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“Como escritor, mi trabajo es abrir espacios para la diferencia”

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13.03.2026

Hace un año, Arià Paco obtenía el décimo Premi Llibres Anagrama de Novela con Teoria del joc, título que pocos meses después se tradujo también al castellano. Doctor en filosofía por la Universidad de Arizona, Paco (Igualada, 1993) explora en esta novela, inteligente y afilada, el deseo y, sobre todo, el amor en una generación, la millenial, que se enfrenta a la necesidad de replantearse las relaciones y sus códigos. Paco pone en el centro al hombre heterosexual, un hombre que, por un lado, cuestiona el modelo de masculinidad imperante y, por el otro, no puede escapar de los códigos y de un sistema de valores heredados. Con Teoría del juego, Paco continúa explorando el mundo de las relaciones en su generación: si aquí pone el foco en el amor y el deseo, en su anterior novela, Covarda (no traducida al castellano), se centra en las relaciones de amistad, sobre todo desde la perspectiva masculina. 

Empecemos echando la mirada hacia atrás, a su anterior novela, Covarda, puesto que podríamos pensar Teoría del juego y Covarda como un díptico, pero no solamente en torno a una generación, sino sobre todo en torno a los deseos y a las relaciones.

Yo también entiendo estas dos obras como un díptico y, de hecho, muchas veces comento que, en realidad, la historia que se narra en ambos libros es muy parecida, la diferencia está en el lugar desde donde se enfoca, desde donde se mira. Covarda ponía el foco en los vínculos de amistad masculina, sobre los cuales también hablo en Teoría del juego; lo que pasa es que esta última novela se centra sobre todo en las relaciones de amor y deseo, en las relaciones abiertas y en cómo se gestiona el amor entendido como deseo. Todos ellos son temas que, sin embargo, ya aparecían, aunque no en mi primer plano, en Covarda.

¿Pensaste las dos novelas en contemporáneo? Es decir, ¿cuándo trabajabas en Covarda ya tenías presente Teoría del juego?

No poca gente, tras leer Covarda, me comentó que una de las cosas que más le había interesado era el tema del deseo

No poca gente, tras leer Covarda, me comentó que una de las cosas que más le había interesado era el tema del deseo

Cuando escribí Covarda no tenía la otra novela en la cabeza. Sí es cierto, sin embargo, que mientras la escribía me di cuenta de que me interesaba mucho el tema del deseo. Me interesaba tanto que se iba filtrando cada vez con más adquiriendo mayor presencia dentro del texto. Así que tuve que hacer el esfuerzo para apartarlo, porque era consciente de que el tema central de Covarda era otro. Lo curioso es que no poca gente, tras leer Covarda, me comentó que una de las cosas que más le había interesado de la novela era precisamente el tema del deseo. Por tanto, es como si en Teoría del juego trasladara todo ese material que tenía y que no había entrado o que había entrado solo parcialmente en la novela anterior. Por esto, la escribí bastante rápidamente: Covarda se publicó en septiembre del 2022 y en el mes de octubre de 2022 empecé a escribir Teoría del juego. Lo primero que escribí fue el prólogo, que es una especie de carta que el escritor se redacta para sí mismo diciéndose cómo tiene que escribir, cómo tiene que plantear el texto. El prólogo nace del ímpetu de no querer escribir un texto en primera persona que fuera leído como autodefensa y autojustificación. No era esto lo que me interesaba. Por esto necesitaba una tercera persona, quería poder juzgar a mi personaje.

Eva Illouz, Marina Garcés… El tema de la amistad y de las relaciones de afecto están siendo revisadas desde la filosofía y la sociología. ¿De qué manera su formación filosófica está detrás de sus novelas?

