La pelota que cura un pueblo
Venezuela no es solo un país. Es una herida abierta que late, que respira, que llora y que canta al mismo tiempo. Es millones de historias de maletas hechas con el corazón roto, de despedidas en aeropuertos que no deberían haber existido, de manos que se sueltan sin querer soltarse. Venezuela es el nombre que uno pronuncia en voz baja cuando está lejos, como si nombrarlo muy fuerte pudiera doler más. Un sentimiento que conozco en demasía.
Y en medio de todo ese dolor, llegó una pelota.
Una pelota blanca, de costuras rojas, lanzada con fe, golpeada con hambre, atrapada con orgullo. Llegó el Clásico Mundial de Béisbol y con él, algo que este pueblo no esperaba tan urgente: una razón para pararse de nuevo. Una razón para gritar. Una razón para llorar, pero esta vez de alegría.
Porque hay algo que ningún decreto puede quitarle a Venezuela, y es el alma. Esa alma indestructible que vive en cada venezolano que madruga en tierra extraña soñando con el olor del café de su mamá. Esa alma que sobrevive en los que se quedaron adentro, sosteniéndose con dignidad cuando la dignidad cuesta sangre. Ese fuego que no se apaga, que no se rinde, que no conoce la derrota definitiva porque el venezolano ,cuando ama, ama de verdad.
Y estos jugadores lo saben. Lo llevan tatuado en el pecho aunque no se........
