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Mario Silva y su papel en el Termidor venezolano

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25.08.2026

Del discurso revolucionario a la defensa de la burocracia: medios estatales, criminalización de la crítica y disciplinamiento de la clase trabajadora después de Chávez.

I. Introducción: El Termidor también necesita sus voceros

¿Qué ocurre cuando una revolución conserva sus símbolos, sus consignas y su lenguaje, pero comienza a modificar profundamente su contenido social?

Esta es una de las preguntas centrales para comprender el proceso venezolano posterior a la muerte de Hugo Chávez. El llamado Termidor venezolano no puede reducirse a una supuesta traición individual de Nicolás Maduro, ni explicarse únicamente por la corrupción, la incompetencia administrativa o la presión del imperialismo. Lo que se desarrolla es una transformación de las relaciones entre el Estado, la burocracia, las masas populares y las distintas fracciones del capital.

Pero todo proceso de burocratización y desplazamiento del contenido social de una revolución necesita también una cobertura ideológica. Necesita preservar las banderas, los símbolos y el lenguaje revolucionario mientras cambia la realidad material sobre la que esos símbolos se levantaron.

Es en este terreno donde debemos situar a La Hojilla y a Mario Silva. No como los arquitectos del Termidor venezolano, sino como parte de los mecanismos políticos y comunicacionales mediante los cuales se defendió la legitimidad del nuevo equilibrio de poder tras el fallecimiento del líder revolucionario.

La cuestión marxista es: ¿qué función objetiva cumplió su discurso dentro de un proceso en el que la burocracia comenzó a defenderse, cada vez más, de la crítica proveniente de la propia izquierda y de la clase trabajadora?

Es ahí donde comienza esta investigación.

II. De la revolución a la conservación del poder: ¿qué entendemos por Termidor venezolano?

Hablar de Termidor venezolano no significa afirmar que, en algún momento, la vieja burguesía venezolana haya regresado simplemente al poder para restaurar el orden anterior. La particularidad del proceso venezolano es precisamente otra. El desplazamiento del contenido social de la Revolución Bolivariana no produjo una restauración clásica, sino la progresiva cristalización de nuevas relaciones de poder y de una nueva capa privilegiada vinculada al aparato estatal, la renta petrolera, la contratación pública, la intermediación económica y, posteriormente, a diversas formas de acumulación privada.

El Termidor, en este sentido, debe entenderse como un proceso de conservación del poder mediante la transformación de la revolución. Las formas políticas y el lenguaje heredados de la etapa ascendente pueden permanecer, mientras su contenido de clase comienza a modificarse.

La contradicción se vuelve entonces evidente. Mientras el discurso oficial continúa reivindicando el socialismo, el antiimperialismo y el legado de Chávez, las condiciones materiales de las masas trabajadoras experimentan un profundo deterioro: pérdida del poder adquisitivo, pulverización salarial, debilitamiento de la organización obrera, pérdida de conquistas laborales y progresiva flexibilización de las relaciones económicas. Paralelamente, se desarrolla una mayor apertura al capital privado, la dolarización de facto y una nueva relación entre el Estado y sectores empresariales.

No estamos, por tanto, ante la simple desaparición de la revolución, sino ante su transformación social y política desde dentro.

Y aquí reside uno de los rasgos fundamentales del Termidor: la conservación de las formas revolucionarias puede convertirse en el mecanismo mediante el cual se conserva un nuevo orden social.

¿Cómo puede un proceso modificar profundamente sus relaciones económicas y sociales sin abandonar sus símbolos revolucionarios? ¿Cómo puede una burocracia avanzar hacia nuevas formas de conciliación con el capital mientras continúa presentándose como heredera de una revolución?

La respuesta no se encuentra únicamente en la coerción. Se encuentra también en la ideología.

El Termidor necesita convencer a las masas de que la transformación regresiva de sus condiciones materiales no constituye una ruptura con la revolución, sino una forma necesaria de defenderla. Necesita presentar la disciplina económica como sacrificio revolucionario, la crítica como desestabilización y la defensa de los intereses propios de la burocracia como defensa de la revolución misma.

Por eso, el Termidor venezolano no puede estudiarse solamente desde las medidas económicas adoptadas por el Estado. Hay que estudiar también los aparatos políticos, ideológicos y comunicacionales encargados de legitimar esa transformación.

Y es precisamente en esa relación entre burocracia, ideología y conservación del poder donde adquiere importancia el papel de Mario Silva y La Hojilla.

III. La Hojilla como aparato de defensa política

Para comprender el papel de Mario Silva en el Termidor venezolano no basta con analizar La Hojilla como un programa de televisión ni reducir su trayectoria a las polémicas protagonizadas por su conductor. Es necesario situarla dentro de una estructura política más amplia: la de los aparatos ideológicos mediante los cuales el poder busca preservar su legitimidad frente a las contradicciones que genera su propia política.