No sabría decirte hasta qué punto mi formación y mi background tienen que ver o han influido en las novelas que he escrito. Yo diría que todo lo que he hecho antes habla de mis intereses, más que de mi recorrido académico. No se trata de que mi formación me haya llevado a pensar que puedo trabajar sobre determinados temas, porque son objeto ahora de análisis y están de actualidad. No soy alguien que esté particularmente atento a las novedades del campo filosófico; yo hice mi tesis sobre filosofía política bastante aislado de las novedades que se publicaban. Lo que sucede es que si escribo sobre temas tan abstractos como la amistad o el deseo es porque me interesan no solo en términos teóricos o filosóficos, sino y sobre todo en términos literarios.

Son temas abstractos, pero con una profunda connotación política, puesto que obligan a una reflexión sobre las relaciones sociales y sobre los modos de convivencia.

Las novelas tendrían que abodar las ideas a través de lo que viven las personas

Las novelas tendrían que abodar las ideas a través de lo que viven las personas

Es cierto y, en efecto, creo que estas dos novelas responden a un intento de abordar literariamente la manera en que mi generación se comunica. Es un proyecto todavía abierto, puesto que este díptico deja muchas cosas fuera. Y, evidentemente, las relaciones, las de amistad y las de deseo, son un tema político, sobre todo en el contexto socioeconómico en el que nos encontramos, puesto que hablar de las relaciones es hablar de cómo convivimos, de aquello a lo que aspiramos y de aquello con lo que soñamos; es hablar también de qué nos podemos y de qué no nos podemos permitir. Todas estas cuestiones intervienen en las relaciones y, sobre todo, condicionan la manera en la cual hacemos amigos y también en la cual hacemos amantes. Por tanto, no tengo dudas de que todos estos temas presentes en mis dos novelas son políticos, lo que sucede es que no los abordo ni desde la teoría política ni desde el ensayo, sino que los abordo desde la literatura y desde la vivencia cotidiana. De hecho, esto es lo que tendrían que hacer todas las novelas: abordar las ideas a través de lo que viven las personas.

De ahí también la importancia de la tercera persona para así no circunscribir la vivencia al yo.

Obviamente. Y, además, la tercera persona responde a lo que se comenta en el prólogo y te decía antes: no quería escribir desde la disculpa o la autojustificación. Muchas veces, da la impresión de que, en literatura, los hombres, cuando abordan ciertos temas, lo hacen llorando, disculpándose, desde una posición algo victimista. No era fácil pensar en una prosa autoconsciente y reflexiva desde una perspectiva masculina que no sonara a queja, a disculpa o a autojustificación. Yo quería invocar el error y no caer en todo esto.

Y parte de este error tiene que ver con los códigos heredados, es decir, a partir de qué códigos nos relacionamos, cuales códigos asumimos y reiteramos y cuáles intentamos subvertir.

La cuestión de los códigos me interpela mucho. Lo tuve muy presente cuando escribía Teoría del juego, pero también cuando escribí Covarda, pues me di cuenta de que la amistad es un amor sin demasiados códigos, algo que no sucede en las relaciones claramente sentimentales o en las relaciones institucionalizadas como el matrimonio: En estas relaciones se asume como algo incuestionable que es lo que une a las personas, sin embargo, en la amistad no está claro que nos debemos los unos a los otros, qué podemos esperar y qué no del amigo. A pesar de ello, las generaciones más jóvenes están poniendo la amistad en un lugar central, algo que no sucedía tiempo atrás, donde las relaciones consideradas centrales eran otras. Decimos, ahora, que los amigos son algo muy importante, pero ¿qué implica que sean importantes? ¿Qué vínculos y, sobre todo, que tipo de compromiso establecemos con los amigos? Todas estas eran preguntas fueron clave a la hora de escribir Covarda, cuya segunda parte se titula precisamente “palabras intermedias”, porque la amistad es algo así: es una relación muy fuerte y donde hay una forma de amor, pero no el compromiso que presuponemos en las relaciones de pareja…Es como si la amistad fuera una relación que tuviéramos que inventar nosotros.

Un compañero suyo de catálogo, Pol Guasch, también ha reflexionado mucho sobre el tema de la amistad, que, sin embargo, si repasamos los recientes títulos publicados, sigue siendo objeto de interés y de análisis sobre todo por parte de autoras.

