Fujimorismo ‘reloaded’: va para peor
Luego de juramentar como presidenta de la república, Keiko Fujimori dio un discurso lleno de promesas de obras públicas deseadas por todos, aunque imposibles de realizar, bien porque son de muy largo aliento o porque no dispone del presupuesto. A lo que añadió el incremento del salario mínimo vital, algo que el fujimorismo siempre ha rechazado en el congreso. En suma, nada.
Pero sí fue muy concreta en algo: habló de desplegar a las fuerzas armadas para la lucha contra el crimen organizado. Esto es, por un lado, anticonstitucional, y, por el otro, poco práctico, porque la lucha contra la delincuencia requiere un trabajo policial para el que los cuerpos de seguridad no están capacitados.
Más bien ordenará el despliegue de las fuerzas armadas como parte de un proceso de implantación de la fuerza en todos los rincones del país, normalizando esa presencia. Es algo que ha anunciado durante toda su campaña. Además de la sombría práctica de lo que llaman el rastrillaje, táctica usada durante la guerra interna contra el terrorismo consistente en desplegar a militares y policías en una población determinada e intervenir casa por casa en busca de sospechosos. Algunos mandos militares afirman que este sistema fue muy útil en su momento, aunque el problema es que también conllevó la captura de inocentes y muchas violaciones de derechos humanos.
Con casi todas las provincias del país en contra, con la mitad y más de la población desconfiando de su mandato, con el inevitable disgusto ante muchas medidas de su agenda, todo indicaría que tal despliegue de fuerza represiva del Estado es para prepararse ante la inevitable respuesta callejera.
Todo indicaría que tal despliegue de fuerza represiva es para prepararse ante la inevitable respuesta callejera
Todo indicaría que tal despliegue de fuerza represiva es para prepararse ante la inevitable respuesta callejera
Y con eso ratificará una lógica típica de todo gobierno reaccionario: valerse de amenazas –reales o inventadas– para justificar el uso de la represión, y lograr así, mediante la difusión de una versión amplificada del peligro, incluso la aprobación de sectores del país en contra de ese uso de la fuerza.
Luego del discurso, las intenciones del Gobierno iban a verse en la designación de los ministros. No nos decepcionó.
Hasta el momento, en los nombramientos destacan un presidente del Consejo de Ministros escogido entre sus más leales, y que además ha sido colaborador del Gobierno de Taiwán; un ministro de Relaciones Exteriores que ha sido, durante veinte años, empleado de la embajada norteamericana; un ministro de Economía garante de la ortodoxia económica; un ministro del Interior que es militar retirado –no un civil ni un expolicía– e impulsor de la militarización en el país; un ministro de Defensa improvisado para escuchar a sus asesores militares; y un ministro de Energía y Minas rotundamente extractivista.
Los demás parecen ser aquellos sectores que pueden esperar: educación, salud, ambiente, vivienda, cultura, transportes y comunicaciones a manos de políticos o personas que no saben nada del tema, pero son fichas leales. Y solo dos mujeres en el gabinete de la primera mujer electa presidenta: una ultraconservadora en el Ministerio de la Mujer –institución que la derecha quiere hacer desaparecer–, y una especialista –excepción a la regla– en el sector encargado de programas sociales. Sumemos a eso que una buena parte de este equipo ministerial tiene antecedentes de acusación fiscal, judiciales y hasta penales. El lema podría ser: salvo la fuerza (o el dinero), todo es ilusión (o no importa).
El fujimorismo, tradicionalmente, se ha caracterizado por la demagogia, el pragmatismo por prebendas, el mercantilismo disfrazado de “libertad económica”, la disciplina de bancada y el autoritarismo. Poco más, y un discurso que centraba todo en la contradicción eterna de celebrar haber vencido al terrorismo de Sendero Luminoso, al mismo tiempo que lograba resucitarlo en cada confrontación política. Como hace hasta ahora. Esto que funcionaba tan bien en los inicios del Gobierno de su padre, Alberto Fujimori, ya no es tan efectivo con Keiko. Su escasa convocatoria electoral –recuérdese que Fujimori pasó a segunda vuelta con apenas 14 % del voto directo– tiene que haber motivado a un reciclaje que debía ser un híbrido entre su propio legado y los nuevos tiempos que ayudan.
Un indicador de los cambios que ya se dan en el fujimorismo nos lo dio la recepción entusiasta que la señora K dio al presidente argentino, Javier Milei. Ambos celebraron el encuentro, hablaron de amigos comunes y Fujimori le dijo a Milei “es usted una inspiración”. No fue tan solo un exabrupto.
Las elecciones en senadores y diputados
Volvamos dos días antes de la toma de mando, cuando debió elegirse a las mesas directivas del flamante Congreso bicameral. La oposición de izquierda y de centro logró concretar un pacto puntual para pelear por las mesas directivas frente al fujimorismo aliado con el partido de extrema derecha, ultraconservador, del exalcalde de Lima, López Aliaga. En diputados, la mayoría de la oposición es clara: tiene ocho votos de ventaja y ganó la votación. Pero en senadores había un empate 30 a 30, y se necesitaban dos votos de ventaja.
El fujimorismo está acostumbrado a comprar adhesiones o votos
El fujimorismo está acostumbrado a comprar adhesiones o votos
El fujimorismo está acostumbrado a comprar adhesiones o votos mediante el chantaje o la corrupción. Y........