Durante años, La Hojilla construyó buena parte de su discurso alrededor de una premisa que, en principio, no tenía nada de falsa: Venezuela se encontraba sometida a la presión permanente del imperialismo estadounidense, de la oposición burguesa y de diferentes mecanismos de desestabilización. La CIA, los intentos de golpe, las conspiraciones, las sanciones y la intervención imperialista no son invenciones propagandísticas. Forman parte de la realidad política venezolana.

El problema comienza cuando la explicación imperialista se convierte en una explicación total de la realidad.

Porque si toda contradicción procede del enemigo externo, desaparece una pregunta fundamental del marxismo: ¿qué contradicciones de clase se están desarrollando dentro de la propia sociedad venezolana?

El imperialismo existe, pero también existe la burocracia. Existe la agresión externa, pero también existen intereses materiales dentro del Estado. Existe la burguesía tradicional, pero también aparecen nuevas capas privilegiadas. Y, sobre todo, existe una clase trabajadora cuyos intereses no necesariamente coinciden con los de quienes administran el aparato estatal en su nombre.

Aquí aparece la función política del discurso de La Hojilla.

El enemigo externo y el enemigo interno

El enemigo imperialista constituye una realidad objetiva de la política venezolana. Pero una revolución no puede explicar todas sus contradicciones por la acción de sus enemigos externos. Cuando el imperialismo se convierte en la explicación universal de cada fracaso, cada conflicto laboral y cada crítica política, el análisis de las contradicciones internas comienza a desaparecer.

Y es precisamente ahí donde el enemigo puede desplazarse hacia el interior del propio campo revolucionario.

Al militante de izquierda que cuestiona al gobierno se le puede presentar como "contrarrevolucionario". Al dirigente sindical que protesta, como "desestabilizador". Al trabajador que reclama sus derechos, como "tarifado". Al medio nacido dentro del propio campo revolucionario que publica críticas, como un instrumento de "ataque a la Revolución".

No se trata simplemente de insultos o excesos retóricos. Desde el marxismo debemos preguntarnos qué función cumplen esas categorías dentro de la lucha de clases.

Porque cuando la crítica revolucionaria es identificada con la contrarrevolución, se produce una inversión política de enorme importancia: el aparato burocrático comienza a presentarse como encarnación de la revolución y la clase trabajadora que lo cuestiona comienza a ser presentada como amenaza contra ella.

Una vieja lección de la Revolución Rusa

Este fenómeno tampoco carece de precedentes históricos. La experiencia de la Unión Soviética posterior a la muerte de Lenin ofrece una analogía particularmente importante.

No porque Venezuela y la URSS sean procesos idénticos —no lo son—, ni porque Maduro pueda ser presentado simplemente como un nuevo Stalin, sino porque ambas experiencias permiten estudiar una lógica de burocratización. La progresiva separación entre el aparato estatal y las masas, acompañada por la identificación de los intereses del aparato con los intereses de la revolución.

Después de la muerte de Lenin, mientras se consolidaba la burocracia soviética, el espacio para la oposición revolucionaria dentro del propio movimiento se fue reduciendo. La crítica al rumbo político de la dirección comenzó a ser presentada cada vez más como una amenaza para la unidad del partido y, posteriormente, como una amenaza para el propio Estado soviético.

La persecución de la Oposición de Izquierda encabezada por Trotsky constituye el ejemplo histórico fundamental. Trotsky no defendía la restauración capitalista ni actuaba como agente del imperialismo. Su crítica partía precisamente de la defensa de Octubre, del poder político de los trabajadores y de la necesidad de combatir la creciente burocratización del Estado soviético.

Pero esta lucha no comenzó con Trotsky. Ya formaba parte de la última batalla política de Lenin. Durante los últimos años de su vida, Lenin comprendió con creciente preocupación que el aparato estatal soviético estaba adquiriendo una dinámica propia y que la burocratización podía terminar separando al Estado de las masas que habían hecho la revolución.

En marzo de 1922, durante el XI Congreso del Partido, Lenin hablaba ya de un problema que consideraba profundamente grave. Al referirse al aparato estatal, reconocía que existía una maquinaria burocrática que no estaba funcionando como debía y señalaba que, después de haber tomado el poder, los bolcheviques habían heredado y reproducido elementos del viejo aparato. Un año después, en Mejor menos, pero mejor, su preocupación se hizo todavía más explícita. Lenin escribió que durante cinco años habían intentado mejorar el aparato estatal, pero que aquel esfuerzo había producido una actividad muchas veces inútil e incluso perjudicial. Y advertía sobre la necesidad de combatir los restos de la antigua maquinaria burocrática del Estado zarista.

No se trataba de una preocupación administrativa. Era una cuestión política y de clase. Lenin sabía que un Estado obrero no podía considerarse revolucionario simplemente porque estuviera dirigido formalmente por un partido que se proclamaba comunista. La relación entre el aparato estatal y las masas era decisiva. Si el aparato comenzaba a independizarse políticamente de los trabajadores, podía convertirse en una fuerza conservadora dentro de la propia revolución.

