¿Espontaneidad de los movimientos populares, o vanguardia organizada?
El presente texto es parte de un libro de pronta aparición: "Los caminos de la revolución: ¿clausurados o abiertos?"
El mundo capitalista actual, aunque el aluvión mediático lo muestre como triunfador, no tiene futuro. Para que una pequeña porción de la humanidad viva decorosamente (15%, ubicada en el Norte y en algunos bolsones del Sur), las grandes mayorías pasan enormes penas (85% restante, básicamente en el Sur Global). Estamos ante un sistema que produce 40% más de los alimentos necesarios para nutrir bien a toda la población global, pero el hambre sigue siendo principal causa de muerte (más de 20,000 personas diarias). Mundo que gasta más en armamentos (75,000 dólares por segundo) que en inversiones realmente útiles para la gente. Sin dudas, este modelo económico social no resuelve los grandes problemas mundiales; y además de ello, con su consumismo desaforado, está calentando el planeta a niveles demenciales que, de seguir así, harán imposible la vida. Por todo ello, hay que cambiarlo. Pero ¿cómo? El socialismo -que no está derrotado, sino golpeado- quedó entre paréntesis de momento. ¿Cómo puede volver? Para cambiar este invivible estado de cosas ¿alcanzan los alzamientos populares espontáneos, o se necesita una vanguardia muy bien organizada que marque el camino?
A partir de las últimas décadas del siglo pasado asistimos a una gradual pero permanente decadencia de los partidos políticos tradicionales. Esto se da tanto en la derecha como en la izquierda. Las poblaciones van evidenciando un creciente hastío en relación a las formas tradicionales de la "política profesional", dada por tecnócratas, burócratas siempre alejados de la gente, "mentirosos de profesión". La política hecha a través de los partidos (farsante, embustera, manipuladora) sigue siendo la forma en que se maneja la institucionalidad de los Estados nacionales, pero cada vez más es la mercadotecnia, el manejo "de mentes y corazones" -como pedía Joseph Goebbels en su momento en la Alemania nazi, o más recientemente el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky, maestro en estas artes-, la tecnología publicitaria, la que "hace" la política. O, al menos, la que se encarga de manejar a las grandes masas. La gente no vota por propuestas sino por imágenes publicitarias bien presentadas. Las decisiones fundamentales, por supuesto, se siguen haciendo en las sombras, y no las toman ni las poblaciones con su voto ni los burócratas que dirigen el aparato estatal. No están en manos de los "políticos de profesión" precisamente, sino de quienes les financian las campañas y para quienes, en definitiva, trabajan. "Ciertos temas son demasiado importantes para dejarlos a los votantes", afirmó el Premio Nobel de la Paz -sic- Henry Kissinger-.
De ningún modo esos partidos están agotados, pues continúan siendo correas de transmisión entre el poder económico -los verdaderos amos- y las grandes masas, ofreciendo las capas de tecnócratas que manejan los aparatos estatales. Pero la credibilidad de esos partidos, así como la de los políticos de profesión que de allí surgen, está en este momento por los suelos, en todos los países capitalistas del mundo.
"El político tradicional en África [o en cualquier parte el mundo capitalista] es una figura que encarna todos los vicios: mentiroso, sicofante y embaucador", lo describía el líder revolucionario de Burkina Faso, Ibrahim Traoré. Ese perfil se repite en cualquier latitud. En otros términos: para dedicarse a lo que hoy conocemos como el oficio de la política profesional, si así puede llamársele, hay que tener dotes bastante singulares.
Quienes ejercen el poder en el ámbito de las relaciones sociales, en la arena política, en la toma de grandes decisiones (políticas o empresariales) deben tener algo de un talante "psicopático" que les permita, por ejemplo, declarar una guerra, o bombardear un hospital. Gautam Mukunda, investigador sobre el tema de liderazgo de la Universidad de Harvard, publicó en la revista Forbes que:
"Las personas con niveles elevados de rasgos psicopáticos no necesitan ser asesinos en serie para ser peligrosas. Un director ejecutivo que miente sin escrúpulos, está puramente motivado por sí mismo y no tiene restricciones éticas. (…). Desafortunadamente, esta peligrosa combinación de rasgos no es poco común en los escalones superiores del mundo corporativo [y de la esfera política]. De hecho, Babiak y Hare estiman que entre los ejecutivos corporativos, la tasa general de psicópatas es del 3,9%. En general, cuanto más alto se llega en una organización, más frecuentes son los psicópatas. La tasa es mucho más alta entre los directores ejecutivos: de hecho, el consenso entre los investigadores es que los directores ejecutivos tienen casi la misma probabilidad que los presos de ser psicópatas. (Entre los presos, los liberados condicionalmente y los que están en libertad condicional, la tasa es mucho más alta, y un estudio estima que el 25% son psicópatas). Una estimación encontró que el 21% [de los directores ejecutivos estadounidenses] tienen niveles clínicamente elevados de psicopatía." (Mukunda: 2023)
Ese nivel de psicopatía puede encontrarse entre muchos de quienes ejercen altos cargos políticos, donde su toma de decisiones puede impactar muy negativamente en la vida de miles o millones de otros congéneres, sin que les importe en lo más mínimo la vida del otro: "Puedo hacer lo que quiera con Cuba, ya sea que la libere o la tome" (Donald Trump), "Los árabes solo entienden la fuerza, y ahora que tenemos poder, los trataremos como se merecen" (Ariel Sharon), "Que no salga ni uno vivo", Romeo Lucas durante la quema de la Embajada de España en Guatemala con 37 campesinos dentro, "Le damos gracias a Dios porque esto [la bomba atómica] haya llegado a nosotros antes que a nuestros enemigos, y rezamos para que Él nos pueda guiar para usarlo según Su forma y Sus propósitos" (Harry Truman), "Controla el petróleo y controlarás las naciones; controla los alimentos y controlarás a los pueblos", Henri Kissinger, solo por dar algunos ejemplos.
Aunque la población votante puede denostarlos, incluso aborrecerlos, de todos modos, el "credo" fundamental de la politología oficial, de la llamada democracia representativa, está dado por la existencia de esos partidos y de esos políticos, siempre con lujosos trajes y corbatas o con tacones y costosas joyas (se admiten todas las combinaciones posibles). El resguardo de lo que la ciencia política de derecha funcional al sistema llama "gobernabilidad" (o el inefable neologismo de "gobernanza") son esos -aunque desacreditados y un tanto aborrecidos- partidos políticos. Por así decir: un mal necesario para el sistema.
Ahora bien: en el campo de la izquierda las cosas también están complicadas. Caídas las primeras experiencias socialistas de la historia, el avance de las fuerzas de cambio social quedó un tanto -o bastante- relegado. Hoy, una pregunta clave en el campo de la izquierda es ¿cómo construir alternativas válidas, consistentes, realmente........
