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De las luchas y grupos de AD. Rica experiencia, para asumir el presente, no morir en el intento, menos defraudado

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11.04.2026

Trabajando como ayudante de Luis Manuel Peñalver, en la Secretaría Nacional de Educación, compartía mi tiempo, militando en AD en la parroquia Altagracia, donde Lautaro Ovalles, hermano menor del poeta Caupolicán Ovalles, era el secretario Juvenil. Estaba entonces vinculada a la militancia de base y a la alta dirección, la del CEN. Aunque mi rango, por mis antecedentes, era el de miembro del Buró Juvenil del Estado Sucre, su secretario de organización. Pero como ya dije, me trasladé a Caracas para continuar la carrera de Derecho y trabajé con Peñalver, para sufragar mis gastos, dado los vínculos establecidos con él en Cumaná, ciudad que visitaba con frecuencia, por ser "cumanés", tener allí su familia paterna y su rango de dirigente nacional de AD.

En la primera, en aquella parroquia, participaba en las reuniones, casi permanentes que, en el local respectivo del Partido, se efectuaban y, en consecuencia, en las abundantes discusiones acerca de la coyuntura, el rol del Partido y las políticas inherentes al mismo que, para muchos de nosotros, como lo había sido, cuando en la clandestinidad nos incorporamos a él, implicaba un compromiso con el movimiento popular y particularmente contra el imperialismo.

Por mi trabajo, en el edificio Haiech o Haiech, ubicado detrás de un conocido mercado popular cercano a El Silencio, hacia el sur, donde funcionaba el CEN de AD en 1958, veía y escuchaba todo el tiempo a quienes formaban la alta dirigencia del partido. Desde Betancourt, hasta Domingo Alberto Rangel, para establecer una referencia significativa. Lo que discutían en las reuniones en el salón privado del CEN, a lo que tenía acceso, lo llevaban afuera; yo los escuchaba y los veía tan cerca que hasta podía tocarles. A ellos, empezando por Betancourt, los veía y escuchaba de cerca todos los días.

Aquella palabra, escrita anteriormente, el imperialismo, para nosotros, unos jóvenes apenas rebasando la veintena de años, dentro del cuadro mundial existente, tuvo connotación casi regional o más, vinculada a un país y no la inherente a definición leninista, la relativa a una etapa y conducta del capital, una categoría económica. Para nosotros entonces, como pareciera seguir siéndolo para muchos, pese haber rebasado hasta el doble de la edad que nosotros teníamos, imperialismo estaba relacionado con un país específico y la conducta que le imponía la tendencia o necesidad de su capital acumulado para expandirse, la atribuíamos a él y solo a su clase dominante.

Y esto tenía su explicación en la coyuntura mundial de entonces. La segunda guerra mundial había terminado hacía más de una década y media; Europa había sido destruida y estaba siendo todavía reconstruida por el Plan Marshal, una inversión cercana a los 13 mil millones de dólares, aportados por la economía norteamericana. De Europa, particularmente de Italia y España, se desplazaron hacia distintas regiones del mundo gran cantidad de migrantes; buena cantidad de ellos vinieron a Venezuela. Aparte de los fascistas y nazis derrotados, llegaron miles de trabajadores independientes y afiliados a los partidos de la izquierda, sobre todo comunistas, partisanos italianos y republicanos españoles. De manera general, de inmediato, el mundo se dividió en dos bloques, la Europa occidental, beneficiada por el plan Marshall, dado que Rusia y los países que esta puso bajo su control como resultado de la guerra y formó lo que se llamó la URSS. Esta estructura, alianza o nuevo imperio, quedó bajo el control de los herederos de los fundadores del partido bolchevique y dirigentes de la llamada Revolución rusa.

