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Los delirios del loco del Sur

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Sin duda, Simón Bolívar, el Libertador, fue un gran visionario, capaz de liderar una magna epopeya de liberación desde Venezuela hasta adentrarse en la profundidad de los Andes, de una forma completamente distinta a las llevadas a cabo por otros jefes militares de épocas pasadas. Sus actitudes en la laguna de Casacoima y en Pativilca bastarían para comprobar ese don visionario, ya asomado en su juramento del Monte Sacro en Roma, a sus veintidós años, acompañado de su maestro Simón Rodríguez y Fernando Rodríguez del Toro, o en su discurso ante la Sociedad Patriótica en Caracas antes de la declaración de independencia. En el primero de los casos, el 4 de julio de 1817, Bolívar -en medio del cerco que le tienden las fuerzas realistas- sorprende a sus acompañantes al expresarles: «Dentro de pocos días rendiremos a Angostura y, entonces, iremos a liberar la Nueva Granada, y arrojando a los enemigos del resto de Venezuela, constituiremos a Colombia. Enarbolaremos después el pabellón tricolor sobre el Chimborazo e iremos a completar nuestra obra de liberar a la América del Sur y asegurar su independencia, llevando nuestros pendones victoriosos hasta el Perú: el Perú será libre». Los oficiales patriotas creyeron, lógicamente, que el Libertador había enloquecido, puesto que aún no se vislumbraba un cambio de circunstancias a favor de la causa patriota. Un rasgo personal que lo distinguiría por encima de las perspectivas localistas y particulares de sus subalternos civiles y militares. 

 

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