El golpe que nadie quiere nombrar (3 de enero)
Hay eventos que ocurren a plena luz del día y aun así permanecen envueltos en una niebla conveniente. No porque sean incomprensibles, sino porque comprenderlos obliga a incomodar demasiados intereses, a romper demasiados silencios cómodos. Lo que sucedió el 3 de enero en Venezuela es uno de esos eventos.
Llamarlo golpe de Estado resulta, para muchos, excesivo o apresurado. Pero si se observan los hechos con frialdad, apartando las simpatías ideológicas y los relatos oficiales, la conclusión es difícil de esquivar: Venezuela vivió un cambio de poder forzado. Y lo verdaderamente perturbador no es que haya ocurrido, sino cómo ocurrió, quién lo ejecutó y, sobre todo, quiénes terminan beneficiándose de él.
El imaginario popular asocia los golpes de Estado con imágenes muy precisas: tanques frente a edificios gubernamentales, cadenas de radio interrumpidas por uniformados, el ruido metálico del poder cambiando de manos. Pero el siglo XXI ha refinado el arte del derrocamiento. Los golpes contemporáneos no siempre necesitan de esa teatralidad. A veces son quirúrgicos, planificados con inteligencia militar de primer nivel, ejecutados con una precisión que deja pocas huellas visibles y muchas preguntas sin respuesta oficial.
Lo que ocurrió en Caracas encaja en ese molde. El operativo fue rápido. La resistencia fue mínima. Y esa mínima resistencia no provino de quienes, en teoría, tenían la obligación institucional de defender el orden constitucional venezolano. Provino, según testimonios que han ido circulando, de un grupo reducido de hombres que ni siquiera eran venezolanos. Hombres que habían cruzado el mar para cumplir una misión de la que, al parecer, no regresaría.
Que una potencia extranjera tenga información precisa sobre los movimientos de un jefe de Estado no es, en sí mismo, algo extraordinario. Los servicios de inteligencia modernos son capaces de proezas notables. Lo que sí resulta extraordinario es la calidad de esa información, su nivel de detalle, su oportunidad. Ese tipo de precisión no se obtiene desde satélites ni desde micrófonos instalados en embajadas. Se obtiene desde adentro. Desde alguien que come en la misma mesa, que conoce las rutinas, que........
