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Las manos de los Antonio

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20.05.2026

"La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado."

En Guanare, capital espiritual de Venezuela, el tiempo no se mide en años sino en oraciones. Allí, donde los llanos se abren como un mar ardiente y la devoción a la Virgen de Coromoto es más antigua que el asfalto, un monumento aguardaba.

Es la obra de un español con alma venezolana: Antonio Rodríguez del Villar. El mismo que, por encargo de Juan Vicente Gómez, levantó en Carabobo el Altar de la Patria más imponente de América. Quien movilizó peñascos desde La Puerta, donde la sangre patriota fue derrota antes que gloria, para honrar la libertad.

En 1952, el sevillano regreso, no venía a forjar batallas. El general Marcos Pérez Jiménez le encargó una obra de menor escala, pero inmensa en la fe: el Monumento a la Coronación de la Virgen de Coromoto.

Rodríguez del Villar caminó la avenida Juan Fernández de León. Sintió el polvo llanero, ese que huele a sabana brava, mitos y leyendas, adherirse a las suelas de sus zapatos. Allí, en la sagrada tierra de la aparición, talló una imponente montaña pétrea que desafía al viento. En la base, el altar. Al medio, el dramático éxodo de indios Cospes huyendo, mientras la cruz se plantaba. Arriba, el cacique Coromoto y su familia:........

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