No eres la primera persona que me lo comenta y, en efecto, algunos lectores, después de leer Covarda o Teoría del juego, me han señalado precisamente esto, que la amistad y, en general, las relaciones han interesado sobre todo a las mujeres y que, de hecho, estamos acostumbrados a encontrarnos estos temas de la mano de las escritoras. Sin embargo, creo que esto es algo reciente, algo de nuestro tiempo, porque los hombres han escrito durante centenares de años sobre la amistad, empezando por Aristóteles. Y, curiosamente, ahora sorprende cuando este tema se trata desde la mirada masculina.

Si vemos las más recientes publicaciones sobre la amistad, casi todas estaban firmadas por autoras. Eso sí, hay una señalada excepción: Geoffroy de Lagasnerie. Eso sí, su perspectiva es homosexual.

Los hombres heterosexuales no han sabido afrontar y pensar demasiado bien cómo ser amigos

Los hombres heterosexuales no han sabido afrontar y pensar demasiado bien cómo ser amigos

En mi opinión, los hombres heterosexuales no han sabido afrontar y pensar demasiado bien cómo ser amigos y qué significa ser amigos. Yo tengo muchos problemas al respecto y, en parte, escribí Covarda porque me fascinaba ver cómo podía querer tanto a unas personas con las que, sin embargo, me sabía comunicar tan poco. Y este es un problema que todavía hoy estoy resolviendo, de ahí que algunos de mis mejores amigos también son homosexuales, poque no es tan fácil establecer una amistad con un hombre heterosexual.

De hecho, en Teoría del juego se nos recuerda que el sexo no es lo complicado, que lo verdaderamente complicado es el amor y sus matices.

Totalmente. Mis dos novelas son novelas de amor, porque el amor –de ahí mi interés– es mucho más difícil de definir y mucho más complejo que el deseo, que, en cierta manera, no solo es más animal, sino que es más comprensible y, sobre todo, es más fácil de moralizar. El amor es de una gran complejidad y a él se enfrentan los dos personajes de Teoría del juego, desde ese primer amor a partir del cual comienzan a ver a los demás. Porque el amor es esto, es ver al otro y darte cuenta de que el otro es real y es diferente a ti. Darse cuenta por primera vez de esto es sobrecogedor, es una sensación que te supera, porque te plantea toda una serie de preguntas sobre el otro y sobre qué significa amar al otro.

Sobre todo porque, nos plantea su novela, amamos según los códigos del amor romántico y, quizás, de lo que se trate es de pensar nuevos códigos.

Seguramente. Y, en este sentido, el personaje de Ernest es clave. Él es alguien que tiene unas intuiciones que podríamos definir como “love positive”, siguiendo la definición de “sex positive”: es decir, tiene una actitud abierta y saludable ante el amor, sin sospechas ni tantos temores. Lo que sucede es que su actitud choca con el hecho de que, por el contrario, nuestra sociedad tiende más hacia el “love negative”, es decir, es más proclive a una actitud cerrada, de sospecha y de falta de confianza hacia el amor. Y, de hecho, en el prólogo se dice precisamente esto, que vivimos instalados en la idea del amor como un posible agente de infección y que las normas que le atribuimos son como los glóbulos blancos que nos protegen de un amor más libre, que es algo peligroso. No hay que olvidar que el amor es, por definición, una fuerza antiliberal en cuanto nos vuelve dependiente del otro y nos vuelve vulnerables. Es decir, nos convierte en sujetos que no encajan dentro de una sociedad individualista. Y este contexto es el que hace que Ernest, aun teniendo unas actitudes positivas y abiertas, en el momento de tener una relación no sepa ponerlas en juego, no sepa cómo actuar consecuentemente. Lo que me interesaba era profundizar en este conflicto, en cómo las ideas no se materializan en la práctica, si bien, como escribí hace tiempo en Instagram, todo lo tendremos que sacar del amor, que canal de acceso a todas las cosas. Quizás suene cursi, pero es así, es del amor de dónde surgen las cosas más genuinas. Ernest parte de esta idea, pero yo quería observar de qué manera una idea que como esta termina corrompiéndose.

