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Semana Santa Canaria

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02.04.2026

Semana Santa isleña de inefable memoria: traje nuevo bordado, zapatos de charol...Ruidosos triquitraques del Sábado de Gloria: humo de sahumerio, algarabía y sol». Con ... estos pocos, pero hermosos y elocuentísimos versos, verdaderos espejos de un tiempo y un acontecer, plenos de los sentimientos más íntimos de tradición, de devoción, de luminosas mañanas procesionales, que colmaron y colman la memoria de muchísimas generaciones de canarios, describía la 'Semana Santa isleña' la admirada poetisa y escritora Josefina de la Torre, vinculada a la Generación de 1927.

Pasados los carnavales, y los largos cuarenta días de la Cuaresma, el ambiente de muy diversas poblaciones insulares, muy en especial en los barrios procesionales con más solera, se impregnaba poco a poco de una incipiente inquietud, de un ánimo muy especial por la llegada de la que nuestros antepasados denominaban como «Semana Mayor isleña» o «Semana Mayor del año», para la que debían las familias prepararse para asistir, tan correctamente dispuestos en lo espiritual, pero también en lo material, como mandaban los cánones tradicionales, a los diversos actos solemnes que llenaban todos los días de aquella semana, o acudir a las casas de familiares y amigos desde las que se podía disfrutar del paso de las procesiones y eran obsequiados con dulces y refrescos, propios de una singular gastronomía y repostería que afloraba en esos días del año, marcados por el ayuno y la abstinencia, como recordaba el memorialista grancanario Domingo J. Navarro en sus 'Recuerdos de un noventón'.

Es un ambiente que se puede aún hoy palpar y disfrutar en los centros históricos de Las Palmas de Gran Canaria, Vegueta y Triana, o en San Lorenzo y el Puerto de La Luz, donde florecen en todo su esplendor estos días de la Semana Santa, como un auténtico corazón pétreo de la ciudad. Un corazón que palpita con intensidad en el sentir y las vivencias de nuestros conciudadanos, como ha venido ocurriendo generación tras generación desde hace siglos; casi desde los mismos días fundacionales, cuando frailes dominicos y franciscanos fomentaron el culto público de la Pasión de Cristo. Y este corazón de Las Palmas recibe, en sus dos barrios históricos, a modo ele aurículas de un mismo órgano, la sangre de los sentimientos de sus habitantes, con la que riega de vida y de memoria ese tesoro de antiguas iglesias y conventos que, en su perímetro de calles y plazas, cuyos nombres son auténticos capítulos de nuestra historia, se instituye en el más adecuado de los escenarios para la representación de la Pasión en la Semana Santa isleña. Y lo hallamos en el centro histórico de La Laguna, donde, como se ha señalado en sus programas, se da «probablemente la Semana Santa más celebrada de la isla de Tenerife y una de las más reconocidas en Canarias». Allí «los pasos y cofradías, además de las eucaristías, encuentros, actos religiosos y culturales marcan un evento icónico e inevitable de estas fechas de recogimiento y reflexión», una tradición procesional que recorre las calles laguneras con pasos de gran valor histórico y artístico, con piezas de imaginería y verdaderas obras de orfebrería isleña con más de cinco siglos de historia.

Un ambiente que es de hondo sentimiento y finísima estética en Santa Cruz de La Palma, «una de las de mayor personalidad, riqueza patrimonial y encanto de cuantas se celebran en Canarias, con una riqueza en imaginería religiosa en la que destacan el Señor de la Caída, del maestro sevillano Benito de Hita y Castillo, el Calvario Flamenco del Santuario de Las Nieves, así como las numerosas obras del escultor orotavense Fernando Estévez», o el de Santa Cruz de Tenerife cuyos orígenes se remontan a los primeros asentamientos tras la conquista en el siglo XV, y en el siglo XVII tras el surgimiento de la 'contrarreforma' cuando se consolidaría la semana de Pasión en esa ciudad, llegándose a establecer recorridos procesionales consolidados y a la aparición de diversos pasos e imágenes devocionales que iban a calar en el sentir popular santacrucero, sin olvidar otros como el de Teguise, que es corazón espiritual de Lanzarote, pues 'La Villa', antigua capital de la isla durante más de cuatro siglos, alberga la devoción más venerada de esta isla: el Santísimo Cristo de la Vera Cruz, una escultura de madera policromada del siglo XVII que se conserva en su ermita homónima.

Y en Gran Canaria no se pueden olvidar las de Teror, Moya, Guía -con su 'Semana Santa de Luján', que nos rememora al gran artífice de la gran renovación estética de esta semana mayor-, Gáldar o Telde, que son compendio y extensión de una historia y un devenir, que hoy marcan y acentúan un carácter y una idiosincrasia isleña semanasantera.

Así, cada año, bien adentrados en este siglo XXI, no podemos dejar de admirar a esta Semana Santa canaria, Semana Santa de ayer y de hoy, semana mayor para añorar soleadas y limpias mañanas repletas de mantillas blancas, de cientos de farolillos que rompen el luctuoso gris del atardecer, noches de plegarias tras un Cristo en procesión por las viejas calles isleñas, en medio de la brisa atlántica que las envuelve. Y también aprovechar una amplia y rica literatura que existe sobre esta temática, para, través de textos de muy diversos autores, de muy diferentes épocas, asomarnos al ambiente, a los sentimientos, a la forma que los canarios han tenido y tienen de ver y entender, ayer y hoy, la Semana Santa, las costumbres, los usos y las tradiciones que se daban entorno a la que denominaban su 'Semana Mayor del Año'.

Así transcurre, siglo tras siglo, nuestra Semana Santa insular en los viejos y más históricos barrios isleños. Cada día es una plegaria, una expresión de fe del pueblo que la vive y la siente, como la vivieron y sintieron sus padres y sus abuelos, y como están seguros que la vivirán sus hijos y sus nietos.

Una semana en la que cada día es también una campana que tañe a tradición, a antiguas costumbres, a un carácter y un ambiente que hacen de esta Semana Santa un exponente de arraigada canariedad. La crónica de nuestra Semana Santa, que incluso como crónica debería ser mucho más extensa, podría convertirse en una verdadera lección de historia cuajada de nombres, fechas, datos, referencias artísticas, literarias o musicales. Pero ahora quedémonos con esta pequeña reflexión a modo de apunte de un ambiente, de un carácter, de un estilo propio y arraigado que define a unos barrios y a sus gentes, a unas costumbres y a unas tradiciones que hacen muy canaria la expresión de algo tan universal como la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

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