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Petróleo, Capital y Dependencia: Venezuela ante el Espejo de Marx

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I. Introducción: Marx en los campos petroleros de Venezuela

Venezuela es un caso singular en la historia del capitalismo periférico. Un país que, durante más de un siglo, ha extraído del subsuelo la riqueza más cotizada del mundo moderno —el petróleo— y que, paradójicamente, exhibe uno de los índices más dramáticos de deterioro humano, económico y científico de América Latina. Esta contradicción no es un accidente histórico ni una fatalidad geográfica: es el resultado de un conjunto de distorsiones estructurales que pueden leerse, con notable precisión, a través de las categorías analíticas que Karl Marx desplegó en El Capital.

El presente ensayo se propone articular tres planos de análisis. El primero es teórico-conceptual: identificar los postulados centrales de El Capital que explican la lógica de la acumulación, la renta, la dependencia y la alienación, y proyectarlos sobre la realidad venezolana. El segundo es histórico-estructural: rastrear cómo el paternalismo estatal sobre la industria petrolera y minera configuró una economía de enclave que nunca se transformó en motor de desarrollo endógeno. El tercero es proyectivo: delinear estrategias, modelos y salidas posibles para que Venezuela transite hacia un desarrollo humano, económico y científico genuino, soberano y sostenible.

El ensayo sostiene la siguiente tesis central: Venezuela no fracasó a pesar del petróleo, sino en buena medida a causa de la forma particular en que el Estado venezolano —capturado sucesivamente por élites rentistas, militares y revolucionarias— administró esa riqueza. Al no generar las condiciones para la acumulación productiva, la formación de capital humano y la diversificación económica, el Estado venezolano reprodujo, en escala ampliada, exactamente la lógica que Marx describió como la fetichización de la mercancía y la captura de la plusvalía por clases improductivas. La renta petrolera cumplió el papel del plusvalor apropiado: enriqueció a una minoría conectada al poder, financió subsidios que crearon dependencia sin crear capacidades, y finalmente ató el país de manera estructural a la hegemonía del dólar y del mercado estadounidense.

II. Los postulados del Capital y su vigencia analítica

2.1 El valor, la plusvalía y la renta: triángulo conceptual

El Capital de Marx (1867) no es únicamente una crítica a la economía política del siglo XIX; es una morfología del capitalismo como sistema. Sus categorías fundamentales —valor de uso, valor de cambio, mercancía, dinero, capital, plusvalía, tasa de ganancia, fetichismo— constituyen herramientas analíticas de primera magnitud para entender economías extractivistas como la venezolana.

El concepto de plusvalía es axial. Marx distingue entre la fuerza de trabajo que el obrero vende como mercancía y el trabajo efectivo que realiza durante la jornada. La diferencia entre el valor que el obrero produce y el salario que recibe es la plusvalía: la fuente de la ganancia capitalista. En una economía industrial clásica, esta plusvalía surge del proceso productivo. Sin embargo, Marx también desarrolla la categoría de renta absoluta y renta diferencial, vinculada a la propiedad de recursos naturales. Esta distinción es fundamental para Venezuela: el petróleo genera renta, no plusvalía industrial en sentido estricto.

La renta petrolera es una transferencia de valor del sistema económico mundial hacia el propietario del recurso natural —en Venezuela, el Estado— sin que medie necesariamente un proceso de producción local de valor añadido. Esto tiene consecuencias profundas. La clase dominante venezolana nunca necesitó explotar intensamente a la clase trabajadora local para enriquecerse: le bastaba con controlar el acceso a la renta. Se produjo así lo que los economistas del desarrollo denominan 'enfermedad holandesa' y lo que desde el marxismo puede interpretarse como una forma particular de parasitismo rentístico: una clase que se apropia de valor sin producirlo.

2.2 El fetichismo de la mercancía aplicado al rentismo

Marx describió el fetichismo de la mercancía como el proceso por el cual las relaciones sociales entre personas adoptan la forma de relaciones entre cosas. En Venezuela, este fetichismo adquirió una forma peculiar: el petróleo —el barril— se convirtió en el fetiche supremo de la vida pública. Las políticas sociales, los presupuestos nacionales, las expectativas colectivas y hasta la legitimidad de los gobiernos se midieron en función del precio internacional del crudo.

Esta mercantilización del ser nacional tuvo efectos devastadores sobre la conciencia social y política. Cuando el precio del petróleo subía, el gobierno podía distribuir recursos y ganarse la adhesión popular sin necesidad de construir instituciones eficientes, sin estimular la productividad, sin generar innovación tecnológica. Cuando el precio caía, la crisis se presentaba como una catástrofe externa —obra del imperialismo, de la conspiración, del mercado— nunca como el resultado de una estructura interna disfuncional. El fetiche del barril ocultaba las verdaderas relaciones de producción y dominación.

