Los jodimos porque nos jodieron, Ley del Talión entre tuertos y desdentados
La profunda y descarnada radiografía del alma que abdica de su libertad, entregándose cual rehén a las sombras del automatismo y del rencor.
Así ocurre cuando se pierde la humanidad, el orden de las cosas está en perspectiva entre lo propio y lo ajeno. Somos lo que hacemos con lo que pensamos, es por lo que seremos juzgados, no somos autómatas que respondemos a algoritmos, sino a pulsiones, a aversiones que nos hacen presa de algo o alguien más, en quien se cree y se le debe obediencia, perdiendo el temple de la propia personalidad, de donde asoman los extravíos de la mente, confundiendo la verdadera esencia de lo que somos, seres imperfectos e ignorantes, buscando la perfección y saber. El odio, la venganza no llevan a encontrar la solución, son la antítesis, la negación del otro o la otra que no soy yo. Es la maldad y la irracionalidad que sale a flote y pervierte el curso de los acontecimientos y acaba destruyendo todo lo que toca. Perder los principios es trastocar los valores, matan cualquier iniciativa lógica, asesinan las ideas de los pensamientos humanos, irrespetan esa condición, y no pueden evadir sus responsabilidades, tienen que tener en cuenta que actuaron con perversión, encadenándose cada vez más a sus existencias que vacían el alma, expulsan al espíritu, arrastrando el fardo que llevan a cuesta de lo que deciden.
Es el camino que toman hacia el vacío y la soledad, donde queda el temor y el tormento que cala hasta los tuétanos. Solos, esa soledad que se vuelve eterna, hundiéndose hasta no darse cuenta de sí mismos, una vez que se desatan los lazos sutiles de la conciencia. Pensar en lo que fue y cambiar la dirección de la intensión hace que cambie la realidad, atendiendo a la voz interior, aprendiendo a la vez que hay una verdad incondicional, que atiende a la responsabilidad de las acciones honestas, humildes y ecuánimes. Las acciones tienen dirección y son guiadas por el hombre o por la bestia que hay en él, que prefiere la oscuridad a la luz, la destrucción y el mal, a las causas nobles o a los arrebatos de la ira, al bagazo, al barniz que cubre la capa superficial de la existencia en el tiempo que en algún momento se detendrá.
Es lo que describe la tragedia desde la intimidad del pensamiento humano, la sustitución de la propia esencia, con todas sus potencialidades e imperfecciones, la luz o la ceguera, que se apacigua o pone en marcha la maquinaria brutal del odio y la venganza. Son los rostros de la alienación, el falso poder que agita la marioneta, moviéndose por impulsos aversivos, mandatos ajenos que le otorgan la ilusión temporal de control del triunfo efímero. La realidad es la cadena de consecuencias que amarran al individuo a una servidumbre invisible. Se deja de ser autor de la propia vida para convertirse en instrumento de la destrucción. La venganza y el resentimiento se presentan como corazas, y terminan siendo celdas herméticas, un peso muerto en el vacío, la soledad de quien se traición y se hunde en la soledad, no a la soledad mística y fecunda de su propia conciencia, sino a un páramo habitado por el eco del tiempo perdido y el miedo que cala hasta los huesos. Frente al estruendo de la bestia, de la superficialidad, del barniz que se descompone, queda la brújula capaz de restaurar la dignidad humana, el retorno al santuario interior, atender la voz de la conciencia, de la ecuanimidad, de la verdad, con responsabilidad, y no son solo valores morales, sino pilares ontológicos que permiten al ser humano reencontrarse consigo mismo y con el otro. Al final, cuando el teatro de las pasiones oscuras se apaga, lo único genuino que queda es la fidelidad, o la traición a tu propia luz interior.
Si le preguntas a la IA sobre el bagaje de lo que se conoce, a la información que contiene respecto a lo dado, atenderá a lo que los expertos saben sobre el tema, profesionales empeñados por sus menesteres, a pensar con cabeza propia, pero cumpliendo con un contrato, y como consecuencias, actuando marginalmente a su conciencia, se dejan llevar por las necesidades mundanas. Movidos por pasiones, desde las perspectivas convergentes puede la filosofía o la psicología profunda, dar su visión sistémica, tratando de despertar a quien, atrapado en el bucle, actúa desde el automatismo del rencor, de entre los mayores desafíos de la condición del ser o no ser humano. Sabemos cómo a lo largo de la historia, los pensadores, analistas y científicos de la mente, han diseccionado este estado de enajenación y han propuesto caminos para el posible rescate del sujeto sujetado........
