Seamos utópicos, hagamos lo posible
¿En qué fase del proceso de negociación con la realidad mediática están ustedes? ¿En la de consumir varias fuentes de información para intentar encontrar un equilibrio entre lo que se conoce como “líneas editoriales” y vislumbrar un atisbo de verdad en lo que lee, mira o escucha? ¿En la de reaccionar con estupor/indignación/incredulidad ante las barbaridades que llegan a sus ojos/oídos? ¿En la de protestar vehementemente en redes sociales o en chats de whatsapp contra la mendacidad rampante? ¿O ya se ha resignado y adoptado la postura de los tres monos sabios: no ver, no oír, no hablar porque, total, para qué? Yo les confieso que tengo días, o más exactamente, rachas.
Lo que tengo claro –aunque, como dicen los juristas, esta conclusión se somete a otras mejor fundamentadas– es que pasa lo que pasa porque detrás de la bandera de la libertad de expresión y la responsabilidad social –detrás de las banderas siempre se oculta algo– que enarbolan los editores y quienes los sustentan, lo que hay es el tratamiento de la información como un producto de consumo más. Un producto que circula libremente sin informar de sus ingredientes, sin mostrar si tiene o no parabenos, aceite de palma, contaminantes ambientales, residuos químicos y aditivos. Sin análisis ni control de ningún tipo. Las noticias falsas campan libremente y, cuando se revelan como tales, no son objeto de aclaración alguna. ¿Cuándo ha visto por última vez una........
