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Rumbo a un nuevo internacionalismo

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21.08.2026

El 3 de enero de 2026, poco después de las dos de la madrugada, un comando estadounidense sacó de la cama al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y a su mujer, Cilia Flores, los esposó y los embarcó en un buque de guerra y posteriormente en un aeroplano rumbo a Nueva York. Antes incluso de que el avión que acabaría trasladándolo tocara pista, Donald Trump ya explicaba a la prensa que Estados Unidos “dirigiría” el país hasta que hubiera una transición ordenada y que pensaba vender “grandes cantidades” de su petróleo. No hubo resolución de Naciones Unidas ni rastro del vocabulario humanitario con el que Occidente llevaba treinta años envolviendo sus intervenciones. Un presidente extranjero anunciaba en directo que iba a administrar una nación ajena y a vender su crudo, y lo hacía sin molestarse siquiera en buscar una coartada. Se acabó la época del “intervencionismo humanitario”: lo que viene es un imperialismo más descarnado, con el estilo mafioso de Gangs of New York.

Vale la pena detenerse en aquella escena de enero, porque allí se ensayó una gramática política nueva. Durante las últimas tres décadas de “final de la historia”, el imperialismo se vistió de derecho internacional y de intervenciones humanitarias. Ahora, el mismo imperio que construyó ese decadente modelo de gobernanza global se encarga de desmontarlo. Durante el secuestro de Maduro, los asesinatos extraoficiales de supuestos “narcotraficantes” en el Caribe y, de forma mucho más desgarradora, en Palestina, se muestra un nuevo signo de esta época histórica, la paralegalidad: una plena arbitrariedad de poderes privados, estatales y globales, que conecta con la destrucción de derechos generalizada.

Trump ni siquiera intentó construir una “guerra justa” ni fingió llevar la democracia a Caracas. Ya nadie pedía las actas electorales y pocos se acordaban de la flamante ganadora del Premio Nobel de la Paz, que se humillaba en la Casa Blanca ante el nuevo Nerón. Esta misma paralegalidad es la que estamos viendo en la asfixia de Cuba, un crimen de lesa humanidad ante la mirada impasible de la comunidad internacional. Nos hubiera gustado ver las caras de Bush y su administración, que tuvieron que invertir meses de propaganda para explicar sus “razones” para invadir Iraq.

Estamos viendo en la asfixia de Cuba, un crimen de lesa humanidad ante la mirada impasible de la comunidad internacional

Estamos viendo en la asfixia de Cuba, un crimen de lesa humanidad ante la mirada impasible de la comunidad internacional

El mundo vuelve a repartirse en áreas de influencia y, en esa competencia, el soft power de la democracia y los derechos humanos ya no sirve como coartada legitimadora: manda el “lenguaje duro del poder”. Como se le escapó en un arrebato de sinceridad a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, “el viejo orden global, el de un sistema internacional basado en reglas, ha desaparecido. Y no volverá”. Washington actúa a cara descubierta, con el estilo de un matón inmobiliario neoyorquino, y amenaza incluso a sus aliados: una Unión Europea que mira entre incrédula y desconcertada, sin encontrar su papel en el nuevo tablero. Mientras tanto, Pekín y Moscú administran sus periferias con una única preocupación: sus intereses. El secuestro de Maduro, aliado de ambos hasta la víspera, sin que ninguno moviera un dedo, es buen ejemplo de ello.

En un tablero así, lo primero que se pierde es la noción de soberanía, porque ya no queda árbitro interesado en sostener la ficción de las reglas. Algunos analistas compararon el secuestro de Maduro y Flores con la caída del muro de Berlín: se abriría una nueva época en América Latina, con el progresismo borrado de los gobiernos por la vía de las armas o por la de la ola reaccionaria y su “escudo de las Américas”.

Aquí es donde Cuba se convierte en una pieza simbólica fundamental para coronar la política imperial del “Corolario Trump”. La isla lleva más de seis décadas bajo un bloqueo económico, comercial y financiero impuesto de manera unilateral, sin respaldo de Naciones Unidas, que vulnera los principios de igualdad soberana de los Estados, no injerencia en los asuntos internos y prohibición del uso de medidas coercitivas recogidos en su Carta fundacional. Es uno de los ejemplos más prolongados y graves de injerencia sistemática contra un Estado soberano.

Esa política de agresión contra el pueblo cubano se agrava con la orden ejecutiva que Trump firmó el 29 de enero de 2026 y que declara una “emergencia nacional” respecto a Cuba: el Gobierno cubano pasa a ser, por decreto, una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior estadounidenses. La declaración sirve de base jurídica para ampliar la coerción económica con un sistema arancelario que permite chantajear a cualquier país que, directa o indirectamente, venda o suministre petróleo a Cuba.

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