El albergue de la vida
Siempre me ha causado admiración la visión revelada en el Génesis acerca de la mujer. Dios había creado el Universo, sus manos habían extendido la plenitud de los cielos sobre la faz del abismo, había puesto sobre ellos la gran lumbrera para que señoreara sobre el día y la más pequeña, acompañada de millares de estrellas, para adornar la noche. Cada día fue añadiendo a su arte una nueva creación; y siempre le pareció a Dios que todo lo que había hecho era bueno en gran manera. Luego, dijo Dios: —“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre y lo bendijo…” Entonces, dijo el Señor Dios: —“No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” Génesis 2:18. La creación de la mujer vino para ser presencia, para acompañar, para abarcar el vacío del varón; para rodearlo con su amor.
Con la creación de la mujer surgió la familia. “Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.” Génesis 1:28. Y fue bajo este principio de fecundidad que Dios multiplicó a todas sus criaturas en la Tierra. Fue también de esta manera que sostuvo Dios el arca de la preservación. Cuando Noé construyó el arca fue instruido para llenarla con parejas de cada una de las especies. Así pues, en el concepto de familia, en la alianza entre el varón y la varona, como la nombran algunas traducciones de las Sagradas Escrituras, estuvo fundamentada la continuidad de la existencia sobre el planeta.
Dios creó a la mujer como respuesta a la soledad del varón, la hizo ayuda idónea y........
