La IA es un nuevo trastorno para Estados Unidos (I)
Trump ha concentrado en la Inteligencia Artificial todas las expectativas económicas de Estados Unidos. El crecimiento del PIB está impulsado casi exclusivamente por el gasto en esa tecnología, el mercado de valores opera en torno al puñado de empresas que controlan esas acciones y casi toda la inversión se localiza en ese sector. El universo restante de la producción, el consumo y el comercio ha quedado sujeto al devenir de la IA. Como en todas las apuestas riesgosas y extremas que despliega, Trump juega todas sus cartas al éxito de esa innovación digital.
Se apoya en la oleada de tecno-optimismo que motorizan los auspiciantes de la nueva tecnología y proclama que la IA traccionará el crecimiento, con nuevos puestos de trabajo calificados, incremento de la productividad y aceleración del desarrollo con asistencia automatizada.
Un inspirador de este clima proclama que la nueva tecnología es sinónimo de progreso, abundancia y bienestar, si se reafirma el pleno funcionamiento del mercado, sin regulaciones, ni restricciones de ningún tipo[2]. Otros entusiastas auguran un festival de empleo junto a la IA[3] y varias afamadas consultoras pronostican expansión y bonanza por esa invención[4].
Trump concibe además a la IA como un instrumento para doblegar a China multiplicar el belicismo y recomponer la supremacía mundial de Estados Unidos. Pretende también utilizarla para instaurar un estado policial y criminalizar a los opositores[5].
Esa innovación es vista, en los hechos, como el gran contrapeso a las adversidades que afronta el magnate. Los aranceles, sanciones y amenazas monetarias que desplegó Trump en el 2025 tuvieron resultados tan desfavorables como el viraje bélico del 2026, que ha desembocado en el fulminante fracaso de la guerra contra Irán. ¿La nueva apuesta revertirá esos fallidos? ¿Permitirá contrarrestar el declive imperial de Estados Unidos? Existen numerosas razones para postular una respuesta negativa a esos interrogantes.
SOBREINVERSIÓN A LA VISTA
Estados Unidos no está en condiciones de utilizar en su ámbito productivo, los vertiginosos avances que desenvuelve con la Inteligencia Artificial. A diferencia de lo ocurrido con otras revoluciones tecnológicas del siglo XX, el declive de su industria le impide ese aprovechamiento.
La primera potencia afronta una aguda regresión industrial, con estancamiento de la productividad e imparable pérdida de competitividad frente a China. En la dura batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar mercados, Estados Unidos tiende a quedar relegado.
Los abanderados de la IA prometen superar esa adversidad con la innovación más revolucionaria de la centuria en curso. Pero omiten que el exponencial desarrollo de ese sector se consuma en frontal contraposición con el resto de la economía. Avanza capturando todos los recursos requeridos para el resurgimiento de la industria, sin ofrecer ningún indicio de retroalimentación ulterior de beneficios para el universo fabril.
Los paladines de la IA auguran ese impacto positivo, cuando la nueva tecnología sea incorporada a las empresas, con el consiguiente incremento de la productividad, las ganancias y el crecimiento del PBI. Pero no existe hasta ahora el menor indicio de proximidad de esa secuencia.
Entre 2005 y 2019, el crecimiento medio de la productividad en Estados Unidos giró en torno al 1,5 % anual y aumentó al 2,5 % desde finales de 2022 por el uso de la tecnología ya existente[6]. El efecto la IA aún no se avizora por la lentitud, las dificultades y las prevenciones que suscita su aplicación y las estimaciones sobre sus efectos positivos son muy cautelosas[7].
Lo que por el contrario prevalece como dato muy visible es el descomunal exceso de inversión, que incentiva el niño mimado del capitalismo norteamericano. Esas tasas de absorción de capital aumentan al 20% anual, es decir a un nivel sin precedentes en el pasado.