Por eso resulta especialmente significativa su alianza política con Trotsky durante 1922 y comienzos de 1923. En diciembre de 1922, Lenin escribió a Trotsky para pedirle que defendiera conjuntamente con él la cuestión del monopolio del comercio exterior, frente a sectores del aparato que pretendían debilitarlo. Lenin llegó a escribir que estaba convencido de que Trotsky podía defender sus posiciones "ttan bien como yo mismo".

Y pocos días después volvió a insistirle: "en el pleno voy a luchar por el monopolio".

Esto tiene una importancia enorme para nuestra discusión. Lenin no entendía la defensa de la revolución como obediencia al aparato. Cuando consideró que sectores del propio aparato estaban empujando la política soviética en una dirección peligrosa, luchó contra ellos políticamente y buscó precisamente el apoyo de Trotsky.

La culminación de esta preocupación aparece en Mejor menos, pero mejor, uno de los últimos textos escritos por Lenin. Allí exigía reducir y transformar radicalmente el aparato estatal y reclamaba incorporar a los mejores elementos de la clase trabajadora para combatir sus deformaciones. Su conclusión era inequívoca: había que construir un Estado en el que "los obreros conserven la dirección sobre los campesinos" y recuperar la confianza de las masas.

Por tanto, la lucha contra la burocratización no fue una invención de la Oposición de Izquierda para justificar una supuesta conspiración contra Stalin. Era una preocupación que ya estaba presente en Lenin antes de que la burocracia estalinista consolidara plenamente su dominio.

La tragedia histórica consistió precisamente en que, después de la muerte de Lenin, la burocracia que él había identificado como un peligro terminó convirtiéndose en una fuerza política dominante. Y entonces ocurrió algo decisivo: la defensa del aparato comenzó a presentarse como defensa de la revolución, mientras que la crítica al aparato empezó a ser presentada como ataque contra la revolución.

Ahí encontramos una de las claves para comprender el Termidor soviético.

Y es precisamente por eso que la experiencia venezolana merece ser examinada con tanta atención. Porque cuando quienes cuestionan la burocratización son acusados de servir al enemigo, cuando la crítica socialista es convertida en sospecha y cuando la autonomía política de los trabajadores empieza a ser percibida como una amenaza, la historia de la Revolución Rusa deja de ser una referencia distante y se convierte en una advertencia.

Lenin había comprendido el peligro antes de morir. Una revolución no se burocratiza solamente cuando abandona sus consignas. Puede burocratizarse precisamente cuando conserva sus consignas mientras el aparato que las administra comienza a separarse de la clase que hizo la revolución.

Así que Lenin combatió con igual contundencia al imperialismo, a la reacción burguesa y a la burocratización del Estado soviético. Y esto no era una contradicción. Precisamente porque su criterio político fundamental era la defensa de los intereses históricos de la clase trabajadora. El imperialismo era enemigo de la revolución desde fuera; la reacción burguesa, desde el interior de la lucha de clases; y la burocratización constituía un peligro porque podía separar progresivamente al aparato del Estado obrero de las masas trabajadoras y convertir una conquista de la revolución en un instrumento de conservación de privilegios.

Para Lenin, no bastaba con combatir al enemigo externo. También había que combatir aquellas tendencias internas que podían desarmar políticamente a la clase obrera. Confundir la lucha contra el imperialismo con la defensa incondicional de cualquier política del aparato estatal habría sido, para Lenin, abandonar precisamente el criterio de clase que debía orientar toda política revolucionaria.

Por eso el verdadero internacionalismo proletario y la verdadera defensa de la revolución no consisten en elegir cuál enemigo ignorar. Consisten en combatir a cada enemigo desde la independencia política de la clase trabajadora.

Y aquí aparece una conclusión todavía más contundente: si la lucha contra la burocratización fue una necesidad incluso en un Estado surgido de una revolución obrera como la Unión Soviética, con mucha mayor razón lo es en Venezuela, donde nunca se produjo una transformación socialista de las relaciones de producción y donde el Estado continúa asentado sobre bases capitalistas.

Si Lenin comprendió que un Estado obrero podía desarrollar tendencias burocráticas capaces de amenazar el poder político de los trabajadores, ¿cómo podría sostenerse seriamente que en un Estado burgués como el venezolano la clase trabajadora debe renunciar a su independencia política frente al aparato estatal?

Precisamente al contrario: cuanto más capitalistas son las relaciones sociales, mayor es la necesidad de que la clase obrera conserve su autonomía frente al Estado, frente a la burguesía y frente a cualquier burocracia que pretenda hablar en su nombre.

En Venezuela, la burocracia fue transformando progresivamente la discrepancia política en una cuestión de lealtad.

Primero se identifica la dirección del aparato........

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