El siglo de las luces
Esto es una carta, como su nombre indica. Y el sentido de una carta es tener algo que decir. Hoy en día nadie escribe cartas, salvo el banco, que siempre y de manera constante –como los enamorados, pero sin amor en absoluto– tiene algo que decirte. Todo el mundo habla, en ese sentido, de una crisis de la epístola, un género que se ha muerto, al parecer, de puro viejo, cuando en realidad se ha muerto porque, snif, nadie tiene nada que decir en una carta. De hecho, nadie tiene nada que decir, a secas. Por eso lo suele decir con emoticonos. Los emoticonos suelen aludir, precisamente, a nada. Por eso los bancos no utilizan emoticonos. Esta carta, por lo contrario y en tanto que es una carta, ese objeto viejo a través del cual se solía decir algo, tiene algo que decir. Concretamente, lo siguiente, dos puntos. Hace pocos días, viajando por una carretera española –grande, recta, vacía y que no conduce a ningún sitio–, me topé con un fenómeno maravilloso, que hacía años que no veía ni vivía. Consistía en que los escasos coches que venían de frente, desde muchos metros antes de cruzarse conmigo, encendían y apagaban las luces varias veces, avisándome de algo con urgencia. Con esas señales, en un lenguaje inventado hace miles de años por nuestros antepasados, y nunca jamás explicitado, me comunicaban que, unos metros más adelante, me encontraría, en efecto, con la Guardia Civil, ese emoticono de carita enojada buscando en mis bolsillos lo que buscan las cartas de los bancos. La vivencia de todo esto, que, lo dicho, hacía mucho tiempo que no veía, alude a un fenómeno emocionante, cívico, heroico incluso. A saber: a) está prohibido dar ese tipo de avisos con las luces, de manera que, b) si te pillan los malos, te multan. Pero, aun así, c) muchas personas, incluso d) la mayoría de ellas, suelen hacerlo, e) desafiando con esa decisión a la ley. Y todo ello tan solo para f) comunicarte, para explicarte una vivencia que la persona que hace las señales ha tenido unos segundos o minutos antes y que quiere ahorrarte. En este caso concreto, un g) encuentro no deseado, en plena recta divertida, con la Guardia Civil, un benemérito cuerpo armado con h) cierto mal rollo intrínseco, de manera que i) ningún estriper, en el momento de disfrazarse de poli malo, elige ese uniforme.
Si uno lo piensa detenidamente, jugársela y avisar con las luces a tus compañeros de carretera de un peligro, son dos mensajes. El primero es el literal. El aviso del encuentro con una pareja de agentes. Pero el otro es aún más gaseoso, abierto y emocionante. Se trata de personas explicándote sus experiencias. Explicándote anteriores encuentros arbitrarios con la Guardia Civil, explicándote, tal vez, encuentros de sus padres y abuelos, que no pudieron ser evitados porque, en aquella época, no había coches con luces. Es más, son personas que han vivido algo –un encuentro anecdótico con dos guardias civiles con hambre de gol, u otra experiencia más elaborada y profunda; nunca lo sabremos–, y que se lo explican, a través de luces, a todo aquel que viene hacia ellos. O, si lo depuramos más, se trata de personas que hablan desde el futuro, desde algo que han vivido y a lo que te aproximas a 120Km/h, para que te ahorres, en la medida de lo posible, parte de esa experiencia no deseada y ya experimentada por ellos. En el límite ya de lo interpretativo, son personas que explican lo que va a sucederte, pues ya han estado ahí.
En todo caso, lo que hacen esas personas anónimas no deja de ser un milagro. Es decir, hacen periodismo. Explican lo que sucede y, por ello mismo, lo que te va a suceder si sigues avanzando en esa dirección, por otra parte innegociable. Nadie, en fin, puede cambiar el sentido de su dirección en una carretera grande, recta, vacía y que no conduce a ningún sitio. Es decir, en la vida.
Nadie escribe cartas porque no tiene nada que decir. Por lo mismo, aparentemente, cuesta leer la prensa, pues dice cosas no deseadas, que no son emoticonos, que no son estados de ánimos pop, que no son estados de ánimo sino, comúnmente, el ánimo de los Estados, que nunca ha sido pop. Pero, a pesar de esas apariencias, todo el mundo busca con avidez luces que le expliquen lo que sucede, lo que pasará en el siguiente kilómetro, lo vivido por otros, su experiencia. Y eso es el periodismo. Poco más. Y hay tanta demanda de él que las personas se hacen el periodismo encima, en las carreteras, mientras avanzan a toda leche, por ejemplo.
El sentido de esta carta era explicarles este hecho importantísimo. Y agradecerles la oportunidad que nos brindan de ir a toda leche por una carretera –grande, recta, etc.– y hacerles señales, serenas, desesperadas, en las que les explicamos lo que hemos visto. Muchas gracias por ello. Si me vieran avanzar hacia ustedes de frente, en este preciso instante verían una explosión de luces divertidas vitalistas, que les brindo. Es mi agradecimiento. Lumínico. Luminoso.
Sin más y atentamente:
