Diarrea espacial en la misión Artemis II
En el año 1957 Pablo Neruda luego del lanzamiento del Spunik por la Unión Soviética escribió un poema profético en el que nos alertaba sobre la locura de la carrera espacial y sus consecuencias
"Continuarán viajando cosas de metal entre las estrellas,
subirán hombres extenuados, violentarán la suave luna…" « no quiero cambiar de planeta »
Porque al parecer la tierra como tantas otras cosas es un objeto desechable y tiene fecha de caducidad. En cualquier momento hay que evacuarla y ya se están buscando otros mundos que alberguen a nuestra decadente civilización occidental.
Como si fuera poco los astrónomos, es decir, los "gamonales galácticos" ya han acotado el territorio estelar a su antojo autoproclamándose descubridores de los planetas, satélites, estrellas, galaxias y constelaciones. Incluso hasta las han bautizado a su capricho y con títulos de propiedad y todo. Aunque parezca ciencia ficción el cosmos ha sido privatizado y con fronteras bien definidas. Cualquier parecido con el reparto del continente africano realizado en el Congreso de Berlín de 1885 es pura coincidencia
A partir de los años sesentas la carrera espacial enfrentó en una feroz competencia a los Estados Unidos y la Unión Soviética para ver quién era el primero en conquistar el. Por supuesto, las dos superpotencias en plena guerra fría se jugaban el honor y el prestigio. Que si los Spuniks, o los Apolos, que si los Saturnos o los Soyuz, Se lanzaron un sin fin de cohetes experimentales no tripulados y otros tripulados por perros, gatos o monos hasta que por fin en el año 1961 el comunista Yuri Gagarin logró orbitar nuestro planeta a bordo del Vostok 1 « Por aquí no veo a Dios » fue la célebre frase que pronunció el cosmonauta cuando estaba en el séptimo cielo. Seguro que no lo veía porque él mismo se había convertido en Dios.
Los americanos envidiosos tenían que superar el listón, realmente fueron humillados y necesitaban cobrarse la revancha. Ante el tremendo reto y con las espadas en alto el presidente Kennedy prometió que antes de terminar la década de los setentas los EE.UU enviarían una misión tripulada a la luna. Se gastaron miles de millones de dólares en planificar tal odisea, se dilapidó una cifra exorbitante con la cual bien se hubiera podido pagar el presupuesto de educación y sanidad de todos los países del Tercer Mundo durante 10 años. Cuentan las leyendas que viajar a nuestro satélite situado a 400.000 kilómetros de distancia era uno de los sueños que obsesionaba al ser humano desde la época de las cavernas y una raza superior elegida por Dios lo hizo realidad.
Pero hubo un fallo inesperado, por trivial que parezca, y es que la letrina del Orión dejó de funcionar. Y ustedes se pueden imaginar lo que esto significa en un espacio tan reducido de 9 metros cúbicos. Pobres astronautas allí hacinados aguantando un frío lapidario y sin poder abrir una ventanilla para airear el ambiente enrarecido por sus propias efluvios estomacales, las materias fecales, y la temida diarrea espacial.Todos estos males producto de la antigravedad. ¿Quién va a arreglar el problema del sistema universal de gestión de residuos? Pues........
