El tostonero Salvador y el bebé rescatado de los escombros
Las situaciones límite, como la tragedia de los terremotos de nuestro país, definen muchas cosas. Evidencian crudamente el conflicto entre el deseo humano de hallar sentido y el absurdo de la realidad. Por eso, en lugar de huir con delirios paranoicos, indiferencia u otros subterfugios equivalentes al suicidio, hay que enfrentarla con coraje y lucidez, asumiendo nuestra fragilidad humana, la indiferencia del universo y hasta las actitudes de los poderosos que solo despiertan indignación y justifican la rebelión.
Las desgracias son un espejo implacable: barren de un plumazo las apariencias y dejan al descubierto la verdadera naturaleza de una sociedad y de quienes la administran. En medio del polvo, la destrucción y la desesperación del padre colapsado porque tiene en enfrente la mole de concreto que aplastó a su familia, emergen, por un lado, la grandeza instintiva del ciudadano común, y, por el otro, la miseria moral de un gobierno que hace mucho tiempo capituló, no solo ante el poder imperial que hasta hace poco desafiaba cómicamente, sino ante su propia ineptitud y corrupción.
Surgen entonces los héroes de manos desnudas, sin capa, sin caballos blancos. Las imágenes que circulan por las redes sociales no son producciones cinematográficas, son testimonios crudos de una humanidad que se levanta sobre sus propias cenizas. En el sector Caribe de Caraballeda, la cara de la esperanza es la del muchacho guaireño, vendedor de tostones en la playa que, guiado únicamente por su buena voluntad y un amor genuino por el prójimo, se lanzó a rescatar a unos panas atrapados debajo del........
