Xi, Trump, Putin, Bin Salman y Musk: Cinco protagonistas de un capitalismo que desecha el liberalismo
El liberalismo económico no ha sido derrotado por un modelo alternativo coherente, ni reemplazado por una nueva ideología dominante. Ha sido, más bien, deformado progresivamente por fuerzas que lo atraviesan, lo tensionan y lo reconfiguran desde dentro y desde arriba.
Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, el liberalismo económico logró generar una representación extremadamente influyente del funcionamiento del mundo. Según esta visión, el capitalismo había alcanzado una etapa de madurez en la que la economía podía operar, en lo esencial, de manera autónoma respecto de la política.
El mercado se concebía como un sistema altamente matematizado, parametrizado y geométricamente ordenado, donde las jerarquías se definían por tamaño, eficiencia, acceso al crédito, calificaciones de riesgo y desempeño financiero.
En ese universo ideal, la riqueza era mensurable, comparable y acumulativa; el poder económico aparecía como una consecuencia casi natural del éxito competitivo. Sumado a las reglas del liberalismo y de la democracia representativa, el mercado fue la promesa de un espacio social simétrico donde la desigualdad no implicaría la supremacía arbitraria del poder a la hora del reparto del dinero y los bienes materiales.
Este modelo no solo organizó políticas públicas y decisiones empresariales, sino que funcionó como un verdadero dispositivo epistemológico. Desde las políticas públicas hasta la noción de riqueza, todas esas formas formaron parte de una visión general del mundo. Rankings como Forbes no eran simples listados de fortunas: eran la expresión simbólica de una ontología económica. Decían qué era la riqueza, cómo se medía y por qué podía ordenarse jerárquicamente. El mundo parecía haberse vuelto legible en términos puramente cuantitativos.
Sin embargo, incluso en ese mercado ideal, aséptico y perfectamente parametrizado, el liberalismo económico aceptaba ciertas impurezas. No se trataba de fallas estructurales, sino de desviaciones tolerables que no alteraban el núcleo del sistema.
Una de ellas era la capacidad excepcional de ciertos actores para vender. El buen vendedor —el empresario carismático, el CEO capaz de seducir mercados, el gestor dotado de narrativa— introducía una subjetividad controlada en un sistema profundamente matemático.
Tal vez su producto no era exactamente perfecto, ni siquiera mejor que el resto, pero llenaba de sentido la experiencia en el mundo y se hacía indispensable o deseado. Esa impureza era aceptable porque operaba solo en el margen: no modificaba las reglas, no reordenaba las jerarquías estructurales, pero devolvía un mínimo de creatividad a un orden que, llevado a su pureza total, tendía a la esterilidad. Era un artista, ya no de la producción, sino del mercado. ¿Y quién se negaría ante el héroe del mercado en medio de una sociedad de mercado? Estaba bien.
Otra impureza tolerada era el lobby. A través de redes de influencia, favores recíprocos y mediaciones políticas, el lobby permitía construir confianza entre actores económicos y el sistema político.
Sí, es cierto, suele terminar en tráfico de influencias (y en tiempos de ilegitimidad pueden convidar a juicios y situaciones desagradables), pero al final era una forma de dotar de confianza a la frialdad del mercado. También aquí la desviación era aceptable porque no sustituía al mercado ni anulaba la competencia. Funcionaba como un complemento, una zona gris que humanizaba un sistema excesivamente higiénico sin poner en cuestión su hegemonía. Al final era quizás una confianza ritual, una necesidad de gestionar un aspecto angustioso.
Durante décadas, el capitalismo liberal tardío se sostuvo sobre ese delicado equilibrio entre un núcleo matemático y una periferia relacional controlada. Pero ese equilibrio ha colapsado. No por un simple exceso de lobby o por la hipertrofia del marketing (aunque hay algo de eso), sino porque las escalas de disputa económica cambiaron radicalmente.
La economía salió de su espacio autónomo y geometrizado (aunque de allí nunca se fue el petróleo y algunas bolsas de comercio). Lo cierto es que energía, soberanía, tecnologías críticas, seguridad, infraestructura y control de flujos globales desbordaron el marco del mercado parametrizado. Las impurezas dejaron de ser marginales y pasaron a ser constitutivas. El anticipo de ese mundo fueron los aviones atentando contra las Torres Gemelas: en sus oficinas, el mundo financiero, predecible, esperando la apertura de las bolsas; mientras fuera de los edificios la geopolítica llegaba a traumatizar el proceso. Esto era solo un símbolo, pero ganaría profundidad con el tiempo.
