La democracia, entre el conocimiento y la impotencia
En los años ochenta, circulaba por Cádiz una anécdota apócrifa atribuida a un alcalde de Conil empeñado en levantar una obra tan ambiciosa como inviable. Un técnico le explicó que aquello no podía sostenerse por algo tan básico como la ley de la gravedad. El alcalde, irritado, zanjó la réplica: “No me vengáis con legalismos estúpidos, que me los salto todos”. La historia tenía gracia, pero también resultaba inquietante.
Con el tiempo, oí la anécdota situada en otros lugares y atribuida a distintos cargos. Probablemente no era más que una variación popular de aquella célebre y controvertida conferencia de C. P. Snow sobre las dos culturas, en la que el físico y novelista denunciaba el abismo entre científicos que no habían leído a Shakespeare y humanistas que ignoraban la gravitación universal. Hoy ese abismo, para hacer más válido el chiste, ya no separa ciencias de letras, sino conocimiento y política. Nunca habíamos acumulado tantos datos, tantas herramientas, tanta capacidad de comprender los problemas colectivos y pocas veces nos hemos sentido tan incapaces de resolverlos.
Esa es la paradoja que atraviesa el ensayo de Joan Subirats La brecha entre saber y hacer (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2026). Sabemos más, pero hacemos menos. El conocimiento crece en cantidad y complejidad mientras se vuelve menos operativo. El resultado es una forma de impotencia informada, próxima a ese “analfabetismo ilustrado” del que habla Marina Garcés. El subtítulo –Democracias más fuertes con políticas más efectivas– avisa desde el principio de que Subirats no escribe para lamentarse sino para pensar qué hacer.
El primer nudo que plantea el ensayo........
