Trinchera de ideas | Fidel: cien años de gloria
Trinchera de ideas | Fidel: cien años de gloria
Una experiencia personal inédita
Por Sergio Rodríguez Gelfenstein
(Nota: Las siguientes líneas son un extracto de un libro en edición en el que relato algunas de las vicisitudes de mi vida. En este caso, doy a conocer por primera vez los pormenores de mi primer encuentro personal con Fidel. Yo había estado con él como parte del grupo que se preparaba para viajar a Nicaragua a incorporarse a la guerra de liberación de ese país, pero este fue el primero de varios encuentros privados y reservados. En ese momento, yo era militante del Partido Comunista de Chile y, en esa condición, asumí una responsabilidad que me llevó a conocer y trabajar con Fidel para el cumplimiento de una específica misión que recibí. He aquí el texto).
Al día siguiente, muy temprano, regresé a la casa de seguridad y retomé mi rutina. Al rato llegó Fernando y me dijo que no debería salir y que esperara visitas. Sin embargo, el día transcurrió sin que nada sucediera; no obstante, casi al finalizar la tarde, cuando ya oscurecía, apareció Alejandro. Contrario a su natural parsimonia, estaba agitado; me dijo que me vistiera y preparara rápido para salir. Le pregunté si tenía que llevar algo y me dijo que no, reiterando que debía apurarme.
Pocos minutos después, salíamos a toda velocidad por Quinta Avenida. En ningún momento me dijo de qué se trataba; curiosamente, siendo tan locuaz, iba en silencio. Entendí que no debía hacer preguntas. Al llegar a la Avenida Paseo, torcimos a la derecha y comenzamos a subir. Comencé a sospechar algo, pero era tan inverosímil en mi interior que yo mismo me respondí que lo que pasaba por mi cabeza era imposible. Comencé a pensar escenarios factibles.
Al llegar a la Plaza de la Revolución, no torcimos a la izquierda hacia el edificio del Ministerio del Interior. Quedaba cancelada la posibilidad de una nueva reunión con el general Abrantes. Doblamos a la derecha y raudamente entramos a la zona de estacionamientos del Palacio de la Revolución. Ahí estaba la respuesta: el comandante Piñeiro había decidido recibirme y le había pedido a Alejandro que me llevara. El Palacio de la Revolución, sede de las más altas instancias políticas y de gobierno de Cuba, está dividido en dos partes: en el ala oeste funciona el Comité Central del Partido Comunista de Cuba; pasamos de largo. La probable reunión con Piñeiro había quedado entonces descartada. En el ala este están las oficinas del Consejo de Estado, entre ellas las del presidente del Consejo de Estado. En ese momento, comencé a ponerme nervioso. Alejandro permanecía impertérrito. Nos recibieron por el sótano, que está debajo de la gran escalera del palacio. Pasamos directo a un ascensor. Alejandro por fin habló: "¿Sabes adónde vamos?". Lo miré y no dije nada; no pude. Lo que pasaba por mi mente era tan improbable que preferí quedarme en silencio. Lo único que me dijo fue: "Cuando te pregunten algo, solo responde si lo sabes; no te pongas a inventar ni a elucubrar". Lección que, a partir........