La simple definición y declaración de aquel gran nuevo Estado como comunista y su conducta dedicada a reconstruir lo que las guerras habían destruido, sin muestras de voluntad de intervenir en mercados ajenos a su espacio, que ya era grande, dado lo que allí nació, en lo formal como un imperio, sirvió para que los partidos comunistas del mundo hablasen del internacionalismo proletario y, en muchos de nosotros, se consolidase la idea que, el imperialismo ineluctablemente, estaba asociado al país que, en ese momento, podía mover capitales e invertirlos, como en efecto, hizo EEUU, durante la guerra mundial y al final de ella. En esos años, como ya dijimos, Europa estaba dedicada a reconstruirse y la URSS intentando, según su dirigencia y sus admiradores y militantes de los partidos comunistas, a construir una sociedad supuestamente socialista en su espacio. Por supuesto, en los partidos comunistas del mundo todo, por los lineamientos derivados de las llamadas internacionales, donde sus representaciones se reunían para trazarle una línea común a la humanidad, en función de sus fines estratégicos, surgió la línea de trabajar de inmediato por construir el socialismo, el que los soviéticos habían concebido, en cada país.

Por ese cuadro, hubo quienes asociaron la idea o definición de imperialismo a un país y no a la conducta del capital, dado que entonces, sólo uno, EEUU, que aparte de no sufrir los rigores de la guerra, se valió de ella para desarrollar, en gran medida, su aparato productivo, en la elaboración de armamentos para venderlos a sus aliados y en diferentes áreas de la economía. Terminada la guerra, destruida Alemania y las economías de Europa, Rusia convertida en la gran potencia europea oriental, conformando la URSS, controlada por el Partido Comunista, se dedicó a la construcción de una sociedad estatista sin ánimo o interés, en lo inmediato, de intervenir en las economías diferentes o más allá de los espacios que quedaron bajo su control. Esto, visto de manera general y con la simple intención de explicar nuestra concepción, en nosotros impuso la idea que, imperialismo era el calificativo inherente de manera exclusiva, ni siquiera al capital estadounidense y menos inglés que también intervenía en Venezuela, básicamente en la extracción petrolera, sino al gobierno de aquel país, por su persistente intervención en nuestros asuntos, desde los tiempos de la guerra de independencia, hasta el momento mismo que nuestra generación comenzó a meditar sobre esos asuntos.

La intervención para imponer el gobierno de Gómez, derrocar gobiernos posteriores a ese, hasta llegar al de Pérez Jiménez y las tantas dictaduras implantadas en América Latina, sirvieron también para corroborar y hasta como darle validez a ese concepto. No lo asumimos como el resultado de la acumulación de capital, el poder derivado de ello, las ansias de ese capital de seguir creciendo y controlando espacios, sino como el inherente a un país, una nación. Por eso, a cada momento, en toda protesta, lo primordial era gritar: ¡Abajo el imperialismo yanqui!

Pero también estaba yo, de alguna manera, pese las distancias propias de quien en aquel espacio era como un empleado, más no un militante, en el edificio Haeick, de Quinta Crespo, "ligado" o cercano, a la alta dirección del partido y por supuesto a las discusiones de las diferentes tendencias. En aquel relativamente reducido espacio veía diariamente y por horas a Betancourt, Leoni, Luis Beltrán Prieto, Ramón Quijada, Paz Galarraga, Raúl Ramos Jiménez, Jaime Lusinchi, Octavio Lepage, Domingo Alberto Rangel, Gumersindo Rodríguez, Lino Martínez, por supuesto, a mis amigos Américo Martín, Moisés Moleiro, Lino Martínez, quien entonces era el Secretario Juvenil Nacional y a todos los miembros del Buró Sindical.

A esos personajes los oía hablar, intercambiar opiniones en reuniones informales o "de pasillo" y hasta discutir con frecuencia de manera discrepante, con la necesaria profundidad y visión acerca del momento político, sobre la táctica y la estrategia, sin disimulos, dado estaban en sus espacios íntimos, que también era como mío; particularmente lo por hacer en materia económica y las relaciones con los aliados potenciales, según la percepción de cada quien. Y este "intercambiar de opiniones", implicaba ventilar sus diferencias con libertad, dado estábamos en los "espacios interiores" del partido y no había motivo para simulaciones. Es decir, aquella particular circunstancia mía, militante de base en Caracas y dirigente juvenil de Cumaná, me permitía tener acceso, estar al tanto de las discusiones de más alto nivel dentro del partido y hasta los detalles acerca de cada tendencia o fracción, pese fuese de manera informal y en los pasillos o rincones.

