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¿Nuestros recursos energéticos o elecciones anticipadas?

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11.03.2026

En el complejo tablero de la geopolítica contemporánea, la relación entre los centros de poder imperial y las naciones del Sur Global nunca ha sido lineal. Se mueve, más bien, en una ambivalencia calculada: una danza dialéctica donde el pragmatismo económico del capital transnacional se disfraza de preocupación humanista. Las recientes declaraciones de Markwayne Mullin, próximo a encabezar el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), no son un error de comunicación, sino la manifestación pura del lenguaje imperial.

Debemos decodificar el currículo oculto de la diplomacia estadounidense. Por un lado, observamos un "espíritu constructivo" cuando se trata de asegurar el flujo de hidrocarburos y minerales estratégicos. En este escenario, el lenguaje es técnico, de negocios y de "estabilidad de mercado". El oro y el petróleo venezolano no tienen ideología para Wall Street; son valores de uso necesarios para sostener la hegemonía energética del Norte.

Sin embargo, el guion cambia abruptamente cuando el sensor imperial detecta una consolidación de la soberanía. Es allí donde aparece la exigencia de "elecciones libres" como un fetiche democrático. No se trata de una preocupación genuina por el ejercicio del voto, sino del uso de la democracia como una herramienta de disciplina geopolítica.

El imperialismo opera bajo lo que podríamos llamar una "pedagogía de la condicionalidad". Como bien señala la respuesta del canciller Gil, la "diplomacia de micrófonos" busca imponer una narrativa donde la legitimidad de un Estado soberano depende exclusivamente del visto bueno de Washington.

Esta ambivalencia se resume en dos pilares:

La Dimensión Extractiva: El reconocimiento de facto a través de licencias petroleras y acuerdos comerciales. Aquí, el imperialismo es silencioso y colaborador.

La Dimensión Injerencista: La retórica de la "restauración democrática". Aquí, el imperialismo es ruidoso, sancionador y moralista.

La pregunta que nos convoca ¿recursos o elecciones? es, en realidad, una falsa dicotomía. El imperio quiere ambos. Quiere los recursos para su subsistencia material y quiere controlar los procesos electorales para garantizar que quienes administren esos recursos sean figuras dóciles a su esquema de acumulación global.

La decisión de restablecer relaciones diplomáticas y consulares es un acto de resistencia frente a la hegemonía. Al priorizar los canales oficiales sobre la retórica de redes sociales y medios corporativos, se rompe el ciclo de la posverdad imperial.

Se entiende que la "normalización" que menciona Mullin es, en realidad, un intento de re-colonización bajo nuevos términos. 

Para la administración estadounidense, la "prioridad" de las elecciones libres es el eufemismo estándar para el cambio de régimen. Sin embargo, el camino construido entre Venezuela y EE. UU. debe basarse en el respeto a la autodeterminación, un concepto que el lenguaje imperial omite sistemáticamente.

EE. UU. no busca democracia; busca previsibilidad para sus intereses. La ambivalencia de estar "felices con el petróleo" mientras se exige "restauración democrática" es la táctica de quien intenta comprar la mercancía mientras deslegitima al vendedor para bajar su precio político.

La respuesta de los pueblos del Sur debe ser la unidad y la firmeza en la diplomacia directa. 


© Aporrea