Somos los anfitriones de una fiesta (Mundial) a la cual no fuimos invitados y que, sin embargo, pagamos”
La Copa Mundial de la FIFA 2026 fue inaugurada en la Ciudad de México el pasado 11 de junio del año en curso, y con ello se confirmó una de las tendencias observables desde meses atrás: el intenso proceso de elitización e híper-mercantilización del espectáculo/negocio dado por el futbol/corporación, con la consecuente gentrificación y marginación del aficionado tradicional. El Mundial de Fútbol es, en cuanto a los asistentes a los estadios, de quienes cuentan con un alto poder adquisitivo y de quienes son parte del turismo masivo de alta gama. Pese a esa exclusión del aficionado tradicional, los estadios –en su mayoría– lucen relucientes y a tope de turistas, personajes VIP, de influencers y de los llamados “creadores de contenido”, líderes políticos nacionales o locales, y miles de representantes –como en el caso de México– de la “picmentocracía” que lo mismo se entrecruzan con el clasismo.
El fútbol contemporáneo reproduce a la perfección la lógica contradictoria y desigual del capitalismo. Incluso la magnifica y la profundiza al expresar fehacientemente las asimetrías de clase y al levantar un cerco invisible para con el aficionado tradicional.
México aparece como la fiel representación de esta lógica excluyente. Un país convulsionado desde hace dos décadas por la violencia en cualquiera de sus formas; sitiado por la militarización de facto; asediado por la ancestral desigualdad y la marginación de amplios sectores de la población; y expuesto a una crisis de seguridad donde privan homicidios dolosos y desapariciones masivas. En esas circunstancias, las élites políticas y empresariales, en su momento, promovieron a México como co-anfitrión del Mundial 2026. Pero lo hicieron a costa de hipotecar amplias dosis del futuro.
Aquí es necesario separar dos caminos que, si bien son paralelos, convergen en el balón al arrancar o finalizar cada partido de fútbol. Por un lado, una afición mexicana que –pese a las vejaciones y exclusiones– cada cuatro años replica su entusiasmo, esperanza y algarabía, pese a los magros resultados emanados de la cancha. Y, por otro, élites políticas y empresariales expoliadoras y entreguistas que, en esta coyuntura, crearon una alianza de negocios con la FIFA y sus socios comerciales globales.
En principio, es pertinente referir algunos datos para comprender la magnitud de esta alianza: mientras que los tres países norteamericanos co-anfitriones realizaron una inversión cercana a los 12 mil millones de dólares para acoger el Mundial de Fútbol en este 2026, México desembolsó montos que rondan los 3 mil millones de dólares para las tres sedes; aunque solo la Ciudad de México invirtió 1 300 millones de dólares. Regresando la mirada a otros Mundiales, se estima que para Sudáfrica 2010 se invirtieron 3 120 millones de dólares y únicamente logró recuperarse el 10% de ese total. En tanto que para Brasil 2014 se invirtieron 15 mil millones de dólares en estadios, infraestructura turística y transporte, y solo fue recuperado para el país amazónico el 2,5% de esa cantidad. En ambas sedes, la FIFA no pagó impuestos. Mientras que el gobierno alemán dejó de captar 272 millones de dólares por concepto de tributación en el Mundial del 2006. Es de descartar que la FIFA no corre con ningún riesgo financiero en cada justa mundialista; no invierte ni construye nada, sino que ello es asumido por los gobiernos anfitriones.
Por su parte, la FIFA proyecta ganancias para sí sola por entre 11 mil y 14 mil millones de dólares para el conjunto del ciclo mundialista 2023-2026. Este organismo internacional controla los derechos de transmisión, los patrocinios de corporaciones globales, los........
