula, cada día de encierro en estudio y organización, demostrando que ni siquiera los barrotes pueden detener a quien lleva la revolución adentro.
Amnistiado en 1955, partió hacia México. Fue en ese exilio, entre planos de guerrilla dibujados de madrugada y entrenamientos clandestinos, donde Fidel selló con Ernesto "Che" Guevara y con Camilo Cienfuegos una hermandad que cambiaría el curso de la historia latinoamericana.
De aquel encuentro nació también la vocación internacionalista que definiría a la Revolución desde su misma cuna: la certeza de que la libertad de un pueblo está entrelazada con la libertad de todos los pueblos oprimidos de la tierra.
La Sierra: la tormenta que no cesó
El 25 de noviembre de 1956, ochenta y dos hombres zarparon de Tuxpan hacia Cuba a bordo de un yate maltrecho llamado Granma. El desembarco fue un desastre: sorprendidos por el ejército de Batista en Alegría de Pío, los expedicionarios fueron dispersados y diezmados. De aquel naufragio inicial sobrevivió apenas un puñado de hombres, entre ellos Fidel, Raúl, el Che y Camilo.
Cualquier proyecto humano razonable habría muerto ahí, en el fango de los cañaverales orientales. Pero Fidel no estaba hecho de la materia de lo razonable: estaba hecho de la materia de lo imposible.
Reagrupó a los sobrevivientes, se internó en la Sierra Maestra y comenzó, casi de la nada, la guerra que derrocaría a una dictadura armada y financiada por la mayor potencia militar del planeta.
En aquellas montañas se forjó el estilo de mando que Fidel sostendría durante toda su vida pública: el........
