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La república del paraguas

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25.08.2026

Cuando el cielo pasa lista

La lluvia tiene una extraña vocación republicana: cae sin preguntar militancia, pero el daño que produce conoce muy bien la clase social, el barrio, la pendiente y la calidad del drenaje. Durante la noche del 22 de agosto, Caracas, Miranda y Aragua recibieron un examen que nadie había convocado. Al menos seis personas fueron reportadas desaparecidas; viviendas, calles y vehículos resultaron afectados. El agua pasó lista y encontró una geografía desigual.

Las primeras cifras llegaron con botas embarradas y metodologías diferentes. Guaicaipuro informó 36 viviendas afectadas; otros despachos hablaron de más de 150 en el conjunto nacional. La prudencia intelectual obliga a resistir la tentación del número redondo. Una cifra temprana sirve para orientar rescates, no para cerrar responsabilidades. Sin identidad, definición, municipio y hora de corte, el dato corre el riesgo de convertirse en propaganda o alarma.

Mi tesis parte de una distinción sencilla. Una emergencia puede ser extraordinaria en intensidad y, al mismo tiempo, revelar vulnerabilidades ordinarias. Llover mucho no absuelve automáticamente al Estado; tampoco prueba por sí solo negligencia. La pregunta responsable es contrafactual: ¿qué daños habrían ocurrido con drenajes mantenidos, ocupación regulada, alertas oportunas, vivienda segura y rutas conocidas? El clima aporta amenaza; la sociedad construye buena parte del desastre.

Por eso hablo de una auditoría involuntaria. Ningún contralor diseñó el examen, pero sus preguntas son precisas: ¿dónde estaban los mapas?, ¿quién limpió las quebradas?, ¿qué familia podía evacuar?, ¿qué autoridad publicó el parte?, ¿qué obra resistió? El PSUV puede responder con su red territorial. No le bastará mostrar chalecos, camiones y discursos. La República del paraguas se juzga cuando deja de llover.

La ontología del agua y el Estado

Tales de Mileto dijo que el agua era principio de todas las cosas. En la ciudad contemporánea también es principio de muchas verdades políticas. Fluye por donde la ingeniería le permite y por donde la desigualdad la obliga. Un cauce obstruido es materia, pero también archivo: guarda años de basura no recogida, mantenimiento diferido, construcción informal, permisos ambiguos y presupuestos difíciles de rastrear.

El Estado suele imaginarse como palacio, gaceta y uniforme. Durante una tormenta aparece su ontología menos solemne: una alcantarilla que traga, una sirena que avisa, un puente que soporta, una ambulancia que llega. El poder se vuelve tubería. La soberanía abandona el podio y entra al drenaje. Si el sistema funciona, nadie pronuncia su nombre; si colapsa, cada centímetro de agua se transforma en teoría política doméstica.

Heidegger preguntaba por el ser de las cosas; la ciudadanía pregunta por el estar de los servicios. ¿Está la cuadrilla? ¿Está abierto el refugio? ¿Está actualizado el teléfono? La diferencia parece lúdica, pero es seria. La legitimidad no vive únicamente en normas y elecciones: habita expectativas prácticas. Un gobierno existe plenamente para el ciudadano cuando puede anticipar, cuidar y reparar sin convertir la asistencia en favor.

Esta visión evita dos simplificaciones. La primera culpa al cielo de todo y declara inocentes a las instituciones. La segunda convierte cada nube en prueba de tiranía. Entre ambas está la política pública: medir amenaza, reducir exposición, fortalecer capacidades y aprender después del evento. La lluvia no vota, pero revela quién pudo elegir una vivienda segura y quién recibió como única opción la ladera o la quebrada.

De la sociedad del riesgo al derecho a la ciudad

Ulrich Beck llamó sociedad del riesgo al orden que produce peligros junto con riqueza. La modernización fabrica automóviles, urbanización y energía, pero también congestión, emisiones y exposición. Venezuela agrega un rasgo rentista: décadas de ingreso petrolero convivieron con ciudades cuya expansión superó planificación, catastros y servicios. La vulnerabilidad no nació ayer; se acumuló como sedimento institucional.

Henri Lefebvre entendió el derecho a la ciudad como participación en la producción del espacio urbano, no solo acceso físico. Ese derecho incluye decidir dónde se construye, qué quebrada se protege, qué obra recibe presupuesto y quién fiscaliza. Reubicar a una familia sin transporte, empleo o escuela puede mover el riesgo y destruir capacidades. Urbanismo democrático significa seguridad con pertenencia, no expulsión higiénica de los pobres.

La emergencia muestra que el espacio es político. Una autopista anegada interrumpe al trabajador; una casa colapsada destruye memoria; una escuela usada como refugio detiene educación. El costo no cabe en la contabilidad de paredes. Amartya Sen propone medir desarrollo como capacidades reales: poder desplazarse, cuidar, estudiar, trabajar y vivir sin miedo evitable. Cada inundación reduce ese conjunto y lo hace de manera desigual.

Por ello, la reparación debe combinar obra y ciudadanía. Hace falta cartografía pública, inspección comunitaria, seguros accesibles, crédito, reglas de suelo, drenaje, recolección y sistemas de alerta. Pero también voz para quienes habitan el riesgo. El experto conoce caudales; la vecina sabe dónde rebosa primero. La República madura cuando junta ambos saberes y deja registro verificable de por qué eligió una obra sobre otra.

El PSUV como red capilar

El PSUV posee una ventaja que sus adversarios suelen subestimar: capilaridad. UBCh, consejos comunales, comunas, alcaldías, ministerios, movimientos sociales y enlaces militares forman una red capaz de transmitir información, convocar voluntarios y distribuir bienes. En una emergencia, esa densidad importa. El teléfono del dirigente local puede ser más rápido que un organigrama perfecto y más cercano que una oficina central.

Esa fortaleza tiene raíces históricas. El chavismo construyó identidad alrededor de la presencia estatal en territorios antes tratados como periferia. Misiones, vivienda, alimentación y organización popular ofrecieron recursos y reconocimiento. La base no apoya solamente por cálculo material; también por memoria de inclusión, lenguaje compartido, orgullo nacional y oposición a élites que percibe distantes. Una bolsa de comida no explica por sí sola una lealtad de décadas.

Pero la capilaridad puede enfermar. Si el canal partidista sustituye al derecho, la ayuda depende de intermediarios; si la información sube maquillada, el centro decide sobre ficción; si toda crítica se interpreta como ataque, la red pierde sensibilidad. Un sistema nervioso que solo transmite aplausos no siente la quemadura. El mismo aparato que moviliza con eficacia puede ocultar fallas de mantenimiento y desalentar denuncias tempranas.

La consolidación del PSUV exige despartidizar la emergencia sin renunciar a la movilización social. Toda familia debe recibir auxilio por necesidad, no por carnet. Toda organización comunitaria debe poder observar inventarios y contratos. El partido ganaría legitimidad si usa su fuerza para crear instituciones que atiendan incluso a quien lo adversa. La generosidad selectiva produce dependencia; la universalidad produce ciudadanía y, paradójicamente, una adhesión más........

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