2.3 Acumulación originaria, capital constante y la ausencia de industrialización

Otro postulado central del Capital es la teoría de la acumulación originaria: el proceso histórico violento mediante el cual se crean las condiciones para que el capitalismo funcione. En los países centrales, esta acumulación supuso la expropiación de los campesinos, la creación de un proletariado urbano y la formación de capital fijo (fábricas, infraestructura, conocimiento técnico). En Venezuela, la renta petrolera atrofió este proceso.

En términos marxistas, Venezuela acumuló capital constante importado (maquinaria, tecnología) pero no desarrolló las fuerzas productivas internas. Las refinerías, las plataformas, las tuberías: todo fue construido con tecnología extranjera, operado con contratos con transnacionales, y el conocimiento técnico nunca se internalizó de forma sistemática. El capital variable —la fuerza de trabajo calificada— tampoco se desarrolló en correspondencia: la ingeniería petrolera venezolana dependió históricamente de expertos foráneo. Esta combinación creó una estructura económica hipertrofiada en un sector y completamente subdesarrollada en todos los demás.

III. La trampa paternalista: el Estado venezolano y la industria petrolera

3.1 De la concesión al Estado: la ilusión de la soberanía petrolera

La historia del petróleo venezolano puede periodizarse en tres grandes etapas: la era concesionaria (1914-1976), la nacionalización y consolidación de PDVSA (1976-1998), y el período bolivariano-rentista (1999-presente). En cada etapa, la relación entre el Estado y el recurso natural reprodujo, con variaciones, la misma lógica de dependencia que Marx identificaría como inherente al capitalismo periférico.

Durante la era concesionaria, compañías como Standard Oil, Shell y Gulf Oil extrajeron cuantiosas riquezas del subsuelo venezolano bajo condiciones que favorecían masivamente al capital extranjero. La Venezuela de Juan Vicente Gómez era el paradigma de lo que Lenin llamaría fase imperialista del capitalismo: la exportación de capital hacia las periferias para explotar recursos que el capitalismo central no poseía. Venezuela recibía regalías mínimas y a cambio entregaba no solo el recurso, sino la soberanía sobre su gestión.

La reforma petrolera de 1943, bajo Medina Angarita, y la instauración del principio 50-50 (fifty-fifty) que tanto en el gobierno de Pérez Jiménez y el posterior de Rómulo Betancourt influyó en un marcado avance significativo. Pero el punto de inflexión fue la nacionalización de 1976, cuando el gobierno (I) de Carlos Andrés Pérez creó Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA). En ese momento, Venezuela parecía haber roto con la lógica concesionaria para asumir el control directo de su principal recurso. Sin embargo, desde la perspectiva marxista, lo que ocurrió no fue una superación de la lógica del capital sino su internalización por parte del Estado.

3.2 PDVSA: empresa de Estado o Estado dentro del Estado

PDVSA se convirtió en una entidad formidable. En los años ochenta y noventa, era considerada una de las empresas petroleras más eficientes del mundo, con niveles de gestión técnica y profesional comparables a los de las grandes corporaciones transnacionales. Sus ingresos representaban más del 90% de los ingresos de divisas del país y cerca del 50% de los ingresos fiscales. Esta concentración de riqueza en una sola entidad estatal creó condiciones estructurales para el rentismo más profundo.

El problema no era solo económico sino político-institucional. Al controlar la empresa más importante del país, el Estado venezolano tenía incentivos poderosos para mantenerla como fuente de patronazgo político. Los contratos de PDVSA, los empleos en el sector, las regalías distribuidas a los estados: todo el sistema político venezolano gravitaba alrededor de la renta petrolera. Marx observó que el capital tiende a capturar al Estado para sus propios fines; en Venezuela ocurrió lo inverso y quizás más pernicioso: el Estado capturó la empresa para reproducir sus propias lógicas de dominación política.

Esta captura generó lo que podemos llamar la trampa paternalista: el Estado venezolano, al controlar la renta petrolera, se constituyó en el gran distribuidor de bienestar, pero a cambio de lealtad política, no de productividad. La ciudadanía no era estimulada a producir riqueza sino a demandar su distribución. Las empresas privadas no competían por eficiencia sino por acceso al Estado. Las universidades no producían conocimiento útil para la industrialización sino cuadros........

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