Y parte de esta corrupción –y volvemos al tema de los códigos– es consecuencia de la dificultad de no encajar. Ernest siente que no encaja, por su forma de ser hombre, en los códigos de masculinidad imperantes.

–Esto es clave. Creo que me lo dijo mi hermana, pero no me quiero equivocar… Pero sí recuerdo que alguien me dijo: “tiene que ser muy difícil la infancia para a un niño al que no le guste nada el fútbol”. No había llegado a pensarlo nunca de una manera tan directa y explícita, pero es evidente que la experiencia de ser, pensar y sentirse diferente afecta y condiciona tu manera de socializarte en una sociedad en la que la sociabilidad es muy homogénea. Y prueba de ello es que ha habido gente que me ha recriminado el hecho de que Ernest no sea lo suficientemente representativo, gente que me ha dicho que Ernest es raro, porque no existen hombres así. Pero ¿su supuesta singularidad quita valor a la novela? En mi opinión, la ficción te permite mostrar la riqueza y la complejidad de las personas, que no se pueden encuadrar ni definir únicamente a partir de cuatro etiquetas. Ni tan siquiera los hombres se parecen tanto entre sí como para recurrir a un par de adjetivos para definirlos. En realidad, todos somos bastante especiales y esto es algo que uno aprende leyendo y que uno quiere mostrar cuando se pone a escribir. Como escritor, mi trabajo es abrir espacios para la diferencia. Y si hablo de amor lo que no voy a hacer es un tratado al estilo medieval diciendo cómo debe entenderse y practicarse el amor, sino todo lo contrario. Porque en la vida real, el amor es algo mucho más complejo para poder sistematizarlo a partir de esquemas cerrados. 

Al final, los personajes prototípicos lo que hacen es confirmar las certezas de los lectores

Y esto es lo que yo no quería.

De hecho, ya desde el prólogo el lector duda de cómo debe situarse frente al personaje.

Fui a la residencia literaria de Nueva York habiendo escrito solo el prólogo. Allí lo traduje al inglés y la última semana de la estancia lo leí a los compañeros. La idea era la de reunirnos y leernos los unos a los otros. Recuerdo que algunos dijeron que era un inicio muy arriesgado, pero, sobre todo, recuerdo que un poeta norteamericano se me acercó después de la lectura y me dijo: “Se supone que el protagonista no nos tiene que caer bien, ¿verdad?”. Me sorprendí por el comentario, le dije que, en realidad, no sabía qué contestarle, que lo único que tenía claro es que quería escarbar en su alma. Ha pasado tiempo y creo que lo mejor de Teoría del juego es precisamente el no saber si el protagonista te tiene que caer bien o mal, porque es complejo y contradictorio. Ahora ya con cierta perspectiva, te puedo decir que, en mi opinión, la gran diferencia entre Teoría del juego y Covarda es que Covarda está escrita desde un nosotros con el cual los lectores se pueden identificar. Es decir, está escrita desde la semejanza, mientras que Teoría del juego está escrita desde la diferencia, no buscando la identificación. Covarda quiere que termines queriendo a los personajes, mientras que en Teoría del juego pierdo el control moral de los personajes. Hay una especie de corrupción moral. 

Y la novela nos recuerda que la culpa no salva. Sentir culpa no te hace moralmente superior. 

