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El arte de la Rabia

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07.09.2026

Hay una tristeza profunda, casi desoladora, en observar la política venezolana después de más de veintisiete años de Revolución Bolivariana. No porque el chavismo haya sido inocente de la tragedia venezolana —no lo ha sido—, sino porque una parte considerable de quienes se opusieron a Chávez y luego a Maduro terminaron convirtiendo la rabia en estrategia, el sabotaje en política y la esperanza de una intervención extranjera en sustituto de un proyecto nacional.

Y ahora, cuando la realidad comienza a mostrar que Washington no tiene amigos sino intereses, algunos parecen descubrir, con una mezcla de sorpresa y escándalo, aquello que la historia latinoamericana había advertido innumerables veces: el imperio no llega para cumplir los sueños de nadie; llega para cumplir los suyos.

Aquí aparece una palabra incómoda: hipocresía. Porque resulta difícil entender cómo quienes durante años pidieron sanciones económicas, presionaron por el aislamiento internacional de Venezuela, alentaron la posibilidad de una intervención extranjera, respaldaron salidas insurreccionales y justificaron paros, huelgas, guarimbas y diversas formas de confrontación contra el gobierno, puedan ahora rasgarse las vestiduras porque Estados Unidos negocia directamente sus intereses petroleros con quienes detentan el poder.

No se trata de defender a Maduro. Se trata de preguntar: ¿qué creían que iba a ocurrir? La política internacional no funciona como una novela de buenos y malos. Funciona mediante intereses. Y el interés estadounidense en Venezuela nunca ha sido exclusivamente democrático. Es puro petróleo, es su seguridad energética, es la influencia geopolítica, detener a China, a Rusia y el control estratégico del Caribe, recuerden una y mil veces mas, forman parte de una ecuación mucho más grande.

Moisés Naím, precisamente, había advertido algo que algunos sectores opositores parecieron olvidar. En su análisis sobre Venezuela sostuvo que una sanción petrolera general podía perjudicar a los venezolanos porque el petróleo constituía la principal fuente de ingresos del país. Es decir, incluso desde una perspectiva abiertamente crítica del chavismo, existía conciencia de que castigar económicamente al Estado podía terminar castigando a la sociedad y más aún al país completo.

Pero la rabia suele tener mala memoria. Durante años, buena parte de la oposición pareció entender que cualquier cosa capaz de debilitar a Chávez o Maduro era automáticamente buena para Venezuela. Allí comenzó una confusión fatal: se confundió la destrucción del adversario con la reconstrucción de la nación. El paro petrolero de 2002-2003 es uno de los ejemplos más dramáticos. La confrontación política terminó convirtiendo a PDVSA en campo de batalla. Después llegaron nuevas huelgas, protestas, más guarimbas, más llamados a la presión internacional y, posteriormente, sanciones cada vez más amplias, severas e irracionales.

¿Dónde estaba entonces el gran proyecto económico alternativo de la misma oposición? ¿Dónde estaba el plan para estabilizar la moneda? ¿Dónde estaba la propuesta para recuperar la producción petrolera? ¿Dónde estaba el programa para reconstruir la industria nacional, recuperar los salarios, atraer inversión y reducir la dependencia absoluta del petróleo? Demasiadas veces la respuesta pareció ser la misma: primero sacar........

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