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‘Marica’: aspectos lingüísticos y éticos de un nombre problemático

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Por tratarse del nombre propio de la madre de Cristo, es María la denominación femenina por antonomasia de los pueblos de religión cristiana; el que mejor encarna los valores de la feminidad o mujeridad. De ahí que su derivado Marica (“Hermana Marica, / mañana que es fiesta, / no irás tú a la amiga / ni iré yo a la escuela”, escribe Góngora en una de sus letrillas más celebradas), atenuado en su significación mostrativa o identificadora por el valor de ‘disminución’ o, mejor, de ‘llegada puntual o perfecta al límite’ que implica el sufijo -ico que porta, haya terminado por entenderse en el sentido general de ‘hombre afeminado’, ‘hombre que no cumple con los estándares de virilidad que se les supone a los llamados hombres de verdad, machos, machotes, hombres hombre u hombres de pelo en pecho’, que, según la tradición, son los vigorosos, bien plantados y valientes (“groseros, brutos y egoístas”, en definición de Unamuno), con tres matices distintos. Con el matiz de ‘hombre que en su modo de hablar, acciones o adornos se parece a las mujeres“: v. gr., ”Con voz de tiple y modales de marica, me explicó que servía a las entretenidas de varios señorones“ (Torrente Ballester)”; con el matiz de “hombre apocado, falto de coraje, pusilánime o medroso”, atributos que, según los prejuicios tradicionales, son los que definirían a las mujeres: v. gr., “Y era tan marica eso de llorar por una hembra” (Enrique Amorim); y con el matiz de “hombre homosexual”, es decir, ‘hombre que en el sexo adopta el papel de una mujer’, en este caso en dos versiones genéricas distintas: en versión genérica femenina (“una marica”), impuesta por el género femenino de la base. “Soy una marica, no soy gay”, declaró sin pelos en la lengua no hace mucho tiempo el exministro de igualdad de Colombia Juan Carlos Florián Silva; y en versión genérica masculina (“un marica”), impuesta por el sexo biológico de la persona designada: v. gr., “No me asustas, marica, que eres un marica, todo el barrio lo sabe” (Juan Marsé). Precisamente para acomodar la concordancia del nombre a la concordancia del determinante un, el o cualquier otro que lo acompañe, o simplemente para hacer justicia a la condición sexual de la persona designada, surgió en Hispanoamérica la forma masculina marico (un (el, este…) marico), que los diccionarios de americanismos suelen definir como “marica”, sin más, y que presenta la sustancia de base orientada hacia dentro o de forma concentrada, frente a la forma femenina marica, que la presenta orientada hacia fuera o expandida. Por esto, no se pude decir que tengan ambas variantes genéricas de nuestra voz el mismo significado. En marica se pone el acento más en el componente femenino de la significación básica o nuclear que el término implica que en el masculino; en marico, al revés.

Obviamente, en estas nuevas funciones referenciales, pierde nuestra palabra su condición de nombre propio, de nombre identificador de una persona determinada, y se convierte en nombre común, en nombre de clase. De lexicalización habla la teoría del lenguaje en estos casos. Lo que significa marica (ahora con minúscula) es, repetimos, ‘hombre afeminado’, con, al menos, las tres acepciones que acabamos de definir, con mayor o menor carga despectiva. Que el hombre, considerado tradicionalmente sexo fuerte o dominante, sea designado mediante un nombre de mujer, tradicionalmente reputado como sexo débil o dominado, un nombre que, además, encarna los valores más esenciales de la feminidad o mujeridad, no puede dejar de interpretarse como una degradación o injuria de grueso calibre; sobre todo, para el macho hispánico.

Definida la hombría desde el punto de los atributos sexuales y la fuerza bruta exclusivamente, se daban todas las condiciones para que la patriarcal o machista sociedad tradicional excluyera al hombre homosexual del ámbito de lo masculino y lo encerrara en el ámbito de lo femenino, como si la homosexualidad fuera un hecho contra natura, una transgresión de la ley de Dios o una patología que hay que tratar clínicamente y la mujer un ser inferior. De ahí el carácter pecaminoso que les atribuía a estas prácticas sexuales, las penas de cárcel e incluso más severas con que se las condenaba antaño y se las sigue condenando en la actualidad en determinados países del mundo y las terapias que recomienda para su curación. Y decimos la “patriarcal o machista sociedad tradicional”, porque tal valoración de la homosexualidad no es ni mucho menos universal, sino propia fundamentalmente de la sociedad........

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