En absoluto. La culpa es un síntoma de alguna cosa. Salinger dice que la culpa es una primera e imperfecta forma de conocimiento. Y algo hay de esto. A mí me interesaba explorarla, porque la culpa está muy presente, en concreto en la mente de esos hombres que están prestando atención a ciertos discursos y a ciertas reivindicaciones que se están produciendo en la sociedad. Dicho esto, la culpa por sí sola no redime. Además, no hay una única culpa. En el prólogo, uno cree percibir que la culpa que siente Ernest tiene que ver con sus prácticas sexuales, sin embargo, en la medida en que avanza la novela vemos cómo no es el deseo lo que está en juego, sino el amor. Y su sentimiento de culpa tiene que ver sobre todo con el hecho de no saber querer como le quieren a él, de no saber estar a la altura del amor que él exige. 

Al final, el sexo está tan codificado, también en términos morales, que se Ernest llega a autocensurar ciertas prácticas, aunque le gusten a él y a su pareja.

Esta escena a la que aludes me permitía mostrar el contraste hipócrita que surge entre aquello que pensamos que tenemos que desear y aquello que realmente deseamos. No es casual que el debate sobre hasta qué punto se puede dirigir, educar y mejorar el deseo esté encima de la mesa. Yo no tengo ninguna posición clara al respecto y espero que el libro tampoco se posicione. Porque es precisamente el hecho de que sea un debate abierto lo que lo convierte en un punto de partida interesarse para mirarse a uno mismo y reflexionar en torno a las relaciones.

¿Se ha estigmatizado en exceso el sexo para salvaguardar el amor? En otras palabras, ¿se ha considerado solo moralmente bueno el sexo que encaja dentro de los patrones del amor romántico?

La condena de la sexualidad o de algunos modos de sexualidad es la manera para no replantearse el amor de otra manera, desde otra perspectiva

La condena de la sexualidad o de algunos modos de sexualidad es la manera para no replantearse el amor de otra manera, desde otra perspectiva

Sin duda. La condena de la sexualidad o de algunos modos de sexualidad es la manera para no replantearse el amor de otra manera, desde otra perspectiva. No hay valores inmutables, sino que cada generación o, si se prefiere, cada sociedad se tiene que repensar y, por tanto, repensar sus valores. Es decir, no tengo una posición clara ante la pregunta de si hay valores objetivos o no, pero lo que sí tengo claro es que a mi generación no le funcionan muchos de los valores heredados, valores que, de hecho, ya nos han transmitido bajo sospecha. Porque nuestros padres no nos han dicho que tenemos que vivir como ellos, más bien nos han dicho: nosotros hemos vivido así, pero las cosas están cambiando. Por lo que somos una generación desubicada. Esto, sin embargo, no debe ser necesariamente malo, se puede ver como algo positivo en cuanto, al mismo tiempo, somos una generación más libre. 

¿Repensar las relaciones, el hecho de que necesitemos nuevos códigos y nuevas definiciones para conceptos como amistad o amor está muy relacionado con el contexto socioeconómico?

Absolutamente. Por esto, antes subrayaba que, en realidad, hablamos de cuestiones políticas, porque la manera en qué nos relacionamos está completamente condicionada por el contexto económico, por lo material. No podemos aspirar a comprar una casa, no podemos aspirar a tener dinero para educar a tres hijos, por lo que construimos nuevos modelos y opciones de futuro y de relaciones. Puede sonar extremo, paródico, pero reconozco que he llegado a pensar, si bien no he conseguido convencer a muchos con mi idea, de que el poliamor es la última forma de riqueza a la que puede aspirar mi generación. Por el momento, nadie me ha comprado mi idea, pero creo que detrás de ciertos modelos de relación hay una búsqueda de nuevas formas de ser feliz y de sacarle más jugo a la vida, en un momento en el que la precariedad material es generalizada y en un momento en el que lo que se nos dice es que el mundo se acaba, de que el modelo no funciona y que estamos consumiendo todos los recursos naturales. Este contexto de desmoralización nos lleva a decir: si se acaba el mundo, que se acabe, por no voy a sentirme culpable por ello ni a sufrir por ello. Este vitalismo de último día, este vitalismo de justo antes del apocalipsis me interesa mucho y creo que quizás no como realidad, pero sí como hipótesis moral, irá a más.


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