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El control público que no controla nada

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19.04.2026

Bolivia no descubrió la corrupción; aprendió a convivir con ella. Lo que durante décadas fue un problema estructural, salpicado de escándalos aislados, se ha transformado en un sistema de funcionamiento. La debilidad institucional no solo persiste, sino que se ha profundizado hasta convertir a la corrupción en una constante casi predecible dentro del aparato estatal. No es casual que el país ocupe posiciones vergonzosas en los rankings internacionales: más que un dato, es el reflejo de una realidad cotidiana.

La imagen es tan cruda como precisa: donde se aprieta, salta pus. Contratos inflados, obras inconclusas, sobreprecios, empresas públicas deficitarias y redes de favores políticos forman parte de un entramado que ya no sorprende, pero sí indigna. Lo más grave no es solo su existencia, sino la ausencia de mecanismos eficaces de control que permitan prevenirlos o corregirlos a tiempo.

Ahí surge la gran contradicción boliviana. En el papel, el país cuenta con herramientas institucionales sólidas. La Contraloría General del Estado tiene la misión de ejercer el control técnico sobre la administración pública, está facultada para determinar indicios de responsabilidad administrativa, ejecutiva, civil y penal, y goza, al menos formalmente, de autonomía funcional, financiera y organizativa. A ello se suma la Ley SAFCO, que establece un sistema integral de administración orientado a garantizar el uso eficiente y transparente de los recursos públicos.

La normativa existe. La institucionalidad está diseñada. El problema es........

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