En el nuevo escenario del siglo XXI, la información puramente económica perdió capacidad explicativa. Comprender el funcionamiento real del sistema comenzó a exigir una lectura integrada de dimensiones políticas, tecnológicas, sociales, culturales y geopolíticas. La economía dejó de ser un subsistema autónomo y volvió a constituirse como un campo de poder total, algo que recuerda, aunque de manera profundamente distinta, a las lógicas de la época imperial.
En medio de Occidente, defensor de procesos estandarizados y estabilizados, surgió un líder disruptivo. Su reino no es de paz, tampoco de espada. Es un reino de caos administrado.
Donald Trump no llega para sustituir el orden liberal por otro, sino para volverlo inestable desde dentro, para demostrar que aquello que se presentaba como neutral, técnico y reglado dependía, en último término, de voluntades políticas que habían aprendido a ocultarse tras procedimientos.
Trump no gobierna negando el mercado, sino exhibiendo su fragilidad. No lo reemplaza por planificación central ni por control estatal directo, sino que lo somete a una lógica transaccional extrema. Todo es una negociación. Su poder no se ejerce como soberanía clásica ni como coerción dura, sino como vector de desinstitucionalización. Cada decisión no apunta a construir un nuevo sistema, sino a erosionar la autoridad del existente.
El resultado no es el colapso del mercado, sino su transformación en un espacio profundamente relacional, donde la cercanía al poder, la capacidad de presión y la visibilidad mediática pesan más que la eficiencia abstracta o el cumplimiento normativo.
Los ejemplos son numerosos.
La persecución penal a Jerome Powell es un buen ejemplo. Cuando el Departamento de Justicia inició una investigación criminal contra el presidente de la Fed por presuntos sobrecostes en la renovación de su sede, interpretada como una táctica para forzar su renuncia y bajar las tasas de interés.
También están los casos de aranceles “punitivos” a México y Canadá, Imponiendo un arancel del 25% condicionado al control del flujo de fentanilo y la migración irregular. Parecido a lo anterior es la guerra arancelaria contra China por fentanilo, establecimiento de un arancel adicional del 10% a productos chinos como represalia directa por la crisis de opioides en EE. UU..
Además desmanteló la oficina de protección a consumidores y las recientes amenazas a la OTAN por el caso Groenlandia. Son solo algunos casos donde la conducta replica las formas imperiales menos sofisticadas.
Pero solemos situar a Trump en el centro del escenario. Y no es correcto. Trump sintomatiza una época, no es un individuo, es solo uno de los actores de la obra siglo XXI. ¿Es un nuvo imperialismo? Con muchos resguardos, se puede aceptar esa hipótesis.
Lo que emerge es una homología estructural: como en los mundos imperiales, la riqueza ya no reside en individuos aislados ni en stocks acumulados, sino en la posición dentro de una red de poder. La diferencia decisiva es que hoy esa red no se organiza solo por territorio y coerción, sino por una multiplicidad de vectores superpuestos: energéticos, financieros, tecnológicos, simbólicos e informacionales.
En este contexto, analizar el poder económico a partir de patrimonios individuales se vuelve profundamente insuficiente. La pregunta relevante deja de ser quién posee más y pasa a ser quién decide, quién habilita flujos y quién puede bloquear opciones. La riqueza se transforma en capacidad decisional. El ranking Forbes, aun cuando sea correcto en sus propios términos, se vuelve epistemológicamente irrelevante: mide stocks privados en un mundo gobernado por flujos, dependencias y relaciones asimétricas.
Como señaló Thomas Friedman, si era cierta la globalización financiera, el mundo perdería geopolítica. Sería un mundo ubicuo, fluido, donde el espacio es irrelevante. Los bancos del mundo no necesitan mover dinero u oro para una transacción. De ideas como estas surgieron teorías como las que asumían que ningún país lograría defenderse de sanciones económicas. Pero no fue así. Kissinger seguía vigente. Y Rusia tuvo a Dugin.
La mutación del sistema se vuelve especialmente nítida cuando se observa el comportamiento de los tres principales actores políticos contemporáneos, no como ideólogos ni como líderes nacionales aislados, sino como formas encarnadas del poder económico contemporáneo.
Figuras como Xi Jinping, Vladimir Putin y Donald Trump representan trayectorias distintas, incluso antagónicas en ciertos aspectos, pero profundamente convergentes en un punto decisivo: los tres rompen, en la práctica, con el supuesto central del liberalismo económico puro, según el cual el mercado puede y debe gobernarse por reglas impersonales, neutrales y universalizables.
Esta convergencia no es ideológica. No responde a una doctrina compartida ni a una coordinación explícita. Es estructural. Los tres actúan como si el mundo liberal de reglas abstractas ya no fuera operativo, y sus decisiones revelan una misma visión de fondo: la economía vuelve a ser un problema de poder, no de........