Las mega compañías tecnológicas (Anthropic, OpenAI, Google, Meta, Microsoft, Amazon) comprometen sumas insólitas de 725.000 millones de dólares en 2026, para construir la infraestructura de la IA. Son montos que superan ampliamente lo invertido en la construcción ferroviaria del siglo XIX o en todas las secuencias de la revolución digital de las últimas dos décadas (computadoras, chips, redes, Internet). Cuando, cómo y de qué forma impactaría esa inversión en la producción es un interrogante irresuelto.
Las empresas tienen previsto invertir en IA cerca de 10,3 billones de dólares hasta 2032, que deberán financiar con enormes deudas puesto que ningún calculo estima ingresos futuros de ese orden. Esa cifra equivale a una inversión en proporción al PBI que triplica los porcentuales de las cinco revoluciones tecnológicas precedentes[8]
Igualmente, muchos esperan que los modelos de la IA generen una demanda acorde a la mega inversión en curso, pero no aportan ninguna evaluación de beneficios amoldados a semejante expectativa. Es muy visible la brecha que separa el descomunal aumento de la inversión, con los negocios que permitirían ese desarrollo. Esa desconexión multiplica los diagnósticos de sobreinversión y el consiguiente divorcio entre el capital canalizado hacia la IA y la rentabilidad esperada por esa apuesta.
Si se toma en cuenta lo ocurrido con las revoluciones tecnológicas del pasado, el aumento de la productividad derivada de una innovación radical se consuma al cabo de varias crisis. Esas convulsiones desvalorizan gran parte del capital absorbido por el nuevo sector, antes de inaugurar el esperado despegue.
Las estimaciones más corrientes sugieren brechas de una o dos décadas entre la invención de la nueva tecnología y su conversión en innovación incorporada al circuito productivo. La repetición de esa secuencia implicaría un escenario de crisis próximas y demorados efectos benévolos. Pero las perspectivas son más sombrías para la IA por las monumentales dudas que rodean a su implementación económica.
Hasta ahora, las empresas no saben cómo utilizarla de la manera efectiva en su actividad corriente y los proveedores del nuevo instrumento no se atreven a traspasar el costo real de ese servicio a sus clientes o consumidores. Invierten cifras gigantescas en mejorar la IA sin exigir remuneraciones acordes a ese gasto.
La sobreinversión no solo se verifica en esas brechas. También se corrobora en la preocupación por la pérdida de empleos que suscitará la aplicación de la IA, con el consiguiente impacto negativo de ese recorte sobre los ingresos, los mercados y finalmente los propios beneficios.
El atractivo inmediato que ofrece la IA para los capitalistas es el reemplazo del personal calificado por alguna operación automatizada de menor costo. Pero tanto la escala como las consecuencias de esa sustitución, incrementan los temores en un efecto económico nocivo por su introducción.
La sobreinversión suele desencadenar estallidos, cuando los participantes de ese proceso perciben que han comprometido sumas de capital desconectadas de la valorización factible. Ese punto crítico comienza a aflorar en varios indicios del termómetro financiero.
La principal señal de la sobreinversión en IA es la burbuja financiera que está generando esa innovación en Wall Street. Induce una montaña de especulación nunca vista en el mayor mercado bursátil del mundo. Desde hace una década las acciones de las mega empresas digitales (Nvidia, Alphabet-Google, Apple, Amazon, Microsoft, Meta-Facebook, Tesla) concentran el grueso de las compras y acaparaban un tercio del valor del principal índice de ese mercado.
Como las nuevas estrellas de la IA se han embarcado en monumentales inversiones para construir Centros de Datos, semiconductores e infraestructuras de hardware, los montos en juego superan todo lo imaginado. En la oferta pública para reunir dinero, SpaceX capturó el volumen más grande de la historia. OpenAI y Anthropic se aprestan a lograr resultados parecidos, engrosando la capitalización de esas empresas con cifras inéditas. Mientras nadie sabe cuál será el rendimiento futuro de su actividad, las tres compañías exhiben por ahora significativas pérdidas[9].
A medida que recolectan fondos, los dueños de esas compañías acrecientan sus fortunas a una escala que enmudece a cualquier mortal. Elon Musk se ha convertido en el primer billonario de la historia y........
