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Sobre verdad y mentira en sentido moral: tipología del mentiroso

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20.04.2026

En el año 1873 dictó un joven Nietzsche a su amigo Carl von Gersdorff unas hondísimas reflexiones sobre el problema de la verdad y la mentira, reflexiones que habrían de publicarse en 1903 con el título de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y que, como el propio nombre indica, dejaban deliberadamente fuera de consideración el importantísimo problema moral que es inherente a estos dos conceptos. En realidad, lo que interesaba al filósofo alemán en estas reflexiones de juventud no eran tanto los problemas prácticos que la verdad y la mentira implican en la vida cotidiana de la gente cuanto su problema metafísico: el problema metafísico de que el ser humano no vive en la verdad, sino en la mentira, porque el conocimiento que tiene de la realidad que lo circunda no es un conocimiento directo, sino que está mediatizado tanto por los sentidos con que la percibe como por las metáforas lingüísticas con que la designa. “Los diferentes lenguajes” -nos dice el propio autor del texto-, “comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada, pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes.

La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable“. Es decir, que esas cosas que llamamos ”verdades“ en la vida real (el tiempo, el espacio, Dios, la felicidad, la casa en que vivimos o el amor o el odio que sentimos por los demás, por ejemplo) son ”mentiras“, más que verdades, porque lo que manejamos al hablar no son ni ellas mismas ni una imagen que se les parezca, sino una representación arbitraria hecha con un material ajeno a ellas, que es la significación de las palabras con que las designamos y las denotamos. Mentiras útiles, si se quiere, pero mentiras, al fin y al cabo.

Y no cabe ninguna duda de que las cosas son como dice el atormentado pensador alemán. Las personas, los animales, las cosas, las cualidades y las acciones que constituyen el mundo de los humanos son sólo creaciones de las metáforas de su lengua y de las sensaciones que captan sus sentidos a partir de ellos. Tiene, por tanto, razón Nietzsche cuando dice que la vida del ser humano es una entelequia. 

Pero que el ser humano no conozca las cosas tal y como ellas son en sí mismas y por sí mismas no quiere decir ni mucho menos que no haya verdades, como suelen afirmar exultantes esos simpáticos cuestionadores de la verdad que son los pesimistas, los nihilistas y los anarquistas (Schopenhauer, Cioran, Bakunin…), tan ávidos de negación los unos como los otros. Claro que hay verdades, aunque esas verdades sean en realidad el resultado de un pacto social, de un pacto entre toda la gente del mundo o parte de ella, no hechos físicos. Sin verdades no sería posible la vida. Y no me refiero, obviamente, sólo a las verdades de opinión o de creencia, como esas que afirman que el único dios verdadero, el único partido político democrático o el único equipo que juega bien al fútbol, por ejemplo, es el de uno mismo, que son sólo verdad para los que las profesan. Me refiero a verdades más objetivas, como, por ejemplo, las que sostienen que “el corazón es la bomba de la sangre”, “América fue descubierta por Colón”, “la declaración de los derechos del hombre data de 1789” o “el autor de la teoría de la evolución nació en Inglaterra”, por ejemplo. Sin verdades (verdades relativas, es decir, que hemos convenido entre todos, no verdades absolutas, es decir, dadas por Dios o la naturaleza) no es posible la vida humana. Y de esta premisa voy a partir yo aquí para abordar el importantísimo problema que eludió Nietzsche en el trabajo que acabamos de citar, que es el problema moral que plantean esas cosas tan trascendentes en la vida de los seres humanos que son la verdad y la mentira.  

¿Qué son en realidad la verdad y la mentira? Llamamos verdad a la coincidencia de nuestro discurso con la realidad que hemos creado con las metáforas de la lengua que hablamos y con las impresiones de los sentidos y mentira (expresa o tácita o silenciosa), a la falta a esa verdad, con el propósito deliberado de conseguir algo más o menos espurio. La intención de engañar es fundamental en la mentira. Precisamente porque lo hacen con la intención de engañar a los votantes, al ciego que lo había adoptado, a don Quijote y Sancho y a su marido, decimos que mienten respectivamente los políticos demagogos, el protagonista del Lazarillo de Tormes, los rufianescos duques del Quijote y la Emma Bovary de Flaubert. Por el contrario, pese a lo que dice Nietzsche, no podemos decir que nos mientan los sentidos con que percibimos la realidad y la lengua con que la metaforizamos. Tampoco miente la mar al mariscador cuando, tras un rato de quietud o jacío, suelta inesperadamente un latigazo que lo deja temblando, o el escritor a sus lectores, con sus ficciones novelescas o poéticas. Y no mienten ni los unos ni las otras porque, a pesar de que el hombre puede sentirse engañado o sorprendido con su comportamiento, no hay voluntariedad en ello. Los sentidos y la lengua se limitan a hacer de forma natural lo que pueden hacer, que es dar una versión determinada de la realidad, en función de sus propias capacidades; la mar, a seguir los impulsos que le marcan la luna y los vientos; y los escritores, a presentar la realidad ya designada desde puntos de vista lingüísticos inéditos o con otras palabras, o a crear otra nueva con imágenes poéticas. Las faltas a la verdad no intencionadas no son mentiras. En el peor de los casos, son engaños. Por eso ha distinguido siempre la filosofía entre paralogismo, que es el razonamiento no válido que se hace sin intención de engañar, y sofisma, que es el que se hace con la intención de hacerlo. El límite entre el engaño fortuito o no voluntario y el engaño premeditado, voluntario o con alevosía o mentira es muy sutil, pero siempre existe.  

Verdad y mentira son, por tanto, posturas que se adoptan ante la realidad: la verdad implica respeto a los hechos, tal y como han sido entendidos tradicionalmente por la sociedad; y la mentira, falta u ocultamiento de la verdad, sea suplantando el nombre propio de la realidad que se designa por otro distinto, sea suplantándola a ella misma. En el primer caso, el hablante se atiene a lo que hay en la referencia. Por eso es considerado persona........

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