Las derechas de Kast: el desafío de ordenar una derecha sin liberalismo
En un escenario donde el liberalismo ya no cumple la función de centro organizador, la ausencia de un principio ordenador hace que esa oscilación entre pragmatismo e ideología no aparezca como flexibilidad estratégica, sino como incertidumbre estructural sobre el rumbo del proyecto político.
Durante más de un siglo, el liberalismo funcionó como el eje estructurador de la derecha occidental. No era simplemente una doctrina entre otras, sino el principio de equilibrio que permitía convivir a tradiciones distintas: conservadores preocupados por el orden, liberales económicos centrados en el mercado, tecnócratas orientados a la gestión y corrientes moderadas que aceptaban la democracia representativa.
Ese marco común actuaba como punto de apoyo del sistema político, fijando los límites del conflicto y proporcionando un lenguaje compartido. Pero en las últimas décadas ese mismo liberalismo ha pasado de ser el fundamento que estabilizaba el orden a convertirse en el epicentro de la ruptura. Las crisis económicas, la erosión de la promesa meritocrática y la fractura cultural de las sociedades occidentales han debilitado su capacidad de organizar el campo político.
El resultado de esa transformación no ha sido únicamente una reinvención de la izquierda, que buscó nuevas formas de crítica social tras el agotamiento del ciclo neoliberal. También ha dejado a la derecha sin su centro histórico. Lo que antes aparecía como un bloque relativamente coherente se ha convertido en una constelación de tradiciones que ya no encuentran un principio doctrinario común: libertarianismo económico, conservadurismo moral, nacionalismo identitario o tecnocracia pragmática conviven sin una síntesis clara.
En ese contexto, la política deja de estructurarse en torno a grandes doctrinas y pasa a organizarse alrededor de narrativas de emergencia: seguridad, crisis, restauración, reconstrucción. La dispersión doctrinaria de la derecha contemporánea no es, por tanto, el resultado de una radicalización ideológica, sino el síntoma de algo más profundo: la desaparición del liberalismo como centro ordenador del sistema político.
A comienzos de la década de 1990, tras la caída de la Unión Soviética, en Occidente se instaló la convicción de que el liberalismo había triunfado de manera definitiva sobre todas las demás rutas ideológicas. Parecía abrirse una era en que la democracia liberal, el libre comercio y la globalización constituirían el horizonte inevitable del orden mundial.
Sin embargo, poco más de treinta años después, ese panorama se ha invertido de manera sorprendente: las propias potencias occidentales comienzan a cuestionar el libre comercio en nombre de la competencia estratégica, precisamente porque en ese terreno uno de los grandes vencedores ha sido el Partido Comunista Chino. Al mismo tiempo, dentro de las propias derechas el liberalismo entra en crisis y emergen con fuerza corrientes iliberales que disputan su primacía doctrinaria.
De este modo, el liberalismo se ve empujado hacia territorios que antes le eran ajenos —tensiones proteccionistas, nacionalismos económicos, repliegues soberanistas— reproduciendo una deriva que ya había aparecido a mediados del siglo XX. El resultado es un giro histórico: el liberalismo, que durante décadas funcionó como pilar del orden político occidental, comienza a convertirse en uno de........