Trabajando, como antes conté de ayudante de Luis Manuel Peñalver, estuve presente en el CDN que, en 1958, escogió a Betancourt como candidato a presidente de la República por AD. Esa reunión se produjo en un edificio recién construido al lado del Pedagógico de Caracas, frente al espacio que había ocupado el viejo Hipódromo y donde posteriormente instalaron Radio Caracas.

El debate fue duro, si mal no recuerdo duró 3 días. Se explayaron las dos posiciones. La partidaria de lanzar la candidatura de partido y que esta fuese la de Betancourt y la de quienes optaban por un candidato de unidad y hasta se habló del Dr. Rafael Pizani, con la idea que el nuevo gobierno tuviese el mayor respaldo, dada las dudas con respecto al frente militar* y en virtud que los planes del alto dirigente adeco, por sus acuerdos conocidos con Rockefeller, no se pusieran en práctica. No obstante, por comentarios que haremos con posterioridad, la llamada "izquierda adeca", no pareció tener suficiente claridad y constancia en cuanto a esa percepción. Más que las pequeñas diferencias acerca de la coyuntura, pareció privar el deseo de liderazgo y las artificiales distancias entre los cuadros medios y las bases.

En el seno de AD, desde la vuelta a la legalidad, el regreso de Betancourt y toda la dirigencia exiliada, empezando por Domingo Alberto Rangel, las contradicciones de siempre y particularmente las emergidas a raíz de aquello como ecuménico que fue la actuación, liderazgo y herencia de Leonardo Ruiz Pineda, no sólo se pusieron de manifiesto, sino que muchas de ellas poco sustantivas, fueron asumidas como insalvables.

Desde el principio se definieron varios grupos que, por serlo, se reunían aparte y diseñaban sus políticas a asumir dentro del partido y frente a las otras tendencias. El primero de aquellos grupos, era el encabezado por Betancourt y toda la dirigencia que había liderado en el exterior a través de diferentes mecanismos; en este estaban además de Leoni y la gente del Buró Sindical, Ramón Quijada y Luis Beltrán Prieto. Pero pese a eso, como después se supo, entre ellos había muchas distancias y diferentes visiones y proyectos. Su asociación era condicional y como una manera de contener a quienes lideraban a la juventud, la que veían demasiado entusiasmada en las consignas y visiones de los comunistas. Ramón Quijada y el Dr. Prieto, estaban tan distanciados del pensamiento y planes de Betancourt, como los jóvenes mismos; pero aquellos y estos, no pudieron hallar la manera de encontrarse; más pudo el maniobrar del "brujo de Guatire".

También había diferencias entre el Buró Sindical y el Dr. Leoni, con respecto a Betancour. Ese factor pues, no era coherente.

Sería bueno que, quien esto lea, busque un libro titulado "El libro rojo del General Eleazar López Contreras", el cual, si mal no recuerdo, fue reeditado, después de caído Pérez Jiménez, por José Agustín Catalá, pues en él, hay abundantes documentos epistolares entre Betancourt y sus más cercanos, que sirven para forjarse una idea, de las relaciones entre ellos, donde aquél ejercía un marcado liderazgo, por lo que en sus comunicaciones, solía ordenar a quienes se dirigía, sin pedirles opiniones, lo que debían hacer.

El libro del cual hablamos, fue publicado originalmente en los tiempos de López Contreras y se dice que, su edición, se debió al servicio secreto de los Estados Unidos, cuerpo que fue también el encargado de recoger las tantas cartas que allí aparecen. La veracidad de las mismas, nunca fue cuestionada por quienes que de ellas se mencionan como autores; pese caído Pérez Jiménez, casi todos ellos, salvo contadas excepciones, como Balmore Rodríguez, para esa época, 1958-59, estaban vivos y actuando como dirigentes políticos.

