Vayamos por el pueblo. A propósito de la soberanía y la democracia
El pasado 3 de enero la república fue terriblemente afectada por una operación militar extranjera; tras ella, la sinergia propia de soberanía, pueblo y nación ha sido clara y fuertemente trastocada. Si bien en el pasado existía un campo político (el campo simbólico republicano) donde el ejercicio de la política, de distintas y variadas formas (unas democráticas, otras menos democráticas), estructuradas o no (desde los partidos o movimientos sociales), se ejercía por distintas identidades políticas en pugna (entre ellas el Gran Polo del oficialismo y de la oposición).
Tras la incursión estadounidense en el territorio venezolano, el secuestro de Nicolás Maduro y las reiteradas amenazas de un segundo ataque a sus sucesores en la administración política del país, el marco constitucional y las vías tradicionales de hacer política han sido intervenidas e incluso bloqueadas por las autoridades locales en consonancia o por influencia de las autoridades foráneas.
Los recientes acontecimientos (nuevo convenio petrolero con EE. UU., nueva Ley de Hidrocarburos y pronta apertura de la Embajada estadounidense en Venezuela) evidencian la profunda afectación que hoy por hoy padece la república, que no es otra que el trastocamiento o la disolución de nuestra soberanía real sobre nuestros recursos y territorio. Aunque no exista ocupación militar del territorio, es obvio que las recientes políticas obedecen a una abdicación, fruto de una derrota militar evidente.
Por razones políticas y de cruda supervivencia, el liderazgo nacional encubre esto con cierta retórica circunscrita al pragmatismo y una denominada “diplomacia de paz” inefectiva y absolutamente pírrica.
Solo al entender esta situación es posible considerar de forma adecuada los tiempos que corren; es necesario dejar atrás los discursos triunfalistas o rebuscados. La verdad es la visión concreta de los hechos y los hechos claramente nos hablan de una forma clara. Hoy parece que la política financiera, energética y exterior del país se conforma primero en Washington y luego es refrendada en Caracas. Obviamente, esto representa un hecho terrible para nuestra historia republicana, pero es una situación modificable, siempre y cuando admitamos que existe y trabajemos para cambiarla.
Esta nueva situación se vincula a la crisis institucional y política que la república ya arrastraba desde hace algunos años, donde, parafraseando a Gramsci, se verificaba una “crisis de hegemonía de la clase dirigente”, es decir, una incapacidad en las formas y herramientas políticas que vinculaban a los grupos sociales con el partido tradicional dirigente. En este caso, no solo el Partido Socialista Unido de Venezuela es afectado; hablamos de la totalidad de los partidos políticos venezolanos.
Esto puede verse claramente en la abstención, en la crisis de convocatoria y la secreta bancarrota de la filiación. El partido de gobierno con mayor convocatoria afianza esta última en un modelo clientelar y despolitizante, lo cual ha afectado severamente las lógicas anteriores de activación territorial y activismo político barrial. Solo hace falta ir a una comunidad y ver el nivel de cooptación partidista y falta de iniciativa autónoma en la resolución de problemas y dificultades.
La comuna y su eslabón práctico, el poder popular, es más un eslogan que una fuerza; podríamos decir que es una estructura sin pueblo o, en el mejor de los casos, con más funcionarios que pueblo. Claramente, esto ha afectado la continuidad del proyecto fundado en el ideario nacional que se desarrolló durante las últimas dos décadas y media en Venezuela, favoreciendo la adopción de proyectos de clara influencia foránea y matices neocoloniales, o en el mejor de los casos radicalmente globalizantes y neoliberales.
Si consideramos el pueblo en tanto concepto político, este sería el........