Además, el contenido de las cartas, usado por el gobierno de López Contreras y el servicio secreto de EEUU, estaba destinado a un público determinado, con la idea que, quienes se oponían al gobierno que sustituyó a Gómez, una vez muerto éste, eran todos comunistas. Una idea o imagen que todavía prevalece, la de intentar descalificar con ese fantasma, a quienes asumen posiciones contrarias a los intereses y demandas de los gobiernos y capitales de EEUU. Y, además, en esas cartas, las de Betancourt y los suyos, no hay absolutamente nada vergonzoso y menos para que nadie inteligente, culto y de buena fe, saque conclusiones en correspondencia con la finalidad que le dieron quienes las publicaron por primera vez. Tanto que, bajo el gobierno de Betancourt, como ya dije, salió una edición de ese libro, con el mismo título.

El segundo de esos grupos estaba formado por aquellos que se definían como la "izquierda de AD". Un poco los herederos de Leonardo Ruiz Pineda y quienes habían liderado las luchas clandestinas del partido contra la dictadura en los últimos años. Tanto que, de esos avatares, emergió como Secretario General del partido, el joven monaguense, Simón Sáez Mérida, continuador de la estrategia política trazada por aquel histórico líder, asesinado por la dictadura, la de incorporar al pueblo a las luchas por sus derechos y la libertad, dejando a un lado el vanguardismo y el terrorismo impuestos por la vieja guardia liderada por Betancourt.

Y al mismo tiempo, implicó aliarse estrechamente con el Partido Comunista de Venezuela y ambos, como vanguardias, insertaron a factores de otros partidos y de los movimientos sindicales, obreros y estudiantiles; lo que permitió, que la lucha contra la dictadura se convirtiera en una de carácter popular con gran amplitud que, de buena manera, impactó en el seno del ejército.

De los integrantes de esa tendencia, para 1958 recordamos aparte de Sáez Mérida, a Domingo Alberto Rangel, quien, para ese entonces, se había convertido en su máximo líder; Américo Martín, Moisés Moleiro, Gumersindo Rodríguez, llamado por alguien el futuro más importante pensador marxista de América Latina, Héctor Pérez Marcano "El macho", Carmelo Laborit, "El poeta" Rafael José Muñoz, autor de "El círculo de los tres soles", Lino Martínez y una larga lista de intelectuales, dirigentes obreros que, nombrarlos resultaría hacer demasiado, casi una interminable lista.

El tercer grupo, claramente diferenciado, fue el llamado grupo "ARS", denominado así, de manera despectiva por Betancourt, en base al slogan de presentación usado por una agencia caraqueña de publicidad con ese nombre, manejada en primer término por Arturo Uslar Pietri y donde trabajó su cercano amigo, el excelente novelista cubano Alejo Carpentier, el genial y exquisito autor de "El siglo de las luces" y "Vuelta a la Semilla", obras y autor por demás influyentes en lo que después se llamaría el "gran boom literario latinoamericano". Esa agencia, usaba como llamado a sus potenciales clientes el slogan "Déjenos pensar por usted".

Entre los integrantes del ARS, desde los años de la década del cuarenta del siglo XX, estaban, además del máximo líder, Raúl Ramos Jiménez, José Manzo González, Elpidio La Riva Mata, Héctor Vargas Acosta, Jesús Paz Galarraga, Miguel García Mackle, Cesar Rondón Lovera, Manuel Alfredo Rodríguez, Marcial Mendoza Estrella, Manuel Vicente Ledezma, Renato Olavarría Celis y otros tantos más.

Y había ciertas individualidades, como Ramón Quijada, el máximo líder del movimiento campesino y, en efecto, presidente de la Federación de trabajadores de ese sector, quienes solían fijar, en cada caso, posiciones en favor de una tendencia u otra, según fuese el caso. De este tipo de individualidades, había alguna gente dentro del movimiento sindical y particularmente, dentro del Buró Sindical Nacional del partido y a lo largo del país.

Al llegar aquí, quiero hacer referencia muy especial acerca del Dr. Luis Beltrán Figueroa o como le decíamos habitualmente, "el maestro Prieto".

El "maestro" Prieto, maestro al fin, lo recuerdo por una permanente disposición a participar en todos los debates que se diesen en las bases de AD. Recuerdo que, en ese entonces, el partido, en la parroquia donde vivía y militaba, Altagracia, de Caracas, como en las aledañas a ella, se reunía la militancia, aquella interesada en ejercer esa circunstancia, todas las semanas. En mi parroquia y las cercanas a ella, esas reuniones se hacían en diferentes días de la semana. Eso permitía que uno pudiese participar de esas reuniones, asambleas, en cuantas podía. Estaba en búsqueda de acuerdos, pues parecía percibir el movimiento y el rango de las contradicciones con claridad.

A cada una de esas asambleas, la dirección del partido, en el Distrito Federal, la dirección distrital o regional, designaba a un miembro de la alta dirección, de esa instancia o nacional. El maestro Prieto, quien era miembro del CEN o Comité Ejecutivo Nacional, el más alto organismo ejecutivo de la dirección nacional, participaba demasiado frecuentemente, tanto como se lo permitía su tiempo, en esas asambleas. Así, uno podía hallarlo en Altagracia, San José o la Pastora. Para él, aquello no era una simple tarea de partido, sino que estaba por demás interesado en participar en esos debates, sobre todo con la izquierda, pero no como entonces creíamos con simplismo, para derrotarnos en ellos y fortalecer sus posiciones. Llegué en un momento de mi vida, revisando lo acontecido, sus argumentos, que su mayor interés, era demostrarnos cuánto estábamos equivocados y sujetos a un proyecto y diagnóstico, ajeno a la realidad de AD, como desconocer las contradicciones que en ellas anidaban y cómo había posibilidades de unir en un sólo bloque fuerzas dispersas que se enfrentaban sin justificación. Tal como lo demostraron los hechos posteriores. Y por eso se dedicaba a desmontar nuestros discursos intentando demostrar que entre nosotros y lo que él y otros grupos representaban, había demasiado para acordarse. Y por esto, en aquella confrontación, pese su insistente y destacada participación, se mantenía alejado del grupo Betancourt, cuestión que no percibíamos, dada su tarea, de allí su insistencia en asistir a aquellas asambleas, dedicaba a convencernos que, estando equivocados, revisásemos, pues había demasiados puntos de encuentro.

El maestro Prieto, estaba en búsqueda de acuerdos, pues parecía percibir el movimiento y el rango de las contradicciones con claridad.

Y este Prieto, que vi en esos menesteres, después que Betancourt fue electo presidente, estuvo en esas mismas actividades extras, ajenas a sus labores en el área oficial del Estado, desde el mismo momento que regresó al país, caída la dictadura. Quizás su condición natural y profesional de docente lo impulsaba a eso, pero sin duda se fundamenta en el hecho que, veía con claridad las posibilidades de unir a un universo que se empeñaba en sustentarse en visiones ajenas a la realidad, diagnósticos hasta impuestos por diversos mecanismos externos.

Aquella reunión del CDN, que dado mi ocupación fuera del escenario donde se llevaba a cabo y donde se debatía el tema de la candidatura, pues la mayor parte del tiempo me mantuve en una oficina o espacio aparte y hasta como encerrado, haciendo reproducción con un multígrafo de documentos que se repartían a los participantes activos y con derecho presencial, voz y voto, en el organismo, pocos detalles o sustantivos recuerdo, salvo las conclusiones y las posiciones cada grupo, culminó con la decisión y escogencia por mayoría de la candidatura de Rómulo Betancourt.

En aquel CDN, pese las discrepancias, entre los factores ante mencionados y las como ocultas coincidencias entre otras, o para mejor decirlo, que se negaban a ver, dado los compromisos nada dudosos, sino conceptuales y derivados de diagnósticos equivocados, donde la coincidencia y hermandad entre la izquierda y el PCV, circunstancia que como ya dijimos resultó de los estrechos vínculos alcanzados en la lucha clandestina contra la dictadura, al final se optó de manera unidad mezquina, la de sólo el partido, por la candidatura de AD, específicamente la de Betancourt.

*Muy poco tiempo después de iniciado el período gubernamental de Betancourt, se produjo el alzamiento militar de Castro León, en abril de 